Capítulo 3: La Despiadada Cosecha del Dolor

10 años 11 meses antes #43210 por Reverendo
¡Ya estamos! ¡Haz que dejen de sufrir de una vez hombre! Llevo con el "ay" en el cuerpo desde no se cuando...si lo se me espero a que la termines y lo leo todo del tiron.

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10 años 11 meses antes #43254 por Konrad
Me lo he leído de cabo a rabo, para así poder comentar todo de golpe.

Me ha gustado mucho. Como siempre, sumamente descriptivo, lo cual permite integrarte totalmente en la acción. Los personajes elaborados: me ha gustado especialmente Leonardo; al principio, un idiota redomado que no gusta, pero con el gesto final, muestra su integridad. Muy convincente.

El único pero es simplemente una cuestión estética: los nombres de los AS. Me parecen demasiado anglosajones. Yo asocio cada capítulo con una lengua, cultura o concepto concreto, y los AS siempre los he asociado con pueblos semitas o al arte, en especial al del Renacimiento; por eso, sus nombres siempre me han parecido de Levante (especialmente hebreos, fenicios o cananeos), o del período de Oro de la cultura europea (el escritor Dante, el astrónomo Tycho, El Mefistófeles de Fausto...). Pero es simplemente una percepción personal.

Sigue amigo. Mantienes viva la sección (este puente a ver si me pongo ya).

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10 años 11 meses antes #43440 por Darth Averno
Sección XIII: Aroma.

La salida trasera de la fortificación defensiva de los Ángeles Sangrientos era un grueso portón constituido por sólidos tablones de madera asegurados con duelas de acero. Y había sido eficientemente atrancada. Era una misión totalmente imposible abrirla. Así que estalló en un millón de pedazos.

Porque fue embestida brutalmente por el sargento Morton Leen. Que salió al exterior mascullando oraciones de guerra a toda velocidad con los dientes apretados. Su servoarmadura roja brilló bajo la fina lluvia. Sus hombreras negras, símbolo de su rango, flanqueaban su cabeza donde la mitad metálica relucía. Destacaba su ojo biónico, que proyectaba un haz de luz roja.

El veterano guerrero se apoyó firmemente en el suelo. Levantó su rugiente espada sierra.

Y un desgarrado grito de guerra surgió de su garganta.

Desatando todo el poder de la Segunda Escuadra de la Sexta Compañía de los Ángeles Sangrientos.


El sargento Balisto Dulay condujo su armadura de exterminador hasta un ventanal. Levantó su bólter de asalto con la diestra, y se mantuvo a la espera. Los visores titilaban en un color verde esmeralda, mientras procesaban más y más datos de la explanada que se abría ante ellos. El resultado era definitivo: ya no quedaban enemigos a la vista. Al menos, con vida. Las ruinas que se divisaban estaban ahora sensiblemente más dañadas, humeando en los puntos donde los devastadores proyectiles de bólter se había hundido. Decoradas con una treintena de cuerpos enemigos, convertidos en meros guiñapos sanguinolentos.

-Han sufrido muchas bajas. Se estarán retirando, señor. –Dijo Petrus a su sargento. No se había movido del ventanal. Había recibido un impacto láser en la hombrera izquierda y otro entre ceja y ceja. Afortunadamente, su sagrada coraza había repelido ambas descargas.

-No lo creo, hermano Petrus. El enemigo dispone de armamento pesado. Si se ubican correctamente, ese puñado de desharrapados puede hacernos salir de éste agujero. –Respondió el sargento Balisto. –Por eso nuestro hermano, el sargento Morton, ha salido a por ellos.

Durante un instante, todos los Adeptus Astartes continuaron en silencio, apuntando por los ventanales. Buscando infructuosamente al enemigo. En ése momento, los únicos ocupantes del edificio semiderruido eran los integrantes de la Primera Escuadra.

-Entonces ¿debemos dar gracias al Santo Trono Dorado porque tan dispuesto guerrero esté velando por nosotros? –Dijo Petrus con sorna. Imaginó que más de una sonrisa se habría dibujado en los rostros del resto de sus hermanos.

