Capítulo 3: La Despiadada Cosecha del Dolor

11 años 4 meses antes #32904 por Darth Averno
Ha pasado más de medio año desde mi última entrada de éste relato. Por motivos personales, algunos buenos, otros malos, no lo había podido continuar.

Pero recuperé ciertos retazos que tenía sueltos, e ideas ya pseudo-desarrolladas. Y retomé la escritura hace algo menos de un mes.

Quiero dar las gracias al "núcleo duro" que me ha animado durante este receso, en orden alfabético: Capitán Ephatus, Janus y Sir Fincor. También guardo un agradecimiento especial para Konrad, que aunque no me ha apoyado directamente, el leer su magnífico relato me ha dado coraje para continuar.

No me enrollo más, y os dejo con la sección. Terminaré este Capítulo en este foro. Y luego... veremos.

Darth Averno.

Sección IV: Tácticos.

El hermano Petrus, de la Primera Escuadra, la Calavera Negra, recorrió con sus dedos envueltos en el guantelete carmesí de su armadura el grueso alféizar del ventanal. El polvo del cemento, grisáceo, quedó impreso en las yemas. Chasqueando los dedos, lo convirtió en una pequeña nube. Levantó la mirada, y comprobó que todos los sistemas de detección de su armadura habían vuelto a dar un resultado negativo. No se desconcentró y recorrió los detalles del paisaje urbano, buscando cualquier diferencia que delatara la presencia enemiga. No encontró ninguna. Tenía que reconocer que la posición elegida para efectuar su última defensa era buena. Aunque las ventanas estaban a menos de un par de metros del suelo lleno de escombros, el edificio semiderruido constaba de gruesos muros, repletos de cicatrices de metralla. Además el acceso a las plantas superiores estaba totalmente colapsado, y el resto de puertas habían sido eficientemente atrancadas.

La única entrada al pequeño fortín donde se encontraban eran los cuatro grandes ventanales. Precisamente por donde ellos se habían introducido.

Escuchó un pequeño sonido tras de sí. Se giró y vio cómo, con movimientos rápidos y siempre buscando la mayor cantidad de cobertura, el sargento Morton se acercaba a él.

-¿Alguna novedad? –Preguntó el iracundo líder. La parte humana de su cabeza estaba tensa. Los dientes apretados con fuerza. Clavaba los ojos en la explanada ante sí. El biónico, de color rojo, destellaba mientras almacenaba datos.

-Nada, señor. –Contestó Petrus, mirando por el ventanal a la gris ciudad muerta. La lluvia había empezado a ganar intensidad, y los primeros charcos se empezaban a formar. Veía bastantes metros de escombros, además que varias calles confluían hasta ése punto. Tenían suficiente espacio ante sí. Ciertamente, la ubicación era muy buena. Si obviaban el detalle de que no tenían munición.

-Escúchame bien, marine. –Dijo el sargento Morton, adivinando su línea de pensamientos. –Puede ser que nuestro Crucero haya sido abatido. Puede ser que nuestros hermanos yazcan despedazados en el vacío espacial. Así que espero que no malgastes ninguna de estas preciosidades.

Acto seguido, el veterano guerrero puso con cuidado un par de cargadores de bólter sobre el alféizar de la ventana. Levantaron una pequeña nubecilla de polvo, que se fue danzando hasta desaparecer en la tormenta.

Petrus se giró hacia el otro Ángel Sangriento. Pero el sargento Morton no desvió su mirada de la vista muerta ante sí.

-Nuestro buen hermano Aramio llevaba varios de éstos en las bolsas de munición de su servoarmadura. Los hemos cogido todos y ya están repartidos. –El Adeptus Astartes se giró hacia él. –Tan sólo somos ocho supervivientes. Valorando vuestra escuadra, tenemos al hermano Alio, que desgraciadamente porta un rifle de plasma, para el que no tenemos munición. Por otro lado, vuestro artillero láser no puede hacer mucho más que respirar. Así que, como tiradores, tan sólo contáis el hermano Bael y tú.

Petrus clavó la mirada en el sargento. Repasó con cuidado las palabras que acaba de escuchar, queriendo encontrar un motivo suficiente para contestar con dureza a su superior. Estaba claro que debía seguir sus órdenes, pero también era igualmente patente la animadversión que tenía el sargento Morton Leen por la Primera Escuadra.

Terminó desestimando la idea, con sensación de culpabilidad. No era el momento ni el lugar para dar lugar a ése tipo de pensamientos. Además, el veterano sargento irradiaba furia. Y aunque almacenara en su corazón una cantidad de odio y rencor casi ilimitados hacia todo ser vivo, el Enemigo del Imperio, fuese quien fuese, siempre estaría en primer lugar.

Un detalle más titiló en su conciencia. El sargento Morton Leen contaba con una pistola bólter y una espada sierra. Tampoco tenía munición para su arma.

-De nuestra escuadra, tenemos un rifle de fusión y mi pistola. Inútiles. Tan sólo los hermanos Dilen y Wighs portan bólter. Así que, sois un total de cuatro Marines Espaciales dotados con nuestro sagrado armamento. La matemática es fácil. Cada tirador se colocará en uno de estos cuatro ventanales. Y, a partir de éste instante, tienes el honor, el deber y la responsabilidad de comandar el grupo de disparo. –Sentenció el sargento.

-Deberíamos estar comandados por usted, Señor. –Dijo Petrus automáticamente.

La mitad del cráneo de su interlocutor, totalmente metálico, brilló durante un instante mientras se giraba para clavar sus ojos en él.

-Yo no estaré aquí para hacerlo, hermano. Cuando los enemigos aparezcan, antes de que la primera bala de bólter sea malgastada, todos los que no tenemos armas de alcance les asaltaremos. Y nos llevaremos tantos de ellos como sea posible. Juro por mi sangre que arrancaremos sus entrañas y se las haremos tragar, mientras todavía gritan presa del último dolor del agonizante. –Las palabras del sargento surgieron entrecortadas, entre esputos, peligrosamente cercanas a la misma locura.

Petrus guardó silencio. Veía cómo el Adeptus Astartes controlaba a duras penas el temblor que le sacudía los brazos. Veía los dientes apretados y la determinación en la mirada. Estaban en un mal escenario. Estaban sin munición. Estaban condenados.

Pero la muerte no era la causa de su angustia.

El sentimiento de indefensión, sí.

-Y vosotros quedaréis aquí. –Continuó con voz ronca. –Y cuando las balas se acaben, que será más pronto que tarde, destruiréis la reliquia. No permitiremos que los enemigos puedan disponer de ella. Y eso despertará al resto de nuestros hermanos. Para que podáis hacer una última carga hacia la gloria.

Las palabras quedaron flotando en el ambiente. El sargento Morton volvió a girar la cabeza hacia el único lugar desde donde podrían aparecer las fuerzas hostiles. Empezó a mascullar una larga y antigua plegaria.

Petrus se giró hacia la oscuridad del pequeño fortín, donde estaban sus hermanos. Cinco pares de visores verdes se giraron hacia él. Todos habían escuchado las palabras del sargento, y estaban concentrados en ellas. Tras ellos, dispuestos lo más cómodamente posible, descansaban todos los hermanos eliminados por el entrenamiento. Dormidos e inconscientes ante el drama que tenían ante sí.

Y, en lo más profundo del habitáculo, flanqueado por el hermano Vaneo, estaba el cubo de ceramita de un metro de lado, rodeado de mesas astilladas para apagar la tenue luz que surgía de sus runas. Con la sagrada efigie de Sanguinius sobre él.

No había más que hablar. No quedaban más salidas.

Petrus se levantó y miró a los tiradores. Les ordenó tomar posiciones. Cada uno en un ventanal. Los hombres se movieron al unísono. Llegaron al emplazamiento, y adquirieron la pose de disparo defensivo. Girando el cuerpo para que la hombrera blindada izquierda les cubriese la mayor parte del cuello. Doblando la cintura, dejando una pierna detrás de otra, minimizando la cantidad de espacio expuesto, incluso detrás de la robusta pared. Terminando su movimiento haciendo pequeños giros y escondiendo lo máximo posible las zonas más vulnerables de su servoarmadura.

Una vez ubicados, pequeños chasquidos mecánicos recorrieron sus corazas. Los nervios metálicos habían fijado la postura, haciendo así que los músculos de los guerreros pudiesen descansar hasta que se desencadenase el combate real. Así que, aunque los marines estaban agazapados, la postura les resultaba tanto cómoda como natural debido al entrenamiento.

-Carguen. –Ordenó Petrus.

Los cargadores se introdujeron en los bólter. Con la velocidad y precisión de una tarea realizada un billón de veces. El silbido de la primera bala al llegar a la recámara. El leve clic del seguro al ser deshabilitado. El seco chasquido del percutor al asegurarse al principio de su recorrido.

Petrus miró a sus hombres. Podrían permanecer sin moverse un milímetro una auténtica eternidad, sin entumecer sus músculos modificados genéticamente. Fijos como estatuas. Atentos como águilas. Peligrosos como la guadaña de la Muerte.

Parapetado entre las sombras, el sargento Morton Leen había captado la atención de los dos guerreros con arma especial, el hermano Alio y el hermano Nolial. Ambos se encontraban flanqueándolo, rodilla en tierra, mirada al frente. Prestos para abandonar el edificio cuando fuese preciso lanzar el asalto. Con sus cuchillos de campaña relucientes, las impolutas hojas desenvainadas. Brillaban intermitentemente, cada vez que el sargento hacía saltar alguna chispa al golpear el dedo blindado de su guantelete sobre los picos de su espada sierra.

El veterano líder mantenía la mirada en la explanada, las mandíbulas fuertemente cerradas, mientras continuaba esputando oraciones ininteligibles entre dientes.

Finalmente, el hermano Vaneo, tirador láser de la Primera Escuadra, con la mano separando su carne y permitiéndole respirar, se sentaba al lado de La Búsqueda de la Fe. Había dejado su cuchillo de campaña sobre la reliquia, a los pies de la efigie de su Primarca. Cuando el momento llegara, aguantando la respiración, abriría la tapa y acuchillaría su contenido sin piedad.

Y el resto de Ángeles Sangrientos se levantaría.

Y la reliquia sería inútil para los enemigos.

Y ganaría nuevamente la movilidad con su brazo derecho. Lo suficiente como para segar un par de vidas enemigas.

Petrus avanzó hacia el ventanal libre, dispuesto a tomar posición como sus hermanos. Una vez ubicado, pero antes de fijar los músculos mecánicos de su fiel coraza, volvió la cabeza hacia atrás.

Y miró la armadura de Exterminador que contenía a su sargento, Balisto Dulay. Una mueca recorrió su rostro. Desgraciadamente, no debían destruir la reliquia antes de tiempo. El destino era cruel. Cuando pudiesen despertar a tan formidable guerrero, estarían ya condenados.

Apretó los dientes. Y miró al frente.

Cargó el arma mecánicamente. Instantes después, comandó una orden y notó como su armadura se tensaba y fijaba la posición de disparo.

Los santos marchan hoy.
El poderoso Sanguinius los lidera.
Hoy nuestra sangre es suya.
Hoy nuestro Padre nos guía…


Las estrofas fueron surgiendo de su boca. La vieja letanía del Camino del Deber fue emergiendo poco a poco.

El canal de comunicación estaba abierto.

Los Ángeles Sangrientos se fueron uniendo al lento cantar. Petrus cambiaría al Moripatris conforme terminara. Aunque ni era un Sacerdote o un Capellán, lo veía correcto. No sabía cuánto tiempo estarían cercados allí.

Quizá alguno de ellos sería engullido por la rabia negra.

Estando inapelablemente condenados, eso sería casi una bendición.

Pero el Destino jugó sus cartas rápidamente. La oración murió en sus labios mientras los dedos blindados de sus hombres temblaron sobre los gatillos de los bólter.

-¡Ahí están esos hijos de puta! –Bramó el sargento Morton. Su espada sierra se activó con un gruñido, y rasgó el aire con un profundo silbido.

Mientras su propietario saltaba del ventanal rugiendo como una bestia.

+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++

Los diez soldados a la orden de Lord Adenis Ministral avanzaban rápidamente, chapoteando en los charcos bajo la lluvia inclemente.

El dirigente del grupo tomaba menos precauciones de las necesarias. Se enorgullecía de saber que disponían del mejor armamento saqueado en el Punto de Defensa de la capital, Elayana. Estaban sensiblemente mejor preparados que sus homónimos a las órdenes del Lord Sigmund Leech.

El cerebro del dirigente del grupo estaba limitado por varias barreras insalvables. Era un sartosiano de nacimiento, y nunca había combatido contra Marines Espaciales, por mucho que hubiese visto a alguno entre sus aliados caóticos. Y toda la cantidad de ritos descubiertos en su novedoso camino por la senda de los Poderes Ruinosos le conferían una inapropiada seguridad en sus posibilidades.

Además que el mismísimo Lord Adenis Ministral, imponente con su servoarmadura negra y envuelto en una fantasmagórica capa, les había dado las órdenes precisas. Les había alentado con palabras de pasión y sangre. Y había marcado con fuego mágico el símbolo del Tejedor de los Destinos en su pecho. Se llevó inconscientemente la mano a donde el dolor sordo todavía emanaba del dibujo recién tatuado.

Así que no se preocupaba en intentar comprender la estrategia. Por mucho que los enemigos fuesen Ángeles Sangrientos, tenía total confianza en la protección que les brindaban las armaduras ligeras que portaban. Y, sobretodo, confiaba en que los dioses del Caos guiarían su mano y su destino en pos de la destrucción del enemigo. El exterminio de los adoradores al Dios Cadáver era una jodida certeza.

Ordenó a sus hombres saltar de una cobertura a otra, paladeando con excitación el momento de la rapiña. Sabía que su Señor había enviado a una decena de escuadras como la suya, separadas unas de otras por intervalos de más de medio kilómetro.

Pensó que, si hubiesen ido todas juntas en grupo, podrían haber subyugado a los perros Imperiales con mayor facilidad. Aunque entonces, la probabilidad de saquear un arma, o una buena pieza de armadura, habría sido más baja.

Hoy era, decididamente, su día de suerte.

Porque, en su ciego fanatismo, no se había planteado que su Señor, Lord Adenis Ministral, no los quería para que eliminasen a los seguidores del Dios Cadáver.

Lord Adenis era mortalmente brillante tejiendo los hilos del Sino.

Era totalmente imposible que las reemplazables tropas recién convertidas al Caos acabaran con los Ángeles Sangrientos.

Pero eran perfectas para saber donde se encontraban los hijos de Sanguinius con exactitud. Y así poder establecer una ruta segura para el objetivo primario.

Desgraciadamente, ni el líder del grupo, ni sus hombres, lo comprenderían jamás. Aunque hubiesen tenido tiempo de reflexionar.

Los nuevos adoradores de Tzeench saltaron a una nueva cobertura. Una como tantas otras. Y oyeron un grito que les heló la sangre en las venas. Y notaron el suelo temblar cuando un gigante carmesí cayó entre ellos.

Y comprendieron el significado de “Ángel de la Muerte”.

Fin de la sección IV: Tácticos.

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
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"Nena, que buena que estás... ¿te vienes a... matar humanos?..."

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11 años 4 meses antes #33302 por Ragnar
Hola Dark, bienvenido de nuevo y gracias por continuar tu relato, espero que pronto tengamos nuevas partes! xd

Un saludo

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11 años 4 meses antes #33310 por Sidex
Me ha gustado, pero si el grup ode traidores que ataca a los GI so nde Khorne y estos que atacan a los As son de Tzsenche, no hay demasiada disparidad de adoradores, esta bien que haya distintos dioses, pero supogn oque la escoria reconvertida se conveirta al dios del jefe, n ode una de las facciones que me imagino que participan, no se si me explico, pro lo demas, encuentro una hsitoria muy bien explicada y ambientada.

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11 años 4 meses antes #33344 por Darth Averno
También os saludo, Ragnar y Sidex. Me alegro de ver que también seguís por aquí, y que la interrupción no os ha quitado las ganas de continuar acompañándome en este relato.

Nota: Sidex, dentro de la facción caótica, hay dos subgrupos: adoradores de Khorne y de Tzeench...

Sabes que suelo ser coherente... pero, de todos modos, agradezco tu atención.

Y, como hoy es miércoles... pues colgaré otra sección.

Saludos.

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
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11 años 4 meses antes #33346 por Darth Averno
Sección V: Posición.

El marine táctico Alio era un orgulloso Adeptus Astartes.

Su cuerpo había sido modificado genéticamente, siendo un auténtico monstruo con capacidades sobrehumanas, enfocadas únicamente para la guerra. Después habían venido incontables años de entrenamientos continuos, reforzando todavía más su potencial bélico. Realmente, hacía mucho tiempo que había abandonado su tribu natal en el planeta Baal, para convertirse en un orgulloso Ángel Sangriento. Y poder ser parte de la hermandad de un Capítulo renombrado como pocos.

Compuesto por mil fieros guerreros con un poder marcial incluso superior a otros Adeptus Astartes.

Un Capítulo el cual pesaban rumores y leyendas. Y sobre el que era reconocida la brutalidad desatada de sus cargas.

Y no podía hacer nada.

Corría como un demonio, su sangre era bombeada por los músculos mejorados, y la poderosa servoarmadura potenciaba cada movimiento.

Era imposible.

El hermano Nolial corría también a su lado.

Pero ninguno de los dos había derramado una sola gota de sangre. Tan sólo rebasaban cadáveres mutilados. Sus cuchillos de campaña no habían desgarrado carne hereje.

Porque el sargento Morton Leen se había convertido en una auténtica encarnación del mismo Adalid de la Muerte.

Porque acababa con los enemigos convertido en un torbellino de furia y cuchillas.

Alio continuaba tras el sargento. Gritaba a pleno pulmón. Intentaba que su voz atravesara el estado berserker de su superior, y que entendiera que debía dejar al menos a un enemigo con vida. Pero era inútil. La sangre brotaba tras cada fiero sablazo, convirtiendo a hombres en vulgares despojos. Ni tan siquiera parecían mostrarle resistencia, congelados por el horror de la absoluta certeza de su destrucción.

Y entonces fue cuando la sorpresa se tornó en mayúscula.

Apareció una nueva figura. Se lanzó frontalmente contra el sargento Morton Leen. Éste, moviéndose a velocidad sobrehumana, levantó su rugiente espada sierra con ambas manos sobre su cabeza y la hizo descender como una exhalación, dejando una nube de sangre a su paso. Pero la figura, con elegancia, utilizó la fuerza descontrolada del sargento Morton Leen en su propio favor, y lo hizo caer al suelo con violencia.

E hizo aparecer una pistola de plasma a escasos centímetros del rostro desencajado del Ángel Sangriento.

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Lord Adenis Ministral se encontraba sentado en el gran sillón que dominaba las pantallas de información. Escribía una letanía impía sobre el dorso blindado de su guante derecho, con un pequeño pincel. Empleaba la sangre de un sacrificio humano que había tenido lugar en la plaza central del Punto de Defensa.

Había pedido que calentaran un recipiente de barro cocido, para que le entregaran el líquido elemento. Así evitaba gran cantidad de los antiestéticos grumos. Rozó el pincel sobre el borde, eliminando el excedente de sangre, y se concentró en la última estrofa.

Su servoarmadura era de color negro. Y la mayor parte de la profanación que había recibido la convertía en una coraza todavía más oscura si cabía. Una vez que la sangre se secara, difícilmente se distinguiría la oración, pero estaría escrita. Ése era el modo de actuar del Gran Tzeench. Las cosas podían no mostrarse a simple vista, pero debían estar en su posición.

Soltó una imprecación cuando un trazo se le desvió. Pero continuó escribiendo y finalizó su tarea. Descansó la mano sobre su regazo para que se secase el líquido, y con la mano libre se mesó la larga cabellera rubia, con un gesto distraído. Sus ojos del color del hielo se fijaron en la pantalla donde la información iba renovándose continuamente.

Pasados unos instantes, una pequeña luz titiló en un extremo. El Adeptus Astartes Traidor pulsó un botón, y la comunicación se estableció. Un primer chorro de estática se derramó por la sala.

-Saludos, Lord Adenis Ministral. Establezco comunicación desde la Escuadra Garra Negra, reportando situación.

-Adelante. –Contestó el Señor del Caos. Su mano escrita en sangre empezó a bailar ante sus ojos, siguiendo una melodía imaginaria sin ningún ritmo.

-Por un lado, el objetivo ha sido asegurado con éxito, Señor…

Lord Adenis esperó unos segundos. Sabía que su subalterno estaba haciendo acopio de valor para continuar hablando. Lo cual significaba malas noticias.

-¿Y? –Inquirió.

-Los visioingenieros, Señor… han extinguido los fuegos, y han aplacado el Espíritu Máquina para que escuche nuestro Sino de Destrucción… pero… debo informarle que les he escuchado… murmurar… que no conseguirán que vuelva a funcionar… -La voz del marine espacial se apagó.

Lord Adenis centró su atención en cómo se reflejaban las luces de la sala sobre las pequeñas y húmedas letras. Visioingenieros. No había sido difícil pasarlos a su bando. Los había localizado fácilmente entre las ingentes cantidades de prisioneros. Después les había dado la posibilidad de poder trabajar con todo lo que encontraran, sin los absurdos límites ni bajo las prohibiciones de las reglas Imperiales. Finalmente había reforzado su fidelidad ejecutando públicamente a los menos receptivos.

Eran un bien tremendamente escaso entre las fuerzas del Caos.

-Recuerdo claramente la misión que encomendé a nuestro querido grupo de diez Visioingenieros. –Dijo Lord Adenis, embelesado con el movimiento de su mano. –Se designarían a tres de ellos para que acompañaran a la Escuadra Garra Negra. Una vez que llegaran al objetivo, lo prepararían para su transporte a nuestra base. No pedí la realización de ninguna valoración al respecto, ¿verdad?

-Señor, tan sólo he pensado que sería conveniente el informarle que...

-Pensar demasiado puede ser perjudicial. –Interrumpió el Señor del Caos llanamente. -¿Tiene algún Visioingeniero dentro de su radio de visión?

-… sí, Señor…

-Perfecto. Ejecútelo ahora.

Lord Adenis notó como el marine, al otro lado de la comunicación, tomaba aire para hablar. El Señor del Caos contuvo su propia respiración, esperando un “Pero Señor…”. Afortunadamente el marine escogió la decisión de no hacerlo. Lo cual le garantizó vivir algo más.

-El Visioingeniero ha sido ejecutado, Señor. –dijo nuevamente el soldado, con voz átona, pasados unos instantes.

-Perfecto entonces. Prepararéis los vehículos para el transporte del objetivo. Y comenzaréis vuestro camino de vuelta a mi orden.

Lord Adenis cerró la comunicación con un chasquido. Sonrió mientras miraba la letanía escrita en su mano, ya casi seca. La lamió con lentitud, haciendo más presión donde la sangre había quedado más seca, arrastrando los restos y dejando la ceramita brillante.

Se le llenó el paladar del metálico sabor a sangre. Pero no pudo extraer –ni quiso hacerlo- ningún tipo de información al respecto. Así que se entretuvo unos instantes degustando el néctar corrupto, para finalmente escupirlo con elegancia.

Se giró hacia la mesa donde tenía su mapa de la ciudad de Elayana. Entre todas las miniaturas que ya había situado anteriormente, se encontraban diez nuevos soldados, en fila, separados entre cada uno de ellos por una distancia que, en la escala del mapa, sería de algo más de medio kilómetro. Cada uno de ellos agarraba un diminuto vial de cristal, que contenía una única gota de sangre.

El Señor del Caos se apartó el cabello de la cara. Se inclinó sobre el mapa, y, ceremoniosamente, se concentró en un antiguo ritual mágico. Comenzó a mascullar frases prohibidas entre dientes. Cerró los ojos y extendió las manos por encima de la mesa, y quedó a la espera, a falta de la última palabra.

Los minutos pasaron lentamente. Uno tras otro. Notaba el cosquilleo de las artes oscuras manando de su cuerpo. Al límite de la audición se escuchaba el deslizar de los soldados metálicos.

Hasta que un intenso dolor le recorrió el cuerpo.

Era la señal. Su boca se curvó en una sonrisa lujuriosa, mientras la palabra que sellaba el conjuro brotaba de sus labios y formaba un pequeño vaho que brillaba durante un instante.

Escuchó un clic.

Abrió los ojos. Las diez nuevas figuritas se habían movido por el tablero. Habían perdido la perfecta alineación de partida. Destacaba una de ellas, que había caído, derramando la sangre contenida en su vial. Lord Adenis Ministral sonrió nuevamente. Ya sabía aproximadamente la posición que ocupaban los Ángeles Sangrientos.

Recorrió con la mirada las figuras en pie. Nueve. Cada una representaba diez hombres.

Noventa sartosianos, compuestos de demasiados civiles y un puñado de soldados renegados. Lanzándose hacia un combate fratricida contra veinte hijos de Sanguinius.

No tenían ninguna oportunidad.

Pero eso no importaba. Porque mientras los altivos Astartes, adoradores del Dios Cadáver, destruían a toda esa escoria, la Escuadra Garra Negra podría retornar a su poder por una ruta segura.

Y eso le permitiría cerrar la primera parte de su plan.

Quizá debiera enviar más tropas, para asegurar que los Ángeles Sangrientos se mantuviesen todavía más ocupados, o incluso que registraran varias bajas. Desechó la idea. Necesitaría gran cantidad de hombres para la segunda parte de su maquinación, donde Lord Sigmund Leech sería total y absolutamente superado por su inteligencia.

Lord Adenis Ministral se dirigió hacia el módulo de comunicación, y se propuso dar la posición a sus tropas. Pero se contuvo en el último instante.

Porque una risita infantil empezó a bailar sobre sus labios, y fue creciendo hasta brotar como una incontenible carcajada.

Fin de la sección V: Posición.

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
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11 años 4 meses antes #33356 por Sidex
Muy interesante, me has dejado intrigado el marien con la pipa de plasma y el destino de la hermana de batalla que yo tenia por marine hasta q lei ese paragrafo

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