La Gran Marcha hacia Ulthuan (del fantasy)

10 años 8 meses antes #44770 por garrak
Bueno, aqui teneis un relato de fantasy

I CAPÍTULO: LA FLOTA SKAVEN

Skabscror gruño. Se hallaba al frente de el mayor ejercito movilizado hacia ulthuan desde el sonado fracaso de calith. "Pero ahora es diferente". Por supuesto que era diferente. Tenia bajo su mando una gigantesca flota aportada por la mayoria de los clanes mas importantes. Sus agentes habian conseguido que el waaaagh de grutzag atacara a las cosas elfas y ahora, en una muestra mas(si es que hacian falta) de su intelecto skaven atacarian a la region que las cosas elfas llamaban Yvresse. Entonces Skabscror se deleito repasando el plan una vez mas. Atacarian por la costa, por una ruta por la cual, segun sus esclavos largamente torturados, no habia una gran defensa magica. Las tuneladoras del clan Skyrre empezarian a cavar una gran madriguera desde la cual atacar toda Ulthuan y conspiras por su caida, pero antes saquearian las ciudades(si es que habia) de los alrededores. Y por supuesto, toda la gloria seria para el y la Gran Rata Cornuda.
Entonces Skabscror noto como se le erizaba el pelo y puso instintivamente la garra superior sobre su espada."Tranquilizate" se dijo"solo son los videntes". Y era verdad.Los seis videntes que el consejo tambien habia enviado estaban haciendo un hechizo descomunal que les daria un plazo de diez mil latidos para atravesar las defensas magicas de las cosas elfas. Eso le recordo que aparte del clan Mors, del cual el era su "representante" habian mas clanes, tanto mayores como menores y aunque Queek no habia podido venir, Gnadweel le habia asignado al señor de la guerra Skreek Garrafija como lugarteniente. A Skabscror le disgusto mucho que no estuviera alli, ya que tenia pensado que una de sus ratas ogro lo matara "accidentalmente", pero al parecer ser Skreek tambien habia pensado lo mismo. Skabscror miro al horizonte y vio como su flota se extendia todavia mas, a pesar de que su barco era el que estaba al frente. Afortunadamente el Barco de la Plaga del consejo de sacerdotes de Molkit el Sulfuroso permanecia alejado de toda la flota. Molkit tampoco daba muestras de importarle ya que tenia su propia flotilla personal, aportada por el clan Pestilens, ya que Molkit queria probar nuevas enfermedades con las cosas elfas y acto seguido invadir las madrigueras de las cosas lagarto. Los demas clanes mayores tampoco se habian quedado cortos. El clan Skyre se habia traido maquinas infernales a la cual mas letal y tambien habian aprovechado para probar sus motores de la disfrmidad, aunque Skabscror era de la opinion de que sus doscientos esclavos, con un buen latigo, remaban mucho mas deprisa. Luego el clan Moulder querian probar su docena de monstruos infernales hechas con los monstruos gigantes de las cosas lagarto con las murallas de las cosas elfas.El clan Eshin era el que mas guerreros habia aportado, ademas de los propios miembros del clan y varios centenares de prisioneros capturados de las madrigueras de las cosas hombre al sur. Aunque tal vez su gran aportacion fuesen tres de las temidas triadas y cada una tenia un objetivo...A lo mejor el podria conseguirlas un par...
Pero quitando los barcos que se habian inundado o desviado o destruido unos a otros por la incompetencia de sus lacayos, aquel era un gran dia. Skabscror volvio a ver orgulloso el horizonte y vio algo un poco sospechoso. Era como una flota de las cosas humanas pero habia algo extraño...No habia ni un tripulante. Parecian mas carcasas podridas que barcos. Entonces se dirigio a VistaLarga, uno de sus mas supuestamente fieles subordinados:
-¡VistaLarga!
-¿Si-si mi oh mi grandioso señor?-contesto,simulando que estaba molesto por la interrupción
-¿Que es eso de ahi?-pregunto Skabscror señalando los barcos que estaban en le horizonte.VistaLarga se concentro en el punto y parecio sorprenderse
-¿Sabes? a los lacayos que me hacen esperar tengo la aficcion de cortarles la cabeza
-¡Oh el mejor de todos los soberanos! parecen...parecen...cosas muertas
Skabscror miro con detenimiento al punto que habia señalado y penso si huir o arriesgarse a pelear, pero entonces se acordo de que era el enviado del Consejo de los Trece y del clan Mors y no podia volver con las manos vacias.
-Rapido-rapido-gritó-todos a sus puestos, por la Gran Rata Cornuda

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Yvninn era un elfo esbelto, era fuerte, era orgulloso, arrogante y era tan diestro con la espada que hasta los elfos seguian con dificultad sus movimientos. Solo habia un inconveniente que le hacia incapaz de defender Ulthuan: estaba muerto.
Efectivamente Yvninn era un vampiro. Para encontrar explicacion a este extraño suceso hay que remontarse a la guerra de la barba.Yvninn era el gobernador de una colonia elfa a tan solo unos kilómetros de Tilea. A los elfos les iba bien el comercio al vivir aislados del mundo y de la guerra, pero todo cambio cuando llego la guerra de la barba. Los magos de Hoeth le pidieron ayuda en aquel desesperado momento, pero Yvninn, que no queria perder recursos ni soldados en una guerra que el consideraba que se podia solucionar pacificamente se negó. Los Altos Magos de Hoeth, disgustados, le maldijeron a el y toda su estirpe con algo remotamente parecido a la maldición de la sed de la sangre de Neferata pero mucho peor. No le crecieron los colmillos ni tenia ganas de beber sangre, pero tenia siempre la necesidad de autotorturarse con torturas infernales, no podia ver ni el sol ni la Luna, y siempre se sentia desesperado y con la sensacion de faltarle algo, por lo que tenia unas ansias tremendas de poseer todas las cosas con valor.Por las noches todos los espiritus con los que se encontraba intentaban torturarle, pero Yvninn aun asi era incapaz de quitarse la no vida o que se la quitaran. Por otra parte, los otros cinco miembros de su familia tambien habian sufrido aquella maldicion. Su tio habia viajado a Lustria buscando oro y no habia vuelto. Su hermano mayor habia intentado matarlos a todos para poner fin a aquel aciago destino, pero en el ultimo momento lo asesinaron, siendo incapaces de querer morir. Su hijo, desesperado, encontro una solucion al problema:convertirse en una bestia sin cerebro y con un comportamiento salvaje mas propio de los orcos. Su hermano menor habia viajado a las tierras del caos buscando una solucion mejor.
Pero hacia poco su primo habia cogido una buena proporcion del ejercito de no muertos que tenian para invadir Tilea. Por desgracia para ellos, los tileanos ya estaban preparados. Uno de sus comandantes hizo un ataque relampago a caballo hacia el centro del ejercito. Cuando el primo de Yvninn cayó, casi todo el ejercito de no muertos tambien dejo de caminar sobre el mundo de los vivos. Los comandantes de Tilea averiguaron el emplazamiento de su antigua y maldita colonia y enviaron un ejercito a limpiar la zona y de paso saquear todo lo que pudiesen. Yvninn habia tenido que coger a sus esclavos nigromantes, encadenar a su hijo y hacer una retirada por el mar con unos viejos barcos tileanos que se habian hundido siglos antes con los hechizos de sus nigromantes,ya que Yvninn no poseía las habilidades mágicas. Una vez a la mar Yvninn ya no supo a donde ir. Podía volver siglos mas tarde pero mientras tanto ya no sabia lo que hacer. Fue entonces cuando se encontro con una flota dirigida por su hermano menor, Athriel, que habia vuelto de las tierras del Caos cambiado. En efecto se habia librado de la maldicion, pero el coste, al igual que el de su hijo, habia sido caro. Habia tenido que adorar a Nurgle, el dios de la plaga para que sustituyera la maldicion por plagas sin que muriese en el proceso. Athriel, visiblemente divertido por el fracaso de su primo, le dijo que la solucion a todos sus males se encontraba en la mil veces maldita Ulthuan. Yvninn pensó y al final accedio a la propuesta, ya que no tenia nada que perder, pero pensó aquel día por si los casos que tendría que vigilar a su hermano.
-¿Señor?
Yvninn, visiblemente molesto por haber sido molestado en sus ensoñaciones miro con desgana a su antiguo y muerto capitán de la guardia.
-¿Que es lo que pasa?
-Mi señor, hay una gran flota enemiga acercandose por el norte
-¿Tileanos?
-No mi señor. Su hermano me ha ordenado que le diga que son skavens
¿Skavens? Yvninn se habia olvidado de muchos detalles de su vida, pero nunca habia visto a un skaven ni sabia que eran. Aquello empezó a interesarle
-Muy bien. Que la flota se movilice. Vamos a enseñar a esa raza el verdadero estado del terror


II CAPÍTULO: EL DUELO

Mientras que Skabscror soltaba órdenes a sus subordinados, todos los skavens, incluidos los videntes, qué habían interrumpido el ritual, contemplaron a la flota de las cosas muertas. O más bien lo qué podían ver, ya qué cómo una polilla atraída por la luz, el cielo quedó cubierto de una densa capa de nubes negras qué Skabscror no sabía si o bien eran por los encantamientos de las cosas elfas o bien por las cosas muertas, fuese cual fuese el caso Skabscror sabía qué no estaban por pura casualidad. Los barcos del enemigo eran algo remotamente parecidos a los barcos de las cosas humanas, sólo que estaban totalmente podridos, de las antiguas velas cómo mucho solo quedaban palos partidos a la mitad qué debieron de ser en otra época los mástiles, estaban cubiertos de muchas cosas de lo mas profundo del mar, los marineros (algunos con forma parecida a la de las cosas elfas y otros a las cosas humanas) habían dejado de vivir hacia mucho tiempo y, tal vez lo más inquietante de todo, que ninguno de sus tripulantes parecía manejarlos. Tan solo soplaba un viento gélido qué parecía desgarrar el aire con sonidos vagamente parecidos a los de los esclavos al sufrir calamitosos tormentos. Entonces el señor de la guerra vio como varios barcos de su poderosa flota intentaban dar media vuelta para evitar un aciago destino. Skabscror, por suerte, sabía como elevar la moral skaven antes de las batallas (lo cual, por cierto, le había granjeado numerosas victorias y hecho también que se esparcieran rumores positivos para su ascensión) por lo que se dirigió gritando a sus lacayos:
-No os preocupéis, mis humildes camaradas- varios ojos dejaron de observar a la flota no muerta para posar miradas sorprendidas en el enviado del consejo de los trece. Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes, ya que podía sentir en la nuca hasta las miradas inquisitivas de los videntes-La Gran Rata Cornuda nos ha bendecido este día, ya que esa flota miserable sólo tiene un puñado de barcos podridos que no pueden equipararse a la grandiosidad de nuestra gran raza. Así pues yo os ordeno pelear en su nombre.
Aquello pareció animar a sus esbirros, ya que después de unos latidos de murmullos, los skavens se fijaron un poco más y todos pensaron al unísono (incluido Skabscror) que aquella seria una manera fácil de acumular gloria y poder para avanzar en la tortuosa sociedad skaven. De los primeros que parecieron fijarse en ese detalle fueron los miembros del clan Skyrre, que pusieron en las cubiertas gran parte de sus cañones de la disformidad y demás artillería infernal para bombardear al enemigo.
Viendo aquel despliegue de poder Skabscror no pudo menos que sonreír malignamente, pero se acordó en ese momento de su arma secreta. Señalo a varios esclavos para que fueran a las bodegas a sacarla a cubierta. Debido a su reticencia a arriesgar su vida, Skabscror tuvo que matar a un par de ellos para que el resto huyera con el rabo entre las patas hacia la bodega. Al fin y al cabo Skabscror no quería correr riesgos y su arma secreta había sido devastadora con anterioridad…