La gigantesca armadura de exterminador no se movió.

-No lo creo, hermano Petrus. –Contestó llanamente el sargento Balisto. –Lo más apropiado sería que sean nuestros enemigos quienes recen para que el destino los coloque antes al alcance de nuestras armas que de la Segunda Escuadra…


El hermano Nolial agarraba su rifle de fusión mientras saltaba de cobertura en cobertura. Sus movimientos eran gráciles y precisos, aunque era la primera vez que avanzaba por el terreno tan irregular que se abría ante sí.

Una avenida más bien ancha, que había estado delimitada por altos edificios, probablemente para tareas del Administratum. La carretera que la cruzaba tenía una pequeña mediana que había contenido plantaciones decorativas, ahora convertida en vegetación salvaje, desde donde asomaban tanto escombros como partes humanas difícilmente reconocibles. Cada cien metros se levantaban dos pequeñas casetas, supuestamente para las FDP que se habían encargado de las patrullas de la zona.

Pero todo era una auténtica oda a la destrucción. Los edificios se curvaban hacia el centro de la calzada, como suspendidos en un lento derrumbe. El pavimento estaba salpicado con escombros de mayor y menor tamaño, haciendo pequeñas barricadas, tapando parcialmente la carretera y sugiriendo un millar de sitios susceptibles para montar una emboscada.

Cuando las tropas de élite del Imperio, los poderosos Marines Espaciales, se encontraban en ése tipo de escenario, lo normal era emplear un “avance táctico”. En el cual los diez integrantes de la escuadra iban asegurando las zonas como un solo hombre. El continuo entrenamiento y las condiciones físicas inigualables de los Adeptus Astartes lo convertían en un movimiento terrorífico, que desactivaba cualquier intento de emboscada, y llevaba la muerte por donde los hijos del Emperador avanzaban.

Pero desde que había sido agraciado con el honor de portar la sagrada servoarmadura de combate, Nolial había estado a las órdenes del sargento Morton Leen. Así que había evolucionado según las doctrinas de su furioso mentor. Y había terminado relegando las tácticas que le habían inculcado durante su peligrosa etapa de explorador. Aquellas que se aproximaban al Códex Astartes.

Para beber directamente de las reglas más profundas de los Ángeles Sangrientos.

Desde que portaba la servoarmadura, jamás había hecho un avance táctico. Cuando un guerrero entraba a las órdenes de Morton Leen, aprendía a base de gritos y juramentos que tan sólo había dos maneras de moverse en combate: el asalto, y algo muy parecido con la salvedad de que tenía que parecer que buscaba las coberturas.

La pared semiderruida de una caseta de control de las FDP. Lo lógico sería parapetarse tras ella, definir el siguiente punto, y saltar junto con el resto de su escuadra. A casi tres metros de llegar a ella, Nolial seleccionó otro punto, y corrió hacia él. Y volvió a repetir el patrón. Todos sus hermanos realizaban el mismo tipo de acción, desplegados por toda la avenida, avanzando como un relámpago carmesí. El sargento Morton Leen aseguraba que realizando ése movimiento se ganaba un tiempo precioso –lo cual era totalmente cierto– y sus hombres siempre estaban cerca de las coberturas, por si las llegaban a necesitar –lo cual no era mentira del todo–. Además, ninguno de los integrantes de la escuadra había tenido la temeridad de apuntar los errores del planteamiento a su sargento.

Por otro lado, Nolial también se había ganado su designación a la Segunda Escuadra debido a su propia inflexibilidad. Se había negado en redondo a colocar sagrados sellos de pureza en su servoarmadura, ni refuerzos en las grebas, hombreras o planchas pectorales. Los tabardos ungidos, los pergaminos con letanías, las runas protectoras también habían sido eliminadas. El Ángel Sangriento había elegido seguir el ardiente camino del rifle de fusión, y creía firmemente en que su rol en el campo de batalla era ser veloz y mortal. Por tanto, cualquier “peso innecesario” (esa afirmación había costado más de un desmayo a algún tecnoservidor) lastraría su cometido. Mientras más ligero fuese, más rápido avanzaría. Y en la guerra, según su propio criterio, cualquier ayuda, por ínfima que fuese, podría marcar una diferencia.

Además, dándole las gracias únicamente a ésa decisión, veía como iba justo detrás de su superior. Aunque también era cierto que el sargento Morton Leen corría como un poseso en línea recta. Cosa que ninguno de sus hombres le reprocharía.

Nolial resopló mientras zigzagueaba entre varias posibles coberturas. Llegó hasta una columna que se cruzaba en su camino. Se apoyó con una mano mientras la salvaba, cayó al otro lado, rodó y volvió a correr. El plan era sencillo y letal. Habían salido por la parte trasera del bastión, y estaban ejecutando un movimiento de pinza, dando un amplio rodeo hacia el enemigo. Éste era a todas luces inferior, pero no podía ser subestimado. Y menos aún cuando la reliquia sagrada Búsqueda de la Fe estaba en juego. Así que debían llegar al combate cuanto antes, para finalizar esta escaramuza de un modo categórico. La Primera Escuadra, con su brutal cadencia de fuego sería el yunque. Y ellos, el martillo.

-Los enemigos están en nuestro radio, hermanos. –Dijo una voz el casco de Nolial. Era el hermano Nuctus. En ésos momentos la comunicación de la Segunda Escuadra recaía sobre sus hombros. El sargento Morton Leen seguía ciegamente su propia creencia que las órdenes había que darlas únicamente antes de comenzar. Y a partir de entonces, todos sus hombres debían funcionar exactamente como él esperaba. Y era mucho mejor para ellos que así fuera. Así las cosas, el hermano Nuctus, con su naturaleza fría y calculadora, se convertía en la pieza que engrasaba el funcionamiento de la escuadra. –Haced que su sangre impura se derrame como expiación por su traición. Armad vuestro brazo con justicia y odio ilimitado. Hoy sois la imagen de Sanguinius en cada paso que dais. Sed orgullosos, sed implacables. Mostrad el significado de la roja armadura. ¡Por la sangre de Sanguinius!

-¡Por la sangre de Sanguinius! –Rugió Nolial. El combate renacía. Y esta vez ya no era un asalto desesperado, sino un movimiento un millón de veces ensayado, arropado por su propia escuadra al completo. Con la Fe respaldando cada uno de sus movimientos. Con la Ira ardiendo en su interior.

Sus corazones se aceleraron. La adrenalina prorrumpió como una catarata en su torrente sanguíneo. Sus manos apresaron el arma como garras. Sus zancadas se alargaron, y los servomúsculos de su armadura potenciaron sus movimientos hasta el extremo.

Un pequeño callejón apareció a su izquierda. Las runas de sus visores le enviaron la señal de alerta. Nolial giró la cabeza, y vio a dos enemigos a la distancia, preparando un lanzamisiles.

El marine espacial se giró en el aire, y comenzó a derrapar lateralmente dejando una densa estela de polvo. El estruendo fue tal que los enemigos se percataron de su presencia, y giraron hacia él el arma. Nolial evaluó la distancia, y supo que estaban fuera del alcance efectivo de su rifle de fusión. Mientras continuaba patinando, su mano izquierda bajó hacia la pistola bólter. Vio como la boca del lanzamisiles le apuntaba directamente. Desenfundó y levantó el brazo, apretando los dientes. Una llamarada anaranjada surgió de la parte trasera del lanzamisiles, y el proyectil salió entre una nube blanca. Nolial tomó puntería a la desesperada. Y supo que iba a morir.

Pero algo tan esquivo como la suerte se alió con él. Su pie se posó sobre una fina plancha metálica semienterrada entre los escombros. Ésta se rompió por la podredumbre y resbaló. La velocidad que llevaba el marine y la falta de apoyo le hicieron caer bruscamente, elevando los pies más de un metro de suelo. Levantando una nube de polvo gris.

Mientras caía al suelo de un modo poco elegante, Nolial vio pasar al misil por encima de él. Y lo oyó estallar casi de inmediato.

Se levantó de un salto. La pistola bólter se le había caído. Vio como los enemigos se afanaban en recargar el arma. Pero no lo consentiría. Se lanzaría contra ellos, y los disolvería con su rifle de fusión.

Entonces el aroma llegó hasta él. A sangre.

Nolial se giró, dando la espalda a los enemigos. Y vio al hermano Nuctus. El segundo a cargo de la Escuadra. El líder en su grupo de combate durante el entrenamiento.

Nolial quiso decirle algo, pero no pudo. El hermano Nuctus había recibido el impacto del misil. El casco le había volado, y su rostro mostraba una mezcla de asombro e incomprensión. La sangre manaba de su abdomen, y del muñón que ahora tenía por brazo. La sagrada servoarmadura roja humeaba y había sido retorcida en muchos puntos por la violencia de la explosión. El hermano Nuctus bajó la mirada hacia su propio cuerpo, y una arcada de sangre oscura brotó de sus labios.

Nolial lo vio desplomarse, muerto. Sin honor ni gloria. Sin últimas palabras heroicas ni juramentos de despedida. Sin darse cuenta que había caído porque él había sido incapaz de cubrir eficazmente su lado.

Todo ocurrió a gran velocidad. El aroma se apoderó de él. Era una sensación que no había experimentado con anterioridad. Cuando la sangre de otro Ángel Sangriento caía al suelo, algo oscuro, profundamente enterrado en el alma de todos los hijos de Sanguinius, despertaba. Y no perdía el tiempo en desperezarse. Sino que se erguía con garras forjadas en la locura más absoluta, y con ojos repletos de violencia irracional. Asaltando la conciencia del Ángel Sangriento con malsano ímpetu.

Y si el marine no estaba atento, podía ser poseído por la bestia. A veces durante un momento. Otras veces para siempre.

Nolial no reflexionó en absoluto. Porque ahora todo había trascendido. No existía el entrenamiento. No existía la encerrona enemiga. No existía nada.

Tan sólo el instinto irrefrenable de la venganza.


Los sistemas potenciados de su armadura de exterminador hicieron que el sargento Balisto detectara el olor a sangre de uno de sus hermanos en el campo de batalla. Supo que sus hombres no tardarían en hacerlo.

El sargento Balisto era un auténtico veterano. Había luchado contra innumerables enemigos, la mayoría de ellos letales en extremo. Incluso había batallado contra el oscuro peligro que habitaba el corazón de los Ángeles Sangrientos. Tenía más de un siglo de experiencia marcado a fuego en su propia alma. Por eso, tan sólo le costó un esfuerzo sobrehumano el contenerse.

-¡Esta es nuestra posición, hermanos! –Gritó a sus hombres, que se removían inquietos, y mascullaban alguna que otra imprecación. -¡Nos mantendremos aquí por las órdenes que hemos recibido del Sacerdote Sangriento!

Las servoarmaduras rechinaron. Los músculos se tensaron. Los bólter temblaban imperceptiblemente. Los dientes estaban apretados. El viento parecía que movía más la lluvia. Y ésta parecía sonar más clara.

-Y rezaremos por nuestro hermano caído. –Finalizó el sargento Balisto.

“Y porque alguno de estos hijos de puta intente asaltarnos”, añadió para sí, cerrando lentamente su puño de combate, que crujió mientras lo recorrían azulados chispazos de energía pura.


Nolial corrió hacia los enemigos, que se afanaban en cargar el lanzamisiles. El Ángel Sangriento se sorprendió de lo ligero que se sentía. Estaba furioso en extremo, y ver lo fácil que hubiese sido todo lo enfurecía todavía más. En unas pocas zancadas llegó hasta ellos. Vio los ojos de uno de ellos llenos de miedo. Se dispuso a golpearle, y vio sus propias manos llenas de sangre. Había convertido al otro en pulpa sanguinolenta hacía un instante. No recordaba haberlo hecho. Pero no dudó. Descargó varios golpes sobre el superviviente.

Después de un lapso inferior a un parpadeo, se dio cuenta que sus puñetazos había atravesado el tronco de su adversario y estaba machacando el suelo, haciendo saltar esquirlas de cemento. Nolial levantó la cabeza, y vio más enemigos fuera del alcance de su arma. Le preocupó una inquietante vibración en su casco.

No llegaba a comprender que era debida a que estaba gritando a pleno pulmón.

Comenzó a correr hacia los enemigos. Le parecía imposible, pero la distancia hasta llegar a ellos desaparecía rápidamente. El marine jamás habría soñado en que podía ser tan rápido. Ellos se parapetaron y abrieron fuego. Nolial sintió una pequeña presión en su brazo, y vio como saltaba sangre. Probablemente un proyectil le había rozado. Otro golpe en una pierna. No importaba. El casco seguía temblando, tanto que los visores se le desenfocaban. Sus sentidos estaban afilados al máximo. Veía un pequeño halo oscuro al borde de su visión, donde parecía que imágenes incomprensibles danzaban rápidamente. El aroma de la sangre de otro Ángel Sangriento era algo casi tangible, incrustado en su olfato y su sensación de gusto. Oía cada sonido que generaba su cuerpo, cada latido de su corazón, cada dilatación de los vasos sanguíneos, como rozaba el aire por su tráquea para llegar a sus pulmones.

Había pasado tan sólo un instante, y ya había llegado a la barricada enemiga. Se dio cuenta que había desenfundado su cuchillo. Pero la hoja estaba partida. ¿Por qué? ¡Ah! Ya había apuñalado a dos herejes hasta convertirlos en carne picada. Se giró hacia el resto. ¿Dónde estaba el Emperador? ¿Dónde estaba su hermano Rogal Dorn? Se sorprendió al ver que tenía a otro hereje levantado con un solo brazo, con las extremidades arrancadas. Lo tiró al suelo y le pisó la cabeza, que explotó como un grano purulento. Nolial notó un golpe en el abdomen. Un enemigo tenía una pistola bólter y le había disparado a bocajarro. Esta barcaza de batalla era el símbolo absoluto del Caos. La abominación manaba de cada milímetro. Replegó sus alas para evitar el contacto. Avanzó un paso y agarró al hereje. Le hizo tragar su arma fácilmente. Y luego le partió por la mitad como si fuese una ramita. Notó como una lluvia de sangre caía sobre su armadura. Sacó la lengua en el interior de su casco. El último superviviente gritó despavorido, y salió corriendo. Notaba su cuerpo exhausto, sobre todo después de defender la última puerta ante el Desangrador de Khorne. Pero no pensaba dejar de avanzar. Nolial se apoyó sobre una pared para impulsarse en su persecución. Le fascinó la facilidad con la que sus dedos acorazados se hundían en el rocacemento, destrozándolo con facilidad. El Adeptus Astartes fue consciente durante un instante del rugido animal que surgía de su garganta, profundo y aterrador.

Y saltó hacia delante. Buscando más enemigos. Su misión era absoluta. Lo continuaría haciendo hasta que encontrase al que una vez había llamado hermano, y le diese justa muerte. Encontrar a Horus.

En ése momento un cañonazo láser golpeó a sus pies, deteniendo su avance.

Nolial se giró, encorvado, con las manos convertidas en garras, gritando, hacia donde había venido el disparo. Sus sentidos mejorados le hicieron ver el bastión donde estaban el resto de sus hermanos.

Donde estaba la Primera Escuadra.

Tenía que llegar antes que ningún otro a Horus.

Donde había impactado el cañonazo láser, la piedra burbujeaba. Nolial lo miró. Era algo similar a lo que ocurría cuando él disparaba con su rifle de fusión.

El pasillo daba a una sala abovedada. Los engendros del caos salían de todas partes. Pero su brazo todavía podía repartir muerte. Desplegó las alas. Y ajustició a los enemigos con ira.

Tenía que seguir avanzando. Por las ruinas. Dio la espalda a la lejana escuadra de Ángeles Sangrientos.

Tenía que encontrar a su hermano, antes de que lo hiciese el Emperador. El riesgo era excesivo.

Un segundo cañonazo golpeó a su lado. El haz de luz atravesó las piedras y dejó una marca candente. Nolial se giró hacia el agujero. Estaba claro que él no era el objetivo. Entonces, ¿quién era el tirador láser que había vuelto a disparar?

Hermano Vaneo.

Hermano Horus, ¿dónde estás?

Nolial cayó al suelo de rodillas, y se agarró el casco con ambas manos. Gritó con desesperación. No, no estaba en la Barcaza del Señor de la Guerra. Tampoco estaba librando la defensa del Palacio Imperial en la Sagrada Terra. Y, por supuesto, no era el poderoso Primarca Alado. Era un humilde Ángel Sangriento…

… pero las imágenes era muy nítidas. Cerró los ojos con fuerza…

… escuchó como sonaban los pasos de su servoarmadura artesanal por los pasillos. Respiró el pútrido aroma de la carne en descomposición…

… estaba perdido…

-Ayúdame, hermano Vaneo. –Musitó.

Una mano le agarró por la hombrera. Y le empujó con fuerza hacia atrás. Nolial miró al titán que tenía ante sí.

-El decimocuarto juramento del Camino de la Ascensión de los Sacerdotes Sangrientos dice: “Y tus esfuerzos nunca cejarán. Decidirás la vida o muerte de tus hermanos. Y ellos lo acatarán sin dudar. Aunque siempre recordarás que los deberes del Capítulo son una carga pesada. No los releves de ella mientras haya esperanza” –Dijo el Sacerdote Sangriento, haciendo que una terrorífica aguja surgiese de su exanguinador.

-Ayuda. –Gimió Nolial.

El Sacerdote Sangriento ya se había arrodillado a su lado. Y lo mantenía apresado para que no se moviese.

-Como ya dijo Lord Tycho al sargento de su quinta escuadra en la batalla de Telvener: “Te daré toda mi ayuda ahora que el combate ha finalizado. Que la Paz del Emperador sea contigo”.

Un gorgoteo sordo. Un vial del exanguinador se vació. En la punta de la aguja apareció una lágrima de un líquido añil.

-Gracias. –Susurró Nolia, cerrando los ojos.

Y la aguja atravesó la servoarmadura clavándose directamente en el cuello del Astartes.

Fin de la Sección XIII: Aroma.
Las bajas no distinguen de bandos. La suerte es caprichosa. Pero los Adeptus Astartes no tienen ninguna otra opción que continuar apostando su único bien. Sus propias vidas

P.D. Próximo viernes, 11 de diciembre, el epílogo de este capítulo. Y os contestaré todo lo que haya pendiente ¡¡No dejadme sin vuestro apoyo ahora!!

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
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"Nena, que buena que estás... ¿te vienes a... matar humanos?..."

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10 años 11 meses antes #43442 por Sidex
No me ha quedado claro si han matado al marine o solo lo han dejado KO porque esta en rabia negra, se que no pueden encerrarlo como a los demas, porque estan en el camp ode batalla, pero matarlo es demasiado. Buen capitulo

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10 años 11 meses antes #43452 por Reverendo
...todavía estoy intentando serenarme asi que perdonar si me dejo llevar por el entusiasmo...vamos a ver...para definirlo de forma rápida: IMPRESIONANTE. Te has lucido Darth, siempre que me había parado a pensar en la Rabia Negra lo había hecho de esta formam, aunque no le había puesto palabras, no se si me explico. Ha sido un momento mágico colega...es que no tengo palabras, me faltan las teclas...
Sidex el sacerdote dice:...[i:7brp3s2h]Que la Paz del Emperador sea contigo”[/i:7brp3s2h]...y usa el aparatito del que no recuerdo el nombre, defectos de GI que le voy a hacer...cuenta con que los genes del marine han vuelto al capitulo jejeje

Envio editado por: Reverendo, el: 2009/12/09 07:49

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10 años 11 meses antes #43457 por Sir_Fincor
aixxx se me ha hecho corto!!! en fin eso es bueno :P sigue así que ya se termina!

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