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Cuando Yvninn se asomó lentamente por la cubierta vivo de curiosidad no esperaba ver una cosa tan despreciable. Los barcos eran de mala calidad, no había ningún tipo de orden, los barcos daban vueltas en círculos y estaban totalmente llenos de ajetreo. A Yvninn no le gustó tampoco el aspecto de los skavens, que parecían unas ratas hechas para parodiar cruelmente al hombre. Innumerables chillidos de rata atravesaban el aire y vio cómo traían a las cubiertas extraños artefactos. Yvninn no tuvo duda de qué si hubiera estado vivo habría hecho hace tiempo un gesto de repugnancia ante la numerosa y miserable flota. Yvninn dio la orden a sus no muertos de disparar con sus arcos. No pudo evitar en aquel momento sentirse orgulloso, ya qué había tardado mucho tiempo en infundir a sus antiguos y muertos camaradas la idea de disparar. Por eso y por otros motivos Yvninn siempre procuraba saquear más las tumbas de los elfos que de los humanos, ya que estos últimos eran todavía más torpes y lentos muertos, aunque desde que fue derrotado en Athel Loren Yvninn tuvo qué abandonar temporalmente la idea, aunque ahora qué iba a Ulthuan podría levantar más muertos para su causa…
Pero Yvninn dejó de recapacitar cuando tres muertos trajeron un cañón viejo y húmedo a la proa. Esa también era otra de sus grandes armas, ya qué cuando no explotaban o dejaban de funcionar por la humedad sus viejos cañones tileanos causaban más destrozos qué veinte espaderos elfos. Por suerte el cañón funcionó y sonó con un gran estallido, hundiendo un esquife de los skavens. Yvninn se acordó de que toda raza inferior dependía en gran medida de su líder, por lo qué buscó con la mirada al skaven más grande de todos y el que más ordenes estuviera gritando. Aquello le costó mucho tiempo, pero en medio de su búsqueda una gran explosión verde estalló justo a su lado. Yvninn, ligeramente sorprendido, observó que no había sido el cañón, sino los skavens, qué estaban bombardeándoles con una puntería dispar. Yvninn, aun así, siguió buscando, esta vez con más prisas, al líder skaven, hasta qué al fin lo encontró. Era, efectivamente más grande qué el resto y estaba en aquel momento enseñando todos sus dientes mientras miraba la flota no muerta buscando algo. Era de pelaje negro y llevaba una armadura roja y blanca oxidada con símbolos primitivos. A Yvninn aquello le daba igual, ya qué no iba a dejar qué viviese. Buscó en su espalda hasta que encontró su ballesta. Tal vez cualquiera pensaría qué la ballesta no tenía nada especial y estaría en lo cierto, ya qué lo verdaderamente especial eran las flechas. Yvninn buscó hace un tiempo algo con lo qué poder autoinfligirse tormentos y a la vez matar al enemigo a distancia. Había secuestrado ingenieros del Imperio y les había ordenado fabricarle una munición para sus flechas qué reuniese tales características. Yvninn todavía pudo acordarse de cuando habían intentado matarle con su arma, es más él cadáver de uno de ellos se encontraba al mando del cañón, contemplando los barcos hundidos a través de sus cuencas vacías y oscuras, pero de todas formas lo único qué consiguieron los ingenieros cautivos fue qué le ardiera media cara y llevara un pintoresco parche con forma de calavera en el ojo qué perdió, que aunque no lo necesitara, el consideró qué imponía bastante. Entonces, mientras levantaba y apuntaba con la ballesta, pensó qué el skaven no sabía lo qué le esperaba…

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Skabscror no la vino venir. Es más, casi le da, pero por suerte la Gran Rata Cornuda lo había mirado con buenos ojos aquel día. Aquello además le fue de gran ayuda, ya qué por fin encontró al líder de las cosas muertas, sin el cual se suponía qué no deberían de levantarse más. Ordenó a VistaLarga qué le dijera de donde venía la flecha y entonces él le señalo rápidamente él barco más grande de todos, compuesto en gran parte por calaveras y muertos con una gran vela (la única vela) totalmente negra. Skabscror maldijo a sus compañeros por distraerle y ordenó a los ingenieros brujos qué disparan al barco. Entonces Skabscror se llevó la garra superior a su otra zarpa, qué goteaba de sangre, y, sin saber por qué, pensó qué el peligro no había acabado todavía…

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Yvninn soltó una maldición entre dientes, ya qué la flecha había errado por poco su inicial trayectoria. Aun así tampoco importaba mucho, ya qué la flecha no tardaría en estallar. Una vez qué lo señalo el jefe skaven dos rayos verdes impactaron en el mar a pocos metros de su barco. Iba a tener qué deshacerse de ellos si quería ganar aquella batalla.

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Sin saber por qué, Skabscror ordenó a un esclavo qué cogiera la flecha. Una vez qué el esclavo la cogió empezó a ponerse roja y finalmente estallo, carbonizándolo. Pero eso a Skabscror le daba igual, ya qué las llamas habían llegado a él. Desesperado, Skabscror dio media vuelta y se tiró al mar. Una vez en el mar y apagadas aquellas misteriosas y mágicas llamas, empezó a pensar en cómo volver a su barco y si Skreet no se aprovecharía de aquel altibajo…

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Yvninn empezó a preocuparse, ya qué no sólo estaba sufriendo su flota una marea interminable de hechizos y rayos verdes, sino qué encima, para empeorar la situación el jefe skaven había sobrevivido y estaba subiendo ileso a uno de los agujeros del barco jefe roído y destartalado de los skavens. Yvninn se preguntó cómo habría sabido qué la única manera de apagar el fuego era con agua de mar, pero por lo menos había causado gran destrucción en el barco jefe y supuso qué debía oler a rata quemada. De repente oyó los chillidos de rata en su propia cubierta y observó con sorpresa como varios skavens qué habían estado escalando desde una pequeña balsa ahora intentaban desesperados combatir contra una horda de zombies tileanos. Yvninn soltó un grito de ultratumba y enseguida, tan rápido cómo llegaron huyeron tirandose por la borda. Yvninn sonrió, ya qué todos cayeron rápidamente al mar, ahogándose en el proceso.

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Cuando Skabscror apareció nervioso en la cubierta, empapado, oliendo a perro mojado y con porte desafiante, en el barco skaven empezaron a oírse cuchicheos y risillas, pero cuando Skabscror hizo qué su rata ogro Torturador despedazara a un caudillo se hizo el silencio. Skabscror sonrió y mandó a la tripulación continuar con sus quehaceres. Skabscror se enteró también del cobarde ataque y huida de los guerreros de Skreet y no pudo contenerse el lanzar otra risilla. Además el arma secreta ya estaba en la cubierta, dirigiendo miradas rabiosas a los tripulantes de su barco. Ahora ya sólo estaban a unos pocos metros del barco del jefe de manada de las cosas muertas. Las ratas ogro empezaron a rugir, pero Skabscror ordenó a los señores de las bestias qué las controlaran, ya qué lo último qué quería era a una rata ogro descontrolada, además de que no participarían en la batalla, ya qué podían destruir su futuro gran barco con sus estúpidas acciones, aunque bien sabía qué su arma secreta podía llegar a causar más destrucción. Escuchó cómo sus tocayos lanzaban gritos de impaciencia y el arma secreta era puesta en primera línea, según el plan. Por sexta vez desde qué había empezado la batalla, Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes…

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Yvninn era consciente de qué el gran barco skaven no era el único qué intentaba abordarlos, por lo qué solo ordenó a la mitad de sus marineros no muertos qué se prepararan para la batalla. Él mismo y su antigua guardia personal ocupaban las primeras líneas. Yvninn miró orgulloso a sus guardias. A pesar de estar muertos y de qué su rapidez era un pálido reflejo de la qué gozaron antaño, seguían siendo superiores a muchas razas en el combate cuerpo a cuerpo. Yvninn posó otra vez la mirada en la tripulación skaven. Unos skavens intentaron hacer funcionar un aparato extravagante, pero en el último momento este explotó, llevándose a la muerte a varios skavens. Yvninn se quedó sorprendido de cómo podía seguir existiendo una raza tan estúpida sobre la tierra. Superó incluso el sentimiento parecido al desprecio qué sintió cuando se enfrentó en su sexta batalla portando la maldición contra el clan Martom de los enanos. Cuando los skavens bajaron los puentes de abordaje roídos un pequeño silencio cundió entre los skavens. Vio cómo varios se apartaban temerosos cuándo pusieron en los puentes skavens muy raros. Iban atados de pies y manos, acompañados por un puñado de skavens temblorosos. Aquellos skavens estaban completamente locos. No paraban de babear y soltar chillidos alocados indescriptibles. Tenían la mirada completamente loca y la mayoría de ellos eran completamente escuálidos. Entonces los skavens temblorosos liberaron de sus ataduras a aquellos chiflados y salieron corriendo mientras en el barco skaven se tiraban los puentes al mar. Los skavens locos, al no tener más remedio, salieron corriendo hacia sus filas.

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Skabscror estaba ahora gozando del momento. Por tercera vez desde qué hizo aquel descubrimiento se dijo así mismo qué era el más astuto de todos los seres, después de la Gran Rata Cornuda, por supuesto. Todo empezó un día, en el cual se fijó en las costumbres skavens, especialmente del Hambre Negra, ley según la cual los skavens necesitaban ingerir grandes cantidades de comida. Entonces el pensó qué podía tener utilidad estratégica, por lo qué decidió qué después de todas las batallas capturaría a varios skavens antes de alimentarse de los caídos. Cuando los tuvo encerrados durante tres días a sus skavens y los lanzó por primera vez contra los orcos tuvieron un éxito absoluto, derribando y comiendo desesperados a los orcos. En su segundo experimento contra los enanos del clan Martom acabaron muriendo, pero hicieron una buena masacre. Ahora a pesar de lo qué le había costado atar a los “hambrientos”,cómo él los apodaba, y mantenerlos alejados del resto de la tripulación ahora sus cuarenta “hambrientos” iban a demostrar su eficacia.

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Yvninn clavó su espada llena de runas en la cabeza del primero. Luego el segundo se abalanzó contra él, pero Yvninn pensó qué por fin podría acabar con su pesadilla y su maldición. No notó siquiera el mordisco desesperado del skaven, pero si qué notó las babas caerle en la mejilla y acabó pensando en qué aquella no era una buena forma de morir, por lo qué le dio un puñetazo en la mandíbula al engendro y lo sacudió con una patada. Mientras el skaven se acariciaba los dientes rotos, el elfo maldito cogió su espada y lo ensartó como un pollo. Otro skaven corrió a por el general no muerto, pero Yvninn lo cogió de la cabeza y lo arrojó al mar. Otro skaven saltó hacia él, pero el elfo lo cogió por la garganta en el aire y le estrujó la cabeza entera. Yvninn se apartó entonces para ver el combate. Los skavens locos habían causado gran destrucción y casi habían destruido a su guardia personal que aunque se levantaba por la presencia del vampiro al poco rato volvían a caer destrozados por los zarpazos hiperactivos de los engendros, que ya empezaban a roer los huesos de los muertos y devorar a los caídos. Cuando no quedaban muchos skavens locos, sus compañeros bajaron los puentes de abordaje otra vez y entraron triunfantes destrozando huesos y más no muertos. Yvninn encabezó un ataque contra otra ola de ratas qué subía desde un pequeño esquife y intentaba acceder al puente principal. Yvninn pudo distinguir al jefe skaven en la retaguardia machacando a lo poco qué quedaba de su guardia personal qué seguía intentando volverse a levantar. El elfo maldito le sacudió un codazo a un skaven qué le venía por detrás y le daba un zarpazo a otro qué hizo qué salpicara sangre por todas las partes. Entonces otro skaven se le lanzó por detrás, intentando acuchillarle sin éxito. Cuando Yvninn lo estrelló contra la pared de su barco llenándole su elaborada capa azul oscuro de sangre negra, Yvninn pensó si seguir peleando o escapar pero al final decidió escapar aprovechándose de la confusión reinante en una balsa qué tenía reservada para esos casos, prometiendo venganza contra los skavens…


III PARTE: LA TORMENTA


Una vez que de la flota de las cosas muertas solo quedaron viejas tablas cubiertas de cosas del mar, los skavens retomaron su marcha hacia la tierra de las cosas élficas. Skabscror adquirió más fama y veneración y empezaron a correr los rumores de que había sido bendecido por la Gran Rata Cornuda, aunque también corrían rumores de que el líder de las cosas muertas había escapado,jurando venganza contra toda la raza skaven. Estos últimos no le importaban mucho a Skabscror,qué ya estaba pensando en conquistar todo lo que se le pusiera de antojo. Había mandado capturar a varios skavens para qué se convirtiesen en hambrientos y ya había tenido una audiencia a través de un chillalejos con el consejo de los trece, en la cual Skabscror se esforzó al máximo por desmentir los rumores acerca de posibles supervivientes y qué el plan iba según lo previsto. El consejo, aun así, había decidido qué si Skabscror tenía éxito en su misión enviarían refuerzos para asegurar la punta de lanza. Ahora Skabscror observaba el cielo desde la cubierta temeroso. Los videntes estaban preparando un hechizo descomunal para abrir las defensas mágicas temporalmente y poder llegar al acantilado oculto. Skabscror había ordenado a sus lacayos avanzar rápido, ya qué las aguas estaban empezando a agitarse, mientras los cielos se iban tiñiendo con nubes amenazantes de tormenta y la niebla se formaba alrededor suya. Skabscror elevó una plegaria a la Gran Rata Cornuda para qué los incompetentes de los videntes no fallaran en su objetivo.

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El vidente gris Squeweel observó con ojos paranoicos y cautelosos a sus otros cinco compañeros. Ya habían formado el círculo mágico del cual no deberían moverse ni en mil latidos y habían consumido una cantidad ridículamente grande de piedra de la disformidad. El pelaje de Squeweel empezó a crisparse mientras de su boca babeante surgían las palabras necesarias para, cómo lo había llamado el despues de una consabida discusión (los guardaespaldas de Squeweel llegaron primero) el Gran Hechizo de Squeweel. Al fin y al cabo había sido su lúcida mente la qué descubrió cómo hacer el hechizo y habían sido él y el consejo de videntes los qué eligieron los videntes. La verdad es qué Squeweel lo hizo por causas politicas, ya qué Hrik y Sorrk sólo pensaban en torturar almas ajenas, Kritt se había vuelto tan obeso después de su viaje al pozo Infernal qué apenas veía sus garras inferiores, mientras qué Fdrik estaba lo bastante ocupado intentando dominar el arte de consumir piedra de la disformidad cómo para conspirar. Los únicos qué podrían disputarle el mando cómo segundo (o primero si Skabscror sufría un accidente) eran el vidente "inquisidor" Horrk, Skreet, y Molkit. Squeweel ya tenía planes para estos dos últimos, pero Horrk era otro hueso muy duro de roer, a pesar de ser inferior a él. Además el problema de Skabscror ya iba a ser dentro de poco eliminado. Squeweel sonrió salvajemente y siguió con el ritual.

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Diario del conde Sigismund del Imperio: Le trippulaciccón ya está celebrando una festa dan la bodga. Yo me unir dentr de pocorl, nada más termine di iscribir esti malditti dieirio. Nous emos prrrrometio a le praincip brothe mi k irmos a negosiar kon los lagrtos de lustr. Io mi prgonto si les gustarn elr vinorr. Pr cirto k mndeeee esss carrt cuand sssstaba (tngo k ir nsaiaiaindo la prnunciacioni, k sssssi no no mi entiend lorsk lagrtos) borrasho. Obviimente cundo scribo borrraasho sssssuelo comter aluna falha, pero ste no esrl elr cassssssorl. Ahorrra miss marrienerosss m dcennn que emosss encontrao un nafrago. Verre sirs esrl comestiblerrrl...hmmmm

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A pesar de la cada vez más espesa niebla Yvninn llegó al barco de los humanos. Cuando estos le ayudaron a subir, Yvninn se sorprendió sobremanera al observar qué los muy estúpidos navegaban en medio de la inminente tormenta estúpidamente borrachos. Todos tenían los mofletes rojos de tanto beber, y cuando lo recibió el capitán, Yvninn se sorprendió todavía más cuando un humano gordo, totalmente ebrio, vestido con ropas de lujo y con gesto entre bonachón y hambriento le recibió en la cubierta y en medio de sus delirios de borracho (cómo por ejemplo la insistente pregunta de si era comestible) le dijo qué era el capitán. Yvninn, confiado, pensó qué podría matar a todos aquellos estúpidos y huir el sólo con el barco cuando la maldición empezó a hacer mella en él. Una docena de fantasmas moribundos le asaltaron la mente y el cuerpo por dentro, intentando volverlo loco o matarlo. Yvninn no se había acostumbrado todavía a aquellas incursiones fantasmales y sabía qué nunca lo haría. Se llevó desesperado las manos a las blancas sienes y soltó un grito infernal qué retumbó en los tímpanos de los humanos. Estos, sorprendidos, no pudieron siquiera reaccionar, ya qué una horda de skavens había entrado a cubierta.

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Skabscror se metió algo asustado en su confortable madriguera. Esta estaba llena de trastos inservibles, ratas y el cadáver del antiguo capitán postrado en la roída mesa. Skabscror iba a asomarse por la ventana simuladamente cuando percibió qué algo no iba bien. Podía percibir a alguien entre las sombras, pero antes de preguntárselo a sí mismo y poner la zarpa sobre su serrada espada un skaven vestido de harapos negros y con un cuchillo en cada mano salió de entre las sombras ¡Un asesino del clan Eshin!. Skabscror esquivó milagrosamente el ataque y sacó su espada. El asesino atacó otra vez, furioso por el fallo. Esta vez el señor de la guerra estaba más preparado y paró los golpes con la espada. El asesino se escabulló entre las sombras, forzando a Skabscror a ponerse contra la pared, pero este vio sus intenciones, se adelantó y le cortó una mano. El asesino se retiró dolorido a la oscuridad, mientras Skabscror alzaba victorioso su espada para intentar rebanarle el pescuezo al asesino.

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Squeweel alzó una vez más el báculo, luchando contra el hechizo élfico. Los demás videntes también sudaban y babeaban, recitando el ritual del hechizo. Los demás skavens intentaron alejarse, asustados por tal despliegue mágico. El agua entraba a borbotones y ya había hundido varios esquifes pequeños. Fdrik cayó inmóvil al suelo, consumido por el hechizo, mientras el barco sufrió una terrible embestida por una ola.

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La breve sacudida qué sufrió el barco hizo qué Skabscror se cayera al suelo. El asesino intentó clavarle en su caída una puñalada, pero esta sólo le hizo una leve herida gracias a la armadura. Mientras Skabscror reaccionaba, levantándose del suelo, vio cómo otro asesino surgía de entre las sombras. Skabscror intentó hacerse a un lado, pero el segundo asesino logró aún así causarle otra pequeña herida en la zarpa. Skabscror embistió al primer asesino para cubrirse de las furiosas acuchilladas. Antes de qué el primer asesino supiera qué pasaba, Skabscror ya se había levantado y había cogido un escudo viejo para cubrirse de las estrellas arrojadizas qué le lanzó el otro miembro del clan Eshin. Mientras intentaba escabullirse entre las sombras, otra ola sacudió el barco, haciendo qué volvieran a caerse al suelo. El señor de la guerra cogió una vieja pistola bruja y disparó contra el segundo asesino. Este esquivó el disparo y intentó abrirse paso, pero esta vez Skabscror acertó. Mientras el skaven era derribado, Skabscror reaccionó al fin y llamó a sus guardaespaldas. El primer asesino logró por fin levantarse y se lanzó enojado hacia su objetivo. Skabscror intentó matarlo desesperado con su espada, pero el asesino lo esquivó y le clavó un puñal en la pierna. Skabscror soltó un alarido y logró por fin matarlo. Mientras sus alimañas de armadura carmesí mataron al otro asesino. Skabscror miró con crueldad el escenario, todavía confundido. En esas estaba cuando sintió qué una estrella impregnada de veneno se le clavaba en la espalda. Miró al ojo de buey rápidamente y observó frustrado cómo un tercer asesino de aquella tríada se escabullía.

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Squeweel sonrió. En otra muestra del increíble intelecto skaven habían logrado controlar temporalmente las defensas mágicas, pero ahora debían de darse prisa. Era verdad qué en su proceso parte de la flota había sido hundida o se había perdido, pero suponían solo una pequeña parte de su glorioso ejército. Ahora ya sólo tenía qué esperar a las buenas nuevas de la tríada del clan Eshin...

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Skabscror observó desesperado a la estrella impregnada de un veneno verde. Podía sentir el veneno en el cuerpo, pero no acababa de saber lo qué era y por qué no estaba muerto. Entonces oyó en su mente una voz de ultratumba "¿Skabscror, cómo van las cosas? Ya sabes qué no consiento fallos..."
-Oh no, Garrac, estoy siguiendo con el plan previsto en nombre de la Gran Rata Cornuda
"Me da igual en nombre de quién lo hagas. Sólo quiero qué lo hagas. Y también he percibido tus males." un suspiro retumbó en su cabeza" De momento me eres más útil vivo. Lo tuyo es un veneno de largo plazo. Si quieres curarte, en la ciudadela de Athel Amaraya encontrarás el antídoto en el edificio de las puntas cristalinas. Una vez qué te "cures" acuérdate de tu misión..." Skabscror se sintió aliviado cuando la "comunicación" terminó. No le gustaba nada aquel pacto, pero al fin y al cabo la recompensa sería muy grande...


IV PARTE: EL ACANTILADO SECRETO

A pesar de la inutilidad de los skavens navegando al final lograron llegar relativamente rápido al acantilado. Skabscror ya estaba ansioso por poner sus garras inferiores en la tierra de las cosas élficas, pero aún así no había perdido estúpidamente su inteligencia, por lo qué puso delante de su barco una docena de esquifes y barcos abarrotados de guerreros y esclavos de los clanes menores. Fue en ese momento cuándo se preguntó donde estarían Molkit y su ignorada flotilla. Dejo de darle importancia de inmediato, ya qué tenía qué recapitular sobre quién podría haber contratado a los asesinos. Tenía qué ser alguien muy cercano y, debido al veneno de largo plazo supuso en seguida qué tenía qué ser alguien qué esperaría a qué muriese para luego llevarse los despojos de la victoria. Era un plan diabólico, pero a la vez astuto. En esas estaba Skabscror cuándo entraron en la gran caverna escondida. Era un acantilado gigantesco, de varias escabullidas de alto y la gran caverna era una obra geológica qué parecía más bien obra de un dios amante de la escultura. El agua del mar se reflejaba y las olas más parecían acariciar las paredes qué querer golpearlas. Las paredes estaban llenas de pequeños recovecos y cuevas de pequeño tamaño y las estalacmitas eran grandes cómo columnas y delgadas cómo pinceles. La caverna era de suficiente tamaño cómo para qué cupiera una flota tres veces más grande qué la qué en aquellos instantes entraba triunfante. Justo al final de la gruta había una especie de cuenca del tamaño de un pueblo. A Skabscror le pareció ver en la orilla había algo sospechoso, pero le quitó importancia, ya qué la futura perspectiva de conquistar todo lo que se le pusiera al antojo le ocupó totalmente sus pensamientos.

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Kaldorian observó con cierta intranquilidad desde su posición en la torre oculta de la orilla a la flota de los hombres rata. El mago Ydolrian había sido muy sabio al confiarle a él y a su guardia del mar de Lothern la misión de proteger aquella oculta caverna. En los doscientos años qué llevaban ahí ya habían rechazado varios ataques de los bárbaros humanos y de sus odiados primos, pero aquel ataque se llevaba la palma. Una docena de esquifes avanzaba por el río, precediendo a un barco de gran tamaño lleno de hombres rata, y, si las suposiciones de Kaldorian no eran incorrectas debían de haber centenares de barcos más. Habían enviado un mensajero a Athel Amaraya, avisando del ataque. Con un sólo gesto desesperanzado de Kaldorian los elfos se pusieron en sus posiciones, y mientras tensaban los arcos cinco lanzavirotes ocultos apuntaban a los barcos más pequeños. Kaldorian y su guardia no se habían rendido en sus doscientos años de vigilia y no lo harían ahora.

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Natgarion observó fríamente a sus camaradas sombríos. Todos tenían los ojos puestos en la flota de los hombres rata, esperando con ansiedad qué los odiadas ratas se pusieran a tiro para teñir de sangre el mar. Natgarion había dividido a sus cincuenta sombríos en dos bandas, cada una en un borde de la cueva. Kthellar lideraba la otra. No se equivocaban cuándo creyeron qué iba a terminar habiendo un ataque a la gruta, pero ni de lejos habían pensado qué un número tan grande de miserables barcos pudiera atravesar las defensas mágicas, por lo que Natgarion tuvo la sensación de qué había magia negra de por medio. Se habían escondio tan bien entre los recovecos qué ni siquiera la guardia del mar se había enterado de su presencia. Con una orden silenciosa de Kthellar y Natgaron los arcos blancos liberaron sus flechas negras sobre los patéticos hombres rata.

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Desde su posición en el ya desaparecido círculo mágico Squeweel pudo ver cómo varios skavens eran atravesados por flechas negras. Antes de qué pudiera ordenar nada Skabscror(qué para rabia suya seguía vivo) mandó a sus mosquetes jezzail disparar sobre los posibles sitios desde donde los acechantes y misteriosos enemigos estuvieran disparando la lluvia de flechas. Cuándo una flecha se estrelló cerca de Squeweel, este empezó a pensar qué ya iba siendo hora de ponerse a cubierto...

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Skabscror miró frenéticamente a sus subordinados qué seguían todavía vivos. Por si no bastara con los enemigos misteriosos de los flancos, un pequeño ejército de las cosas elfas les recibía con otra ola de disparos y varias grandes cosas puntiagudas hundían un puñado de barcos. Un cañón de la disformidad fue sacado a cubierta, para gran expectación de los skavens presentes. Skabscror ordenó eufórico qué dispararan al flanco izquierdo. A pesar de su euforia, se acordó de ordenar lanzar a sus cañones disparar sólo un puñado de rayos, ya qué la perspectiva de morir aplastado por una roca no le entusiasmaba mucho.

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Natgarion no tuvo tiempo siquiera de decir nada cuándo uno de aquellos infernales cañones disparó y estalló con una explosión verde sobre tres sombríos. Con algo de entusiasmo pudo ver cómo una roca caía y hundía un barco, pero eso no recuperaría a sus tres fallecidos camaradas. Entonces, mientras disparaba, vio a un mago despreciable de los hombres rata con pelaje albino qué enfocaba con su báculo a Kthellar, qué en un descuido se había quedado a cubierto. Antes de qué la flecha se clavara en la espalda del miserable, a este le dio tiempo a , con una sonrisa dibujada en su mandíbula, lanzar un rayo verde qué hizo volar por los aires a Kthellar y otros dos sombríos. A Natgarion le resbaló una lágrima por la mejilla por la reciente muerte de su compañero de armas desde la infancia y volvió a disparar, cada vez más lleno de furia, a los miserables hombres rata, pero todo ello sin hacer más ruido qué el de su fino arco plateado al tensarse.

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Kaldorian ordenó a tres partes de su fuerza, es decir, una cincuentena de elfos, cargar con las lanzas en ristre sobre los hombres rata qué acababan de desembarcar en la orilla. Mientras lideraba la delgada línea de batalla, se volvió a preguntar qué hacían los sombríos tan lejos de su patria, pero volvió a responderse a sí mismo qué los crueles sombríos defendían toda Ulthuan del inminente peligro. Los derrumbes qué los skavens habían causado estúpidamente con su maquinaria infernal habían hundido a varios barcos, y los hombres rata, desesperados por huir, habían sido arrastrados a la costa cómo por obra del mismísimo Malekith. Mientras un hombre rata se levantaba mojado y jadeando, Kaldorian aprovechó para cortarle la cabeza con su espada llena de runas elfas. Sus elfos mataron disciplinadamente a otros, tanto con el escudo y la lanza, cómo con el arco, pero varios hombres rata se aprovecharon de su confianza en su habilidad para acuchillar a tres elfos y hacer qué el resto aprendiese la lección y lucharan con más cuidado. Un virote de uno de los lanzavirotes hundió a otro esquife, pero entonces otro rayo más cruzó el aire y destruyó a la penúltima pieza de artillería, mientras otro causaba una explosión en el frente de batalla qué hizo qué murieran hombres rata y elfos por igual. Kaldorian ordenó otra carga mientras el barco grande arrivaba al fin a la costa.

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Skabscror puso triunfante sus garras sobre Ulthuan después de una ola de guerreros del clan Mors. La muerte del vidente loco Hirrk había hecho qué se escabullera detrás de Torturador. A este último parecían rebotarle las flechas en su dura piel, por lo qué otros skavens intentaron seguir el ejemplo de su líder, pero cuándo el señor de la guerra cortó un par de cabezas el resto abandonaron la idea. Skabscror ordenó también a sus guerreros atacar contra las cosas elfas. Ahora se hallaban en un sangriento combate, donde las filas ordenadas de las cosas elfas rechazaban ola tras ola de skavens. Skabscror ordenó a los lanzadores de gas envenenado lanzar su mortífera munición, causando bajas en los dos bandos. La tormenta de flechas misteriosas seguía, pero ya no le importaba, ya qué sólo quedaba una cuarentena de elfos entre él y su inevitable triunfo en los anales de la historia skaven. Confiado por su superioridad avanzó al centro de batalla junto a sus guardaespaldas, inclinando la balanza hacia el triunfo de Skabscror. Aquel iba a ser un gran día.

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Natgarion siguió atormentando a los miserables siervos del mal, cada vez más furioso y sin importarle qué la docena de sombríos que quedaban en su lado pensaran en el fondo de sus corazones sí iban a vivir o no y la otra docena restante del otro lado pensara si irían a sufrir el mismo destino qué el pobre Kthellar. Entonces Natgarion ordenó a sus camaradas sacar las espadas, ya qué una horda de hombres rata vestidos con harapos negros les atacaron. A pesar de estar en aplastante inferioridad numérica contra los esquivos infiltrados, hicieron pagar cada uno caras sus vidas. Natgarion furioso mató a siete enemigos antes de qué le clavaran un puñal por la espalda y Natgarion riera pensando en su futuro encuentro con Kthellar en el otro mundo.

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Kaldorian hizo una carga suicida contra el jefe de las ratas. Aunque era obviamente un suicidio los otros guardias no se lo pensaron dos veces y lo siguieron en su carga. Mientras su guardia iba cayendo acuchillada por las alimañas innumerables qué se les abalanzaron. Pero, imbuido con la fuerza de la desesperación, Kaldorian se abrió paso hasta un hombre rata alto, de pelaje negro y armadura carmesí y blanca oxidada. Este pareció tan sorprendido por la inutilidad de sus lacayos qué casi no esquivó el mandoble del elfo. El capitán guardián de Lothern volvió a intentar atacar, pero una alimaña le clavó su alabarda en un costado. Mientras Kaldorian caía de rodillas al suelo y se llevaba una mano a su herida, el líder volvió a acercarsele triunfante, con una mirada mezquina en sus ojos. Antes de alzar su espada para corarle el cuello a Kaldorian, el hombre rata pronunció con voz chillona en un burdo intento de hablar en Reikspiel:
-Tú serás el primero en caer en nombre de la Gran Rata Cornuda


V PARTE: CONSPIRACIONES


Los skavens se instalaron rapidamente en el escondite. Se metieron por todos los resquicios y cuevas que habían, incluso ocuparon las zonas del exterior, eso sí, por orden de Skabscror no fueron a la costa, para así no revelar demasiado pronto su presencia. Los videntes ocuparon planicies de la entrada a la cueva, mientras los señores de la guerra de clanes menores se ponían en las paredes y los clanes mayores ocupaban toda la orilla. Una vez que encontraron la torre oculta la saquearon de mil maneras posibles y cuándo gran parte de las provisiones se acabaron, Skabscrr vio la torre y se instaló allí, haciendola su guarida. Las criadoras qué habían sobrevivido al viaje empezaron a hacer a velocidad asombrosa camadas de skavens.Las tuneladoras gigantescas que se trajeron los ingenieros brujos empezaron a cavar mecánicamente, armando tal ruido que Skabscror empezó a preguntarse cómo las cosas elfas no se habían dado cuenta de su presencia. Los skavens además habían encontrado varios túneles subterráneos que daban al exterior y por los cuales Skabscror tenía pensado invadir a las cosas elfas, algo que iba a hacer lo más pronto posible...

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Mientras a varias millas del acantilado, en una playa de arenas blancas y suaves, podíamos encontrar un barril hecho añicos y un humano ebrio hasta las cejas de alcohol corriendo alocadamente hacia un bosque elfo que había a apenas unos pies de longitud. Un par de millas más un elfo no muerto abría los ojos confundidos, sin acabar de saber que serie de acontecimientos le llevaron a esa playa. No tardó mucho en recordar su nombre, su trágica historia y la huída de las tierras de los hombres y su posterior encuentro con los skavens. Pero para recordar lo que pasó después tuvo que esforzarse más. Recordó el barco de aquellos estúpidos hombres y también el ataque repentino de los fantasmas muertos por los hechizos elficos atacandole. Entonces recordó cómo los estúpidos humanos, hasta que los skavens no mataron a la mitad de la tripulación no empezaron a sospechar que a lo mejor los engendros no eran delirios de borracho, y cuándo el capitán cogió un barril, lo lanzó al agua, y se metió en el (según el humano porque un barril de cerveza flota mejor) no empezaron a correr desesperados de un lado al otro de la barca, siendo cómodamente acuchillados por los skavens. Recordó también qué en un desesperado intento de librarse de los fantasmas se tiró al agua, intentando ahogarse sin resultado. Recordó cómo la tormenta paró y entonces el logró ganar algo de terreno a los fantasmas, agarrandose a un tablón podrido de algún esquife skaven antes de que la tormenta misteriosamente volviera a aparecer y los fantasmas redoblaran su ataque mental. Entonces Yvninn supuso que el mar lo debía de haber arrastrado a la playa y una vez que el ataque fantasmal terminara el entrara en un eestado de reposo para recuperar energias. En eso mismo estaba pensando el elfo cuándo una voz insidiosa y cargada de ironía le susurro detrás suya:
-Vaya hermano, parece ser que te ha ido bien la batalla
Yvninn se giró frustrado para ver a un elfo cubierto de viejos ropajes elfos, qué ahora estaban llenos de moscas, pus y larvas y con una piel entre pálida cómo la suya y con granos inservibles por todo el cuerpo, además de lleno de suciedas, rasgos por los cuales pudo distinguir a su hermano menor corompido por Nurgle para poder librarse de la maldición Athriel. Una vez que lo distinguió Yvninn vio al fondo el barco de Athriel medio destrozado y media docena de discípulos humanos de Nurgle mirando a Yvninn con mirada entre temorosa y divertida. Yvninn le dirigió a su hermano una mirada cargada de reproche, ya que el muy traidor no había participado en lo más mínimo en la batalla.
-Tranquilo, hermano, tranquilo
-!¿Tranquilo?! Tranquilo estaría si hubieras participado en la batalla
-No pude
-¿Porqué?
-Los hechizos elficos desviaron nuestro rumbo y no pudimos ir a ayudarte
-Pues espero que sea así, por qué sino yo mismo te cortaré la cabeza
-No hace falta lanzar amenazas fútiles contra mi. Además estamos en Ulthuan¿No?
-Hummmmm..Ahora qué lo dices es verdad...
-Además si las maneras de nuestro antiguo pueblo no han cambiado, y estamos en la playas blancas de Kher-Kishr, cerca de aquí estará el Cementerio de los Caídos y podrás con ellos levantar un imperio sobre las cenizas de Ulthuan
Yvninn miró atentamente el bosque, miró a su hermano, volvió a mirar el bosque, se encogió de hombros y se adentró en Ulthuan por primera vez desde hacia mil setecientos cincuenta años.

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Molkit miró impasiblemente el cadáver del mensajero de Skabscror pidiendo explicaciones mientras uno de sus famélicos siervos se lo comía. Molkit ordenó que parara, lo mordió el mismo, y dijo a sus monjes que la llevaran al campamento skaven. Molkit miró entonces la cueva donde sus infieles hermanos skavens se habían refugiado. Cómo el no acababa de fiarse de Skabscror y su amplia red de espías, se había ocultado en una gruta lo más lejos posible del escondite pero sin llamar la atención. Molkit se dirigió entonces a sus subordinados y volvió a recitarles por enésima vez el liber bubonicus

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Aeralos se estaba aburriendo. Haría dos días desde que se fuera del último pueblo que escandalizó. Todos los días qué había pasado en su caminata buscando otro pueblo o una gran batalla los había pasado recordando su aprendizaje en Hoeth, su posterior expulsión y cómo había ido degenerando todo en general. Desde su máscara cubierta por la capa blanca y una armadura vieja y mellada pensó en cómo pudo haber cometido aquel inolvidable error en la invocación qué conllevó a su expulsión de Hoeth. Recordó también la gran fiesta qué organizó en el último pueblo y cuántas veces había hecho el amor después de vencer en un fácil duelo con su espada a dos manos al arrogante príncipe de la región, conllevando esto último en un ultimatum a su persona, ordenandole irse, después de lo cual el se tiró a la mujer del príncipe y se fue a buscar más aventuras. Aquella última en especial no le gustó nada, ya qué no hubo ni una sola rubia y el príncipe elfo no fue un rival nada difícil. A través de las brumas qué el mismo había creado pudo ver un pueblo rodeado por un río y posteriormente por una muralla de cinco metros de alto, por lo que supuso que Athel Amaraya no estaría lejos. Con una palabra retiró las brumas y empezó a pensar en cuántas rubias habrían, si habría alguna gran batalla y, lo más importante, sí tendrían cerveza.

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Los guardias albinos mudos enviados por el consejo de los trece para asegrarse que se cumplía la voluntad de estos echaron una rápida y silenciosa mirada al mensajero de Skabscror. El mensajero estaba empezando a ponerse nervioso, por lo que solicitó una audiencia con el líder skaven. Uno de los guardaespaldas pesonales de Skabscror que no habian parado de mirarlo con ojos maliciosos entró en la guarida para hablar con su jefe. Unos minutos después salió un skaven de pelaje totalmente negro, con armadura roja y blanca y una espada oxidada qué goteaba sangre negra con una enorme rata ogro del clan Moulder detrás suya qué el mensajero supuso qué debía de ser Skabscror.
-¡Oh, su más alta eminencia!, tengo nuevas del clan Skyrre
-Más te vale qué me lo digas rápido, estúpido-estúpido
-Las excavaciones van a buen ritmo y los ingenieros ya casi han terminado con la Gran Máquina
-Bien-bien.¡Torturador!
-Noooooooooooooooooooooooo
-Muy bien. Cómo siempre digo el mejor mensajero es el mensajero muerto.¡VistaLarga!
-¿Si, oh, nuestro gran-gran jefe?
-Comunica a todas llos estup...digo las tropas-tropas qué mañana marcharemos sobre las cosas elfas
-¿Tan pronto?
-¿Cómo?¿Quieres discutir las ordenes de mi espada o las quejas?¿Porqué sabes?no hay nada que me apetezca más ahora qué devorar el cadáver de un siervo estúpido-estúpido
-Oh,ningún problema-problema.
-Pues por la gran rata cornuda,¿A qué piedras de la disformidad estás esperando?

Mientras Skabscror se daba la vuelta y se metía en su madriguera, VistaLarga pensó si hacerle el gesto de burla skaven, pero al oír a Torturador comiéndose al mensajero y al notar las miradas de los cuarenta guardias albinos y alimñas se lo pensó mejor y se escabulló entre las sombras para ordenar a otro subordinado que comunicase las nuevas al resto de los skavens.

A lo mejor este capitulo no es muy bueno (peor sera la novela no?)

VI CAPÍTULO: ELFO NO MUERTO,ELFO VIVO,ELFO SALVAJE


Antes de proseguir con la historia voy a describir un poco cómo eran los alrededores de Tor Amaraya. Desde las costas blancas, que eran bordeadas por un pequeño sistema montañoso, hasta la llanura de Tor Amaraya había un gigantesco bosque, cuyo nombre se había perdido en el tiempo. Este bosque guardaba más relación con Athel Loren qué con los bosques de Ulthuan. En los tiempos del auge de los elfos, antes de la guerra de la Secesión, por el día los viajeros elfos iban por el bosque cantando melodías élficas, mientras la música de las arpas y el trino de los pájaros y otras hermosas criaturas inundaban armoniosamente el bosque, mientras se celebraban fiestas y danzas entre loos árboles. Solamente había un puñado de pueblos y todos hechos formando parte del entorno forestal.
El único pueblo qué destacaba sobre los demás era Gharn-El-Dryas. Gharn-El-Dryas estaba rodeado por un caudaloso río, y al contrario qué los demás poblados no estaba muy habitado, ya que al principio fue construido para servir de fortín. Pero todo cambió con la llegada de la guerra de la Secesión. Muchos de elfos murieron bajo las ramas del bosque, enfrentados por la guerra civil. La mayoría de los pueblos fueron arrasados y abandonados, y cuando finalizó la guerra la profunda cicatriz de la muerte dejaría marcados para siempre a los elfos de la colonia. Además, durante la guerra de la barba mantuvieron un duro combate contra los enanos del clan Martom, y posteriormente sufrirían a lo largo del tiempo invasiones de todas las razas, con la única excepción de los skavens. En los momentos del relato ya sólo quedaban un puñado de comunidades élficas en el bosque, ya qué todos los demás linajes se habían trasladado a Tor Amaraya o a Gharn-El-Dryas. El bosque había quedado totalmente silencioso y misteriosas criaturas aullaban por la noche. Gharn-El-Dryas se había fortificado hacia un milenio con una muralla de cinco metros de alto, una gran armería dedicada a Vaul, una pequeña torre vigía y una docena de barcos ocultos para poder en caso de emergencia evacuar a los elfos. Pero todo no tardaría en cambiar

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Aeralos se aburría soberanamente en Gharn-El-Dryas. Los elfos rechazaban silenciosamente sus desafíos, un inhabitual silencio tétrico invadía toda la pequeña fortaleza y para colmo las elfas rechazaban el qué el las calentara la cama. Pero, por fortuna, justo cuando estaba a punto de irse de aquel lugar de mala muerte, los forestales trajeron un humano completamente ebrio. Según ellos lo habían encontrado balbuceando dulces incoherencias de borracho mientras atravesaba el bosque corriendo. Cuándo Aeralos fue a interrogarlo por pura curiosidad (y para divertirse un poco) el humano se quitó el chaleco y demostró que su abultado tamaño era debido en realidad a doce botas de cerveza, que, después de probarlas "un poco" Aeralos supuso qué debía de ser cerveza enana, concretamente Wignur's XXX. Después, en tan sólo tres minutos tanto el humano cómo el elfo ya se habían emborrachado y ahora cantaban blasfemas canciones sobre una elfa, un enano y dos caballos.

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-Bueno, ya hemos llegado.
Yvninn se asomó desde la colina con su hermano Athriel y los fétidos aprendices humanos detrás suya. La verdad era qué la Tumba de los Caídos era uno de los cementerios más impresionantes de Yvresse con mucha razón. Miles de tumbas élficas fusionadas en parte con la hierba se extendían a lo largo de un claro del bosque inmenso. Muchos mausoleos estaban dispersos entre las tumbas, cómo los grandes edificios de un pueblo. Las tumbas estaban distribuidas de manera similar a la de una ciudad, con un mausoleo gigantesco y majestuoso, donde se enterraban a los príncipes de Tor Amaraya. Una cadena de monolitos de pequeño tamaño protegía a la Tumba de los Caídos de las fuerzas malignas.
-Esto es nuevo. No estaba aquí la última vez que estuve en Ulthuan.
-No lo recuerdas porque fue construido en los tiempos de Bel-Hathor. Los elfos de aquí habían librado muchas batallas contra los elfos oscuros, los siervos del caos y hasta con los enanos del clan Martom. Muchos elfos habían muerto en los campos de batalla, y todo tipo de depredadores y carroñeros se alimentaban de los muertos, por lo que los elfos, amargados por la guerra, decidieron dar sepultura a los caídos del presente, del pasado y del futuro qué habían muerto batallando por el rey fénix. En verdad llegamos en hora muy aciaga para los defensores de Ulthuan. Hace no más de medio siglo qué los goblins invadieron el lugar, por lo que ahora hay una gran cantidad de muertos esperando ser levantados por la magia de un vampiro para volver a batallar una vez más.
-¿Cómo sabes tanto de este lugar?
-Porque no es la primera vez que vengo por este lugar. Para obtener el favor del bienamado dios Nurgle tuve primero que venir a batallar contra los extintos elfos. Aquella vez fallé, pero ahora esos malditos van a probar la ira de los renegados. Una vez qué supere las defensas mágicas de los monolitos, los muertos vendrán atraídos a tu gran poder cómo las polillas a la luz. ¡Vosotros! ¿Qué es lo qué miráis? Tenemos cosas por hacer, oh sí, por el bien de Nurgle.

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El Guardián de los lobos blancos lanzó una mirada desdeñosa desde su carro de leones al elfo enfundado qué canturreaba borracho canciones blasfemas sobre una elfa, un enano y dos caballos. Le señalo el mendigo a Yvlerion, el mago procedente de Cracia, y este los ignoró soberanamente y dedicó una larga mirada a la luna y después al pequeño palacio qué el príncipe Fethlorgar le había proporcionado para su pequeña visita. El guardián agachó la cabeza mientras pensaba en política. El señor de Yvlerion no buscaba solo ayudar a defender Tor Amaraya con su ayuda para rechazar a los invasores, sino qué también extender su influencia a otras zonas. Evidentemente el príncipe Fethlorgar sabía lo que tramaba, pero como no podia rechazar la ayuda, había pedido que recibiera a una embajada de Cracia para negociar. Pasara lo qué pasara, a Yvrelion y sus guardaespaldas de leones blancos no rechazarían la oferta de una estancia a largo plazo en aquel extenso bosque sin ningún leñador. Los únicos inquietos eran los tres leones blancos del carro, qué miraban los alrededores alertas y soltando algún que otro gruñido, como si presintiesen que iba a pasar algo gordo. Y sinceramente, sus “amos” pensaban lo mismo.

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¿Qué hacía ahí? ¿Porqué? ¿Quién era? ¿Donde estaba? ¿Por qué se sentía algo vacío de alma? ¿Porqué tenía ganas de matar todo lo que se encontrase? ¿Por qué esa elfa lo miraba con horror? ¿Porqué tenía un mutante medio rata medio hombre en la mano? ¿De quién era el rastro qué seguía en las tinieblas? ¿Por qué no lograba acordarse de nada?

Acababa hacia unas pocas horas de salir nadando del barco no muerto hundido. Porqué su padre lo había dejado en su frenesí encadenado en la bodega paa que no se escapase. Elthonfiel, un elfo vampiro con más de tres milenios de edad. En los bosques de Tor Amaraya, a apenas dos o tres millas de Gharn-El-Dryas. Por qué no había logrado controlar su maldición del todo. Porque una de las pocas salvaciones qué podía tener era convertirse en una mezcla de Varghulf y elfo lobo salvaje. Porqué estaba a punto de devorarla literalmente. Porqué se había encontrado con una pequeña avanzadilla skaven en el bosque. De su padre, Yvninn. Porqué no podía.

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Un grito de horror cruzó todo el bosque, provocó una reacción en cadena.
A apenas dos o tres millas del lugar, en una pequeña fortaleza élfica, un elfo embozado dejo sus canturreras de borracho para mirar con desafío la oscuridad y acto segido poner mano sobre su espada
Otro elfo cubierto de pieles de león se bajó de su carro y ordeno a sus camaradas preparar las hachas
Un mago elfo se daba cuenta de que estaba habiendo una alteración en los vientos de la magia
Medio pueblo salía de sus casas para contemplar un tanto supersticiosamente a la luna
Un humano miraba una bota vacía de cerveza algo sorprendido y se preguntaba si no se estaría pasando un poco con eso de pensar
A apenas una milla del pueblo, en un majestuoso cementerio, Un elfo vestido de harapos pestilentes contemplaba con satisfacción cómo las energías protectoras de unos monolitos desaparecían
Un elfo amargado con un parche en el ojo miraba las sombras, recordando a su olvidado hijo, mientras orquestaba una táctica

El enemigo mas peligroso no es el orco que esta vociferando allá a lo lejos, no, es el skaven que esta detrás tuya.

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10 años 8 meses antes #44806 por Ragnar
Hola! En primer lugar agradecerte el pedazo curro que te has tenido que dar con este relato, aún siendo tan largo (lo que considero como un gran mérito) has sabido mantener la tensión y el resultado engancha en su inmensa mayoría.

Sí he de decir que flojea un poco, a mi parecer..., la parte del barco de los borrachos, salvo que le metas protagonismo al capitán, no le veo mucho sentido, dicho lo cual, luego te vuelve a enganchar igualmente..;)

En definitiva, me ha gustado mucho y espero que lo continúes pronto!

PD. Karma al canto que te lo has merecido! B)

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10 años 8 meses antes #44807 por garrak
El mago miro al supuesto noble un tanto sorprendido. Finalmente el cristal se iluminó levemente y hizo un gesto de afirmación con la cabeza. El elfo dio media vuelta esperanzado hacia las murallas, donde se estaban preparando las defensas apresuradamente. El mago hizo el mismo gesto de afirmación con sus guardaespaldas y estos asintieron también de la misma manera. Aeralos, un tanto confundido, se dirigió al mago:
-Ey, tu, el de la vara
“El de la vara” se encaró a él, un tanto cansado, y le recibió con impasibilidad su mirada interrogativa.
-¿Qué es lo que quieres, Aeralos el desterrado?
Aeralos se detuvo, mirandolo con una mirada aún más interrogativa y un toque de amenaza que hizo que el jefe de los leones caminara para ponerse al lado del mago. El mago hizo un gesto con las manos apenas apreciable y el jefe de los leones volvió con sus camaradas, un tanto alerta a la conversación. Aeralos retiró la mano del pomo de su espada y siguió preguntando.
-¿Sabes contra lo que nos enfrentamos?
-No, no lo sé con certeza. Puedo percibir en estos momentos varios focos de energía maligna, uno en las montañas, otro por el bosque y otro muy cerca de aquí.
-¿No será de fuentes muy muy muy malignas?
-Si, tiene además cierta similitud con un foco de magia élfica.
-Pues solo pueden ser no muertos.
-¿Porqué?
-¿No notas qué en nuestra dirección sopla un viento gélido como las brisas invernales? ¿No notas qué en la dirección de esa fuerza hay un halo de energía sepulcral? Al principio creía qué era por este lugar de mala muerte, pero ahora ya se qué es por otros motivos…
-Pues entonces estamos perdidos.
-¿Porqué?
-Porque muy probablemente el general haya despertado a la no muerte a los miles de muertos que hay enterrados en un cementerio de la zona. ¿Se te ocurre algo? Si son no muertos solo nos quedaría la opción de huir en los veleros ocultos…
-¡Jamás! ¡Yo nunca huyo ante una buena pelea! Nos quedaremos a pelear como homb… digo elfos. Pero bastantes muertes de inocentes ha habido en mi vida. Solo hay una alternativa. Precisamente en mi última visita robe a un mago los pergaminos de la perdición. Son mucho más eficaces que los de dispersión, ya que anulan TODA la energía mágica qué haya e cinco millas a la redonda. Lo único malo es que tarda dos horas en recargarse. Así que cómo yo soy mejor que tú, aquí te dejo el pergamino mientras yo me voy a dirigir la operación distracción.
Antes de que el mago pudiese decir nada, Aeralos ya se había ido junto a las líneas, gritando a los cuatro vientos que les enseñaría a pelear de verdad.

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La batalla empezó casi una hora más tarde. Mientras Yvlerion recargaba el pergamino de la perdición Aeralos había suplantado al noble del fortín sin miramientos, dando a los elfos varias tácticas para aprovechar la inferioridad numérica. Cuándo los primeros esqueletos surgieron del bosque los elfos ya tenían los arcos tensados. La horda no muerta era lo más inmensa posible, ya qué Gharn-El-Dryas iba a tener qué batallar con todos los no muertos qué habían ido entrrando, muchos de los cuales tenían hasta cuatro milenios de antigüedad. En el centro de la horda podía verse a un elfo de tez pálida, acompañado por unos humanos y todos ellos con las pústulas, granos y enfermedades cracterísticos de los seguidores de Nurgle.

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Aeralos observó a sus ahora más confiados “aprendices”. Todos tenían el brillo de la arrogancia en sus ojos y todos pensaban en lo más hondo de sus corazones si Aeralos sería un traidor a la raza élfica. Aeralos suspiró y miró la puerta por vigésima vez. La mujer elfa a la qué había intentado cortejar antes varias veces tenía instrucciones de abrir la puerta en cuánto los esqueletos pusieran un pie sobre el puente. Echó una ligera mirada hacia las murallas y vio que los arqueros y lanzavirotes habían empezado a disparar. Aeralos pronunció entre dientes una maldición qué hizo qué las flechas se tornaran rojas. Eso conseguiría qué ningun arquero fallara el blanco y qué hasta el más fornido gigante tendría qué ponerse a cubierto para no acabar acribillado. Veinte minutos estuvo esperando plantado delante de la falange élfica. Sabía que en cuanto cruzaran el puente la puerta se cerraría y el puente se levaría, por lo qué una vez fuera no habría marcha atrás. Aeralos reaccionó de pronto, ya qué la elfa buenorra le había hecho la señal. Le hizo un pequeño guiño que hizo que se sonrojara tímida, y acto seguido el desterrado sacó de su vaina la espada, pensando feliz en que esa noche iba a hacer el amor.
La puerta se abrió y Aeralos pudo ver lo que quedaba de la vanguardia enemiga. Casi todos los muertos llevaban ropas élficas y armaduras oxidadas. Los elfos de su falange hicieron un gesto de asco al ver los gusanos mancillando el cuerpo de sus antepasados y Aeralos supo qué lo segurían hasta el final. Se adelantó, con la espada en vilo, y le cortó el cuello a un muerto qué llevaba viejas ropas de príncipe. Otro qué estaba detrás alzó su lanza, pero Aeralos rápidamente la esquivó y devolvió la muerte a otros cuatro esqueletos más. Aeralos pudo observar qué aquellos no muertos eran más rápidos de lo normal, por lo qué susurró entre las sombras a los lanceros que tuvieran cuidado Estos ya habían empezado a acometer contra los huesos de sus antepasados, corriendo en pos de su nuevo líder. Este último alzo la espada y la volvió a cargar contra los que nunca debieron de salir de sus tumbas, consiguiendo qué todos los elfos vivos cruzaran el puente para qué acto seguido la puerta se cerrara y el puente se levara. Ahora si qué le gustaba el pueblo. Bueno, todavía tenía qué hacer el amor, y pensó que si terminaba rápido la batalla a lo mejo cumpliría ese cometido, pero una lanza podrida lo despertó de sus ensimismentos cuándo casi se clavó en un resquicio de la armadura.

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Yvninn estaba que no cabía en sí de gozo. Su plan era tan bueno qué ni siquiera los elfos se lo habían imaginado, ni siquiera remotamente. No en vano había cogido a una cuarta parte de su ejército, desde luego qué no. Podía ver a los espíritus de los difuntos recorriendo el oscuro cielo estrellado, intentando robar el alma a cualquier elfo despistado. Cómo muchos de los elfos muertos habían sido otrora veteranos en asedios, estos estaban trepando por la pequeña muralla, buscando algún vivo al que quitarle la vida. Yvninn terminó de trepar por la muralla y se asomó desde las almenas no defendidas. Pudo ver que Athriel había seguido sus instrucciones de atacar en un mismo lugar para concentrar las fuerzas élficas en un mismo sitio. Saltó desde las almenas, aterrizando en el suelo de manera similar a un murciélago. Ordeno a los esqueletos avanzar por las calles, pero entonces se fijo en que tenía en su pierna una flecha de leñador clavada. Estaba a punto de reaccionar cuando vio surgir de entre las brumas una esfera azul de poca potencia, que ni siquiera lo despeinó. Pero acto seguido unos pocos lanceros acompañados por unos elfos con pieles y hachas. Una vez qué el combate empezó, Yvninn pudo ver qué los elfos de capas eran mucho más eficaces, ya que destrozaron con sus hachas a casi toda la vanguardia, pero esto no hizo más que hacerle encogerse un poco los hombros, ya qué a su paso los muertos se levantaban para volver a combatir. Yvninn sujeto una hacha que estaba a punto de decapitarle con la mano y le clavó la espada al portador. Mientras, otro elfo alzaba su hacha, pero hizo una X en el aire que hizo que le cortara la oreja a uno, a otro le rajara la cabeza por la mitad y le dejara sin una pierna y a un elfo del centro se le quedaba “dibujada” en el cuerpo una X ensangrentada con su propia sangre. Yvninn pisoteó la cabeza de un elfo que estaba a punto de levantarse. Mientras combatía y lanzaba tajos a diestro y siniestro, pudo oír un rugido de tres leones en el fondo de la calle.

Solo cuando estuvo a veinte metros pudo distinguir a un carro élfico tirado por tres leones qué iba directo a él. Yvninn corrió entre los contrincantes hacia el carro, rugiendo tambien. El impacto fue muy duro. Yvninn se escurrió entre los leones soltando algun espadazo a estos, y se subió al carro. Los aurigas tardaron un poco en reaccionar, tiempo que aprovecho para tirar al suelo a uno y romperle el hacha a otro. Justo cuando otro elfo de capas del carro alzó su lanza Yvninn saltó a los lomos de uno de los leones. El león rugió al cielo, desesperado por no poder hacer nada, mientras Yvninn esquivaba los zarpazos de otro león y las estocadas de el auriga con lanza. Finalmente logró clavarle la espada al león, que cayó estrepitosamente al suelo muerto, volcando al carro. Yvninn aprovechó la confusión para clavarle la espada a uno de los leones en la frente y decapitar a uno de los dos aurigas restantes, al que le había partido el hacha. El elfo con lanza intentó clavarsela, pero Yvninn tiró de la lanza, haciendo qué el elfo cayera al suelo víctima de su inferior fuerza, para acto seguido ser apuñalado por la espalda. Yvninn miró alrededor de la batalla y antes de que pudiese hacer nada el león que quedaba se le abalanzó encima, intentando morderle el cuello y clavando sus uñas afiladas en los hombros del semivampiro. Yvninn, al habérsele caído la espada mordió al león la lengua, arrancándole la mitad. Escupió la lengua y se levantó aprovechando qué el león se alejaba un poco rugiendo al cielo estrellado. Yvninn cogió la espada, justo antes de que el león furioso e diera un zarpazo en un hombro. Yvninn intentó volverse, pero el león lo tumbó de nuevo al suelo. Pero justo cuando el león saltó para intentar darle el zarpazo definitivo Yvninn se reincorporó a la velocidad del relámpago y metio la espada en el vientre blanco, haciendo que ambos cayeran al suelo por el impacto. Finalmente el animal soltó un último rugido antes de morir mientras Yvninn se alzaba triunfante y ensangrentado sobre el campo de la batalla. Una vez se hubo levantado Yvninn pensó que ya iba siendo hora de buscar al líder de los elfos de pieles, cuándo notó qué alguien estaba invocando un hechizo. Rápidamente atravesó las líneas élficas rumbo hacia el supuesto mago.

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Aeralos hizo un barrido con su espada que partió huesos por todas partes. Posteriormente se adelantó por enésima vez a los intentos de las lanzas viejas de matarle y repartió mas tajos en llos puntos donde las armaduras oxidadas poco podían hacer. Los no muertos intentaron hacer una barrera con sus lanzas para impedirle su implacable avance, pero hizo otro barrido qué rompió las lanzas y otro tercero qué mató a los portadores. Alzo la espada al cielo, cómo si pretendiese hacerse un retrato heroico y echo un vistazo a sus “aprendices”. Iban algo más retrasados, pero su muralla de escudos y lanzas también avanzaba implacable, destrozando una y otra vez a los viejos huesos de sus antepasados, qué lo único qué hacían era estrellarse contra tan sólida defensa cómo el mar choca contra las impávidas rocas. Pero al igual que el mar, la interminable horda de difuntos mataba a algún elfo con cada ataque y sólo era cuestión de tiempo el qué los elfos no se dieran a vasto para cubrir todos los huecos. Es más, cada vez los huecos aumentaban en número, pero a pesar de todos esos deslices Aeralos se sintió orgulloso de sus guerreros y pensó que si seguía así a lo mejor un día podría volver a Hoeth cómo un triunfador y no cómo el elfo avergonzado que se fue. Este pensamiento le dio tantos ánimos cómo cuando hizo el amor con la última princesa o cuándo derrotó en honroso duelo al último príncipe qué sabía combatir de verdad. Además también pensó que, lamentablemente el mago se llevaría protagonismo que le correspondía por legitimidad, pero le quitó importancia cuándo invocó un águila de fuego para arrasar las líneas no muertas y frenar un poco el próximo ataque. Cuándo dirigió la vista a las murallas vio cómo se estaba librando un sangriento combate entre los arqueros, los centinelas y unos no muertos qué parecían haberse infiltrado por una zona del fortín no defendida. Sorprendido se dio cuenta de que estaba viendo una pequeña visión del futuro desgraciadamente próximo. Entonces supuso qué el resto estaría avanzando por las calles, lo cual arruinaría por completo sus planes, por lo qué mandó un mensaje telepático al mago informándole del peligro, el cual le respondió diciendo que no se preocupara. Eso no le tranquilizo, pero al fin y al cabo el no iba a estar ahí, por lo qué cerró la comunicación y decidió buscar al no muerto de Nurgle que vio antes.

Unos minutos de combates con ambas líneas intercambiando por igual lanzazos y los elfos continuando su avance Aeralos por fin lo vio, escoltado por unos antiguos espaderos de Hoeth. Curiosamente la procedencia de la guardia hizo que cargara furioso contra los elfos no muertos y su repugnante líder, acompañado por sus “aprendices”. Al principio el impacto de las fuerzas empezó con la balanza a favor de Aeralos, ya que sus “aprendices” empezaron haciendo una carga asombrosa, destrozando con sus escudos a varios no muertos, y Aeralos en el centro decapitando no muertos sin problemas. Estos al final reaccionaron y se aprovecharon su gran y ancestral maestría para esquivar los escudos y matar elfos cómo quién presiona todo el ato una concha que al final se fractura por la presión. Aeralos vio cómo algunas de sus estocadas eran paradas con éxito, mientras los esqueletos de los guerreros se unieron al combate. Pero lo peor fue cuándo el mago no muerto empezó a usar su maligna y pestilente hechicería. Al principio intentó lanzar una bola mágica verde pálido qué Aeralos dispersó con éxito. Luego, aprovechando que Aeralos forcejeaba con uno de los espaderos el señor no muerto lanzó un viento sulfuroso qué hizo qué un puñado de elfos vivos se sumaran a las bajas. Aún así Aeralos consiguió sobreponerse a las adversidades y atrvesó las líneas de los guardaespaldas, hallándose finalmente con el pustulento general. Este miró a los lados buscando una ruta de huida, en la cual se interpuso Aeralos. Aeralos, ya un poco aburrido, alzó la espada para poner fin a todo, pero de repente notó una intromisión mental. ¡Fantasmas! Le gritaban en lo más profundo de su cerebro, impidiéndole hacer algo, y intentando arrancarle el alma literalmente. Aeralos puso todas sus fuerzas mágicas para oponerse a los fantasmas. Estos le impedían hacer cualquier cosa, pero aún así Aeralos consiguió ganar algo de terreno, mientras acumulaba magia para imponerse. Mientras libraba esta lucha mental pudo ver antes de arrodillarse y llevarse las manos a las sienes cómo sus “aprendices” iban cayendo o huyendo desesperados frente a este nuevo enemigo, y los camaradas a los cuales no les habían atacado mentalmente ya tenían serios problemas contra los ahora superiores esqueletos. Aeralos no se rindió a la desesperanza pese a las malísimas circunstancias y acometió mentalmente con todas sus fuerzas. Mientras libraba desesperado su batalla mental y mágica un esqueleto con hacha se le fue acercando amenazador.


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Squeweel reunió los vientos de la magia cada vez más amenazadoramente. Para no despertar sospechas entre los demás videntes sólo se había tomado tres fragmentitos de piedra bruja, lo cual habia hecho que tardara tiempo en reunir la energía y ahora ya estaba listo. Con una sonrisa en el morro lanzo el letalísimo ataque mental que mataría a Skabscror sin dejar rastro. Pero justo cuando señalaba simuladamente a Skabscror notó qué un contrahechizo de las cosas elfas dispersaba el hechizo insultantemente fácil. Squeweel se llevó desesperado una garra a la cara y se escurrió entre las sombras.

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Yvninn observó desesperado cómo después de qué el mago soltara una terrible descarga sobre sus muertos estos iban descomponiéndose a velocidad alarmante, mientras los elfos mataban cómodamente a los que todavía no habían sido invocados. Por unos momentos pudo notar cómo felizmente la maldición desaparecía, pero al rato volvió, provocándole un nuevo ataque fantasmal qué hizo que huyera lo máss rápido posible antes de que los elfos aprovecharan su debilidad. Pero juro que volvería en un futuro.

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Aeralos se levantó aliviado de que el ataque fantasmal cesara. Vio cómo después de la exitosa invocación por parte del mago y antes de lo previsto todos los muertos iban descomponiéndose. Lamentablemente ya sólo quedaban unos doce “aprendices”, pero aun así había valido la pena. Cogió el hacha del muerto de antes mientras buscaba con la mirada al seguidor de Nurgle, pero este había desaparecido como alma que lleva el diablo. No importaba. Ahora iba a tener el polvo de su vida.

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Skabscror se encaramó desafiante desde la roca. Había visto (bueno, había ordenado a VistaLarga que viera) cómo iba avanzando la batalla entre las cosas elficas y las cosas muertas. Torturador rugió desde el suelo impaciente por comer algo y mirando hambrientamente a uno de los guardias albinos. Temeroso de represalias del consejo de los trece Skabscror le señalo cansado a un guerrero, qué después de eso solo tardaría medio segundo más en estar entre los vivos. Antes habían librado una exitosa baalla contra las cosas elficas del bosque, batalla que se habia tornado en victoria absoluta después de la intervención del clan Eshin. Después sus avanzadillas le comunicaron que habían tenido encuentros con cosas muertas que iban hacia una fortaleza de cosas elfas. Skabscror ordenó después a las tropas que esperaran a su señal. Y ahora apenas quedaban cosas elfas y las cosas muertas ya no existían, por lo que Skabscror señalo con su dedo a la fortaleza de las cosas elfas, haciendo que hasta las ramas temblasen bajo el paso de su gran horda. Después pudo notar una punzada de dolor provocada por el veneno. Skabscror miró algo asustado la cicatriz, ya que antes el dolor era muy agudo. Iban a tener que darse mucha prisa si querría curarse…

CAPÍTULO VII:TRAMAS EN LAS SOMBRAS


Diario de Sigismund del Imperio. Día (?): Estoy completamente confuso. Hace unas cinco horas que me he levantado y todavía sigo teniendo una de las diez peores resacas de mi vida. Apenas puedo hablar y ya me cuesta seguir escribiendo en este diario, pero haré un esfuerzo. Cuando me levante me encontré en el camarote de un barco. Olía todo muy bien y además todo era también muy elegante. Pero cuándo salí a cubierta a tomar un poco de aire…bueno, pues digamos que he visto entierros más alegres. Estos elfos son todavía más amargados que los comerciantes que vienen al castillo desde Ulthuan. Nadie me ha dicho nada, el único elfo que ha venido a verme ha sido un elfo embozado en capa y máscara preguntándome si me quedaba más cerveza. Lamentablemente ya no me queda nada, al parecer ser lo gaste todo el otro día. Para relajarme un poco he leído la última anotación del diario y… ¡que Sigmar nos proteja¡ ¡He bebido de la Wignur’s XXX! Lo tenía reservado para celebrar una fiesta con los lagartos… En todo caso tampoco se cómo he llegado aquí ni qué le ha pasado a mi tripulación. Lo único qué sé es que voy a…
(Media página manchada de vómito)
¡Maldita sea! Si tuviera una buena jarra de cerveza…

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Si hubiera un ranking de las cinco ciudades de Tor Yvvresse mejor defendidas, seguro que Athel Amaraya estaría en él. Era una magnífica ciudad. La muralla principal, que se alzaba imponente sobre las llanuras, cercaba completamente la ciudad y solo se podía acceder a través de una serie de pasadizos secretos qué sólo un puñado de elfos conocían o a través la gran puerta con forma de cono y plateada que era custodiada en todo momento y podía resistir casi tanto cómo las blancas y azules murallas. El resto de la ciudad ya estaba hecha con fines un poco más artísticos. Un gran número de minaretes, ciudadelas y pequeñas torres se alzaban por encima de las hermosas casas elfas. A pesar de los amargos tiempos por los qué pasaba Tor Yvresse, siempre acudían a la ciudad trovadores y comerciantes de toda Ulthuan. Aún así todavía había más murallas y refugios para esconderse, además de qué si el enemigo no conocía bien el entramado de callejuelas de la ciudad estaría en una seria desventaja, ya que los caminos de mármol se dividían en tres o cuatro direcciones más a cada paso qué dabas. En casos de emergencia también podían crearse barricadas improvisadas en las plazas qué había dispersas. En la ciudad había tres sitos principales:
La Plaza del Guardián, una gran plaza delante de las puertas de la ciudad en forma de óvalo, en cuyo centro estaba una estatua de un antiguo héroe elfo que ayudó a rechazar el avance imparable de los enanos del clan Martom y qué todavía tenía un arco de piedra y una flecha apuntando al cielo, cómo si todavía estuviese vivo.
La Cúpula de los Sanadores, una gran estructura en forma de cúpula qué se hallaba en la penúltima línea de defensas de la ciudad, enfrente de un hermoso y pequeño lago. El edificio en sí no destacaba mucho sobre los demás, lo único que hacía que el viajero observador se fijara en el eran la gran cantidad de minaretes qué había alrededor de la zona qué ocupaba y su forma de cúpula. Además el templo está totalmente dedicado a Isha, por lo qué hay una gran cantidad e sanadores y sanadoras, además de qué el lago tiene cualidades curativas y es en una de las salas donde reside el Gran Mago de Athel Amaraya y también donde entrena a los nuevos aprendices de mago.
El último emplazamiento más importante de Athel Amaraya era el Palacio de los Panteones Estrellados. Visto desde lejos el palacio guardaba grandes parecidos con los palacios humanos, con un jardín laberíntico, puertas de mármol, cúpulas que se elevaban al cielo, ventanas estrechas, guardias (en concreto la guardia del fénix) patrullando los alrededores, un establo donde los corceles de los elfos venían a descansar…pero todo cambiaba cuándo entrabas por la puerta amarmolada repleta de adornos. Las paredes estaban pintadas por grandes artistas de épocas más felices, los espejos abundaban por doquier, las gemas relucían en las salas, por las ventanas entraba un viento fresco y cálido al mismo tiempo qué hacía al viajero sentirse cómo en su casa, sobre todo cuando habían habitaciones donde el viajero podía reposar. La única zona prohibida era la habitación del Príncipe de Amaraya, vigilada en todo momento por dos silenciosos guardias.
Por último, y sin dejar por ello de resultar magnífico y hermoso, la fortaleza se erguía imponente sobre una amplia llanura de hierba verde chillona. Normalmente esta pradera estaba vacía, pero eso no tardaría en cambiar…

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Dolía. Y dolía mucho, pero a pesar de que hasta un no muerto cómo él podía sentir su propia arma incendiaria explotante abrasándole la piel, torturándole el alma y hasta regurgitando en su cerebro, quería más. Ya estaba harto de esperar, buscando remedio a su maldición. Ya estaba harto de ser un no muerto, de no sentir ya el latido de su corazón, o del sudor que atravesaba su cara, o de la mayoría de sentimientos que la maldición le había arrebatado. Ya solo quería morir. Pero su propia autotortura no lograba hacerlo. Lo único que no quería era que los skavens lo capturasen, por lo que llevaba días encaramado en un árbol, autotorturándose. Ahora ya solo pasaban inmundos skavens de vez en cuando, por lo que no había peligro. Una vez en el suelo, escuchó una voz que conocía demasiado, una voz que lo había traicionado, recordó, pero eso no le importaba ya:
-Yvninn ¿qué haces?
-¿Tú que crees,Athriel? Voy a librarme de esta maldición
-Muy bien, pero antes de que lo hagas déjame hacerte una propuesta.
-…………………..Te escucho
-Cómo bien sabes, yo ya no tengo que sufrir los condenados efectos de nuestra maldita dinastía, ya qué hace tiempo el Todopoderoso Nurgle me tocó con su divina mano, y desde entonces ya no soy cómo tú. Pues, verás, yo y mis siervos hemos pensado en qué podríamos hacer un ritual en el que podemos devolverte a la normalidad con, por supuesto, la ayuda del Todopoderoso. Lo único malo es que para qué el ritual adquiera efecto, necesitamos la sangre de un maldito.
-De acuerdo. Pues empecemos.
-No, aquí no. No me gustaría tener a los skavens husmeando en mis asuntos.
Una vez dicho esto, se marchó por donde había venido junto a sus aprendices humanos. Yvninn se paró un rato a pensarlo, pero finalmente decidió seguirlos. Tal vez no lo hubiera hecho si hubiera visto a su hermano sonreír disimulada y maliciosamente.

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Skabscror sonrió enseñando todos sus dientes a la blanca luna. Todo era perfecto. Su plan de no atacar ni a las cosas muertas ni a las cosas elfas había acabado dando sus frutos. Las cosas elfas habían huido a su patética ciudad, seguramente aterrados al ver su gran poderío. Sonrió una vez más, pero esta vez a los guardias albinos qué había enviado el Consejo, y el jefe de la guardia respondió con un gruñido amenazador. Antes había estado ordenando dictaminando a los caudillos y señores de la guerra la estrategia a seguir, que por supuesto había hecho su gran intelecto skaven. Hace poco había recibido un mensaje de Squeweel, diciéndole que quería tener con él una audiencia. Skabscror no se fiaba mucho del rastrero vidente, ya qué sabía lo poco reacios qué podían ser los videntes a perder una batalla política, y además en su lista de sospechosos de querer asesinarle él era el primero. Decidió al final qué vendría, pero cuando la aguja del cronometro skaven se pusiera en el trece. Ahora además tenía cosas más importantes por hacer. Iba a hablar con el asesino skaven más famoso de aquella horda, el sigiloso Kritten del clan Eshin. Pero antes de todo eso tenía qué hablar con los maestros del clan Moulder. Pero justo cuando se dispuso a dirigirse con sus andares nerviosos hacia el laboratorio de los maestros, sintió una punzada de dolor terrible en los pulmones. Se agarró el pecho con fuerza y pensó qué se le estaba acabando el tiempo. Atacaría dentro de dos días.

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Squeweel se asomó a su piedra de vidente, escudriñando en ella cómo un avaro observa los detalles de una moneda. Estaba espiando al trece veces maldito Skabscror, qué no se cansaba de burlarse de él. El vidente no pudo evitar morderse la cola. ¡Cuántas veces más se libraría de un destino qué se merecía! ¡No era justo! Sólo un skaven de su gran intelecto podía liderar a aquella horda a la victoria, sólo el. Pero ya tenía el plan perfecto. Aún así quería ver que tramaba el insolente traidor antes de ejecutar su plan. Vio al insolente gritando nervioso a un maestro del clan Moulder. No paraba de llevarse la mano al pecho, lo cual intrigó al vidente, pero aun así tenía qué saber qué tramaban. Esnifó un saco de polvo de piedra bruja y volvió a asomarse a la piedra de vidente. Al fin pudo saber qué el hereje estaba hablando de…de una arma. Sí-sí, de una arma, un arma que parecía llamarse “el rey de las ratas”. Cada vez estaba más intrigado. Siguió intentando vislumbrar a través de la piedra y pudo ver un monstruo bípedo enorme. Le sacaba por lo menos tres cabezas a Torturador, en vez de mandíbula tenía unas tres hileras de dientes dispuestas de tal forma qué parecía qué estaba sonriendo, y tenía el pelaje totalmente blanco. Esa enorme criatura sólo podía ser el rey de las ratas. Ya tenía encargo para Kritten era su asesino más rentable.

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El jefe del consejo de sacerdotes de la plaga estaba divirtiéndose. Ya había creado una plaga qué inundaría en el nombre de la Gran Rata Cornuda toda la isla de las cosas-elfas y las enseñaría el verdadero valor de la fe hacia Su Deidad Suprema. Ya había infectado con su plaga a dos ratas esqueléticas, qué infectarían primero a los habitantes de la fortaleza e iría extendiéndose cómo el fuego por el papel. Sabía que los elfos, al contrario que los humanos, no tenían grandes capacidades de reproducción, por lo qué pensó qué si lograba infiltrar a aquellas tres huesudas ratas lograría extinguir toda una raza en unos pocos latidos. Y ahí entraba Kritten. Molkit observó con un poco de intriga al famoso asesino, que no paraba de moverse entre las sombras de la cueva. Muchas leyendas había sobre él, entre ellas qué Snikch lo había entrenado, qué había asesinado reyes, príncipes y caudillos de todas las razas, incluido una de esas ranas gordas del sur (Slann) y un dragón, qué estuvo durante un par de meses en la desconocida disformidad…Muchas eran las leyendas, y muchas las mentiras, pero Molkit pensó que el asesino seguía siendo absolutamente misterioso, con o sin leyendas. Kritten iba siempre oculto en una capa larga tan negra y siniestra cómo la noche, y ahora estaba tan bien escondido en las tinieblas qué sólo podía ver el resplandecer de sus dientes de oro. Según decía una leyenda, perdió los dientes contra el dragón, por lo que Molkit pensó que solamente alguien totalmente fiel a la Gran Rata Cornuda cómo él podría hacer esa acción. Salió de sus ensoñaciones y se dirigió al asesino:

-Lleva esto a la ciudad de las cosas-elfas-dijo ofreciéndole con la zarpa una jaula con las ratas infectadas. Antes de qué el asesino respondiese Molkit creyó ver cómo la dentadura de oro adquiría un brillo durante unos segundos.
-Ya sabes qué no trabajo gratis-dijo amenazador con una voz que se asemejaba más con el hablar viperino de las serpientes qué de la lengua skaven. Durante unos segundos se pensó el matar al skaven infiel con una de sus plagas, pero al final se dio cuenta de que no tenía ganas de volver a torturar a los mensajeros del clan Eshin. Ni tiempo. Disgustado, sacó de su túnica harapienta un saco con piedra bruja y se la arrojo. Antes siquiera de qué la bolsa alcanzase el suelo Kritten la atrapó a la velocidad del rayo. Pudo oír, a pesar de qué era medio sordo, cómo el miembro del clan Eshin abría el saco y lo miraba disgustado, penetrandole con sus ojillos rojos

-También sabrás que no solo pido eso-volvió a decir sibilinamente. El obispo tuvo que volvérselo a pensar, pero al final arrojó otro saco lleno de monedas de oros que esta vez lo cogió antes siquiera de que lo lanzase y que el obispo se diese cuenta de qué había pasado. Cada vez más disgustado le concretó por donde ir y donde dejar la apestosa rata, aprovechando el ataque de vanguardia qué haría Skabscror el siguiente día al mediodía. Molkit se volvió y pensó que ya era hora de mandar a sus garrapultas qué bombardeasen desde la retaguardia (por supuesto él y sus monjes tendrían que quedarse también en la retaguardia) a la ancestral ciudad. Mientras se dirigía a sus discípulos hizo que el portador de la plaga les leyera un pasaje del Liber Bubonicus. Tampoco iba a perderse la audiencia entre Skabscror y Squeweel…

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Skabscror miró al vidente desde su trono improvisado de un esclavo. No paraba de escudriñarlo, esperando cualquier tipo de gesto de duda qué le otorgase cierta ventaja, pero desafortunadamente lo único qué logró intuir era qué el vidente tramaba algo, aunque eso hasta un esclavo de las cosas-verdes lo podía ver. El vidente estaba además cometiendo la insensatez de no postrarse ante él. Finalmente, después de unos latidos de espera de intercambios no verbales que se hicieron eternos Skabscror le ordenó hablar
-Cómo legítimo general de este ejercito,oh sí-sí, no tienes porque ordenarme nada-nada, alimaña.
El señor de la guerra no pudo contenerse y estallo en carcajadas, sin dejar de pensar que aquel insolente mago estaba empezando a resultarle molesto
-¿cómo-cómo? Cómo superior a ti en rango, no tengo porque obedecerte, es más, el consejo de los trece me ha nombrado a MI.
A medida qué la discusión iba tomando un cariz más morboso, los caudillos y los señores de guerra que staban presentes en la concava mansión elfa observaron con interes la escena. De entre los convidados Skreek surgió molesto:
-Y como segundo al mando, que soy yo, tu no pintas nada-nada aquí. Vete con tus papiros a tu cueva.
Ahora empezaron a haber cada vez más cuchicheos entre los miembros del consejo. Skabscror le soltó por lo bajini una mirada asesina. Nadie había dicho que pudiese inmiscuirse en la conversación, lo cual le recordó a Skabscror los rumores de qué Skreek había cogido a todo un ejercito de esclavos, varios ingenieros y incluso al aprendiz de Ikit, Haw el “ingenioso”. Nadie sabía que era lo qué se traía entre manos, ya que Skreek había puesto toda una cadena de centinelas en el perímetro que impedía el paso a cualquiera. Según los rumores, una humareda de viento salía desde el escondrijo donde supuestamente estaban Skreek y su horda. Skreek no había querido decir nada al respecto, por lo que los rumores habían aumentado. Además todos los espías que enviaba desaparecían…Pero ahora habían cosas-cosas más importantes que hacer, cómo impedir qué Skreek se apuntase el tanto, pero antes de dirigirse al insolente skaven, Squeweel tuvo la osadía de hablar con voz amenazadora, interrumpiendole.
-He pensado qué cómo vamos a tener una gran victoria frente a las cosas-elfas, no tendrás inconveniente en que invoce a un señor de las alimañas para mostrar todo el poderío de nuestra raza, pero antes me preguntaba si su señor de la guerra no tendría ninguna inconveniencia.
Ahora el nivel de los cuchicheos aumentó en la sala. Todos los convidados olfatearon ansiosos el aire, esperando la respuesta de Skabscror. Menua encerrona.

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Squeweel sonrió para sus adentros. El plan era perfecto incluso para su gran intelecto skaven. Si el señor de la guerra se negaba a que dicha invocación tuviese lugar, el lo tildaría de hereje, lo encerraría en un calabozo y se autootorgaría el liderato del ejército. Y si el señor de la guerra aceptaba, muy probablemente saldría muerto, atrapado en los maquiavélicos planes del señor de las alimañas. Ya podía olfatear las mieles de la victoria. Pero justo cuando se disponía a hablar, el señor de la guerra le contestó:
-Muy-muy buena idea, vidente. Y además, cómo gran día de Su Deidad, invocarás al señor de las alimañas justo frente a las murallas del enemigo, desde tu campana, para demostrar a La Gran Cornuda nuestra entera sumisión y lealtad.
¡Maldición¡ Esa respuesta no se la esperaba. Ahora era él el que estaba metido en una encerrona, pero aún así Skabscror seguiría siendo el general, por lo que todavía tenía una oportunidad. Aceptó el reto y salió correteando hacia su cueva. Además le tenía que mandar un recado a Kritten…

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El señor de la guerra examinó al furtivo asesino. No podía evitar pensar que había visto a Kritten en algun sitio, pero ya no se acordaba de donde. Tampoco recordaba haberle hecho algún “encargo”, por lo que a lo mejor…pero tenía qué encomendarle al asesino su tarea. Ente sus tareas le mandó que asesinase a todos los centinelas que hubiesen en los túneles tanto cuando los hambrientos lanzasen su ataque al mediodía, cómo dentro de dos días, cuando se produjera el asalto a gran escala de la ciudad. Lo que le extraño fue la recompensa que tuvo que darle.Tambien le mandó una última tarea que trastocaría a Squeweel y sus planes…

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Squeweel miró nerviosamente a Kritten mientras este último se removía entre las sombras. Sabía qué sólo él podía infiltrarse en el cubil del clan Moulder y ocuparse del rey de las ratas. Lo único qué ahora le estaba poniendo nervioso era la sensación de que el asesino se burlaba de él y que tendría qué ir preparando los preparativos del ritual que invocaría al demonio. Justo cuándo le dio los dos sacitos el asesino le dio una fragancia que según él le haría sentirse alguien todopoderoso, otorgándole poderes adicionales para la invocación. Alabado, no pudo evitar echarse la fragancia, mientras el skaven de negro se escabullía con una sonrisa en su mandíbula de oro.

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Fethlorgar nunca había sido un elfo de sentimientos, ya que todo lo que hacía lo hacía sirviendo a su milenario (tenía mil doscientos años) cerebro de elfo. Ya desde nació tuvo que pelear por Ulthuan en encarnizadas batallas. Fue a la temprana edad de ciento cincuenta años cuando entro a servir cómo Guardián del Subsuelo. Estuvo durante Dos siglos y medio peleando como un desesperado en catacumbas y túneles imposibles y fue por esta época cuándo fueron forjadas en recompensa a su ardua tarea sus dos espadas rojas gemelas que a partir de entonces usaria en todas sus batallas:Ari y Irai. Cuando decidió irse de la orden, ya que su padre, un soldado de Caledor, había muerto y tenía que cumplir con su deber. Así fue cómo estuvo otros cinco siglos peleando cómo príncipe dragón de Caledor, hasta que un día le salvó la vida al rey de Athel Amaraya y este le nombró sucesor. A partir de entonces se trasladó a la ciudad, donde se enamoró de una elfa del bosque llamada Irian. Tuvieron una hija, a la que llamaron Lorgarian, y justo entonces tanto Irian cómo el rey murió, por lo que Fethlorgar subió al mando. Una vez ahí ordeno a un herrero de Vaul que le fabricara una armadura de gemas y azul y negra, qué compartía la mayoría de los aspectos con las armaduras caledonianas, incluida la forma del casco. Justo hace cien años Fethlorgar tuvo que encabezar el ejército a lomos de su dragón, Gilgriath, un dragón de Caledor con más de siete milenios de edad, contra el asalto de una horda de Grom que huía de Eltharion. Desde esa batalla Fethlorgar no había ha vuelto a pelear en serio, aunque ahora que había llegado un extrajero sería su oportunidad


Cuando el príncipe Fethlorgar de Athel Amaraya vio a la gran horda de skavens cubrir rápidamente la gran pradera mientras lanzaba al aire una serie de chillidos inteligibles a los defensores o vete a saber quien más. Al final, cómo vio que la horda no iba a asaltar la ciudad y qué habían acampado lejos del alcance de sus arcos, se dio la vuelta y volvió a la plaza. La última vez que vio a la inmunda raza fue en el siglo y medio que estuvo ejerciendo de Guardián de los Túneles, y sabía cómo enfrentarse a ellos lo suficientemente bien cómo para que estuviesen preparados. Lo único malo es que los muy puñeteros habían coincidido con el waaagh del orco Gruztag. Recorrió con la mirada la plaza, y vio cómo en el centro se hallaba Aeralos, el elfo vagabundo. Había oído hablar de él, y pensaba qué su fama le precedía. Estaba ahora enseñando a varios aprendices cómo pelear al más puro estilo de los maestros de las espadas.
Entonces recordó la historia qué le había contado Yvlerion. Después del ataque no muerto, los skavens surgieron del bosque, obligando con su número a Aeralos y sus elfos a retirarse al pueblo. Después de un rápido debate entre los qué querían irse por los barcos (Yvlerion) y los qué querían quedarse a luchar (Aeralos), al final Aeralos se inclinó por la opción de Yvlerion, ya que según el mago de Cracia en la ciudad habían rubias y un par de barriles de cerveza inútiles obtenidos después de un comercio con los enanos,lo cual era cierto, muy a pesar del príncipe. Luego las incursiones skavens se fueron sucediendo, y según muchos los principales asentamientos de los elfos de los bosques habían sido destruidos.

Aparte de los supervivientes de Gharn-El-Dryas(Incluido el humano borracho), no había mas refugiados. Ya les había hecho saber el otro día más o menos a que se enfrentaban. Ya había reunido varios consejos militares y la táctica que seguirían estaba trazada. El único problema era el laberinto interminable de pasadizos qué había en el subsuelo, y eso era algo qué no podían controlar totalmente. Ya habían enviado mensajeros a todas partes, pero sólo quedaban los elfos de la Montaña Pálida. En esa montaña había una comunidad de elfos qué vivían justo a los pies de un gigantesco nido de águilas gigantes. Pero esos elfos se negaban a negociar de ninguna manera, ya qué durante la Guerra de la Barba la alianza entre Tor Yvresse y los habitantes de Pico Pálido se rompió al matar accidentalmente el héroe de Athel Amaraya al héroe de Pico Pálido, que al ir montado en el símbolo de esos elfos, un dragón ancestral, parecíase mucho a sus primos oscuros, lo confundió. Después de eso el dragón entró en un dormitar del que lleva sin despertarse tres milenios. Así pues, las negociaciones serían duras, aunque Hraith(El Gran Mago de Athel Amaraya) le había dicho que iba a solucionar personalmente el problema.
Siguió observando a los concurrentes de la plaza y vio que su hija Lorgarian no estaba. Eso le recordó a qué dentro de una semana, a pesar de su reticencia, iba a ir a Cracia a conjuntarse con el principe Gargoder así establecer relaciones entre Tor Yvresse y Cracia. Su hija aun así se había opuesto, lo cual a el no le importo, ya que iria, quisiera o no quisiera, aunque hubiese una guerra de por medio. Batante
tenía con que cuando su amada Irian murió dejando en el mundo a una hija, justo cuando tenía que encontrar un sucesor. Al final no tendría más remedio que otorgarle ese título al principe Gargo. Al final la impaciencia lo pudo y fue a hablar con Aeralos, ya qué sus cantos de borracho con el humano, sus ofensas al pueblo, sus libertinajes y sus osadías estaban empezando a causar serios problemas.
-Aeralos-le dijo cuando tuvo al embozado elfo cara a cara-¿Que es lo que pretendes? En los dos días que llevas aquí ya has escandalizado a media ciudad…
-No se preocupe, la otra mitad también-le respondió el elfo entre carcajadas. Fethlorgar frunció el ceño.
-No quedaras impune. La familia real de Tor Yvresse lleva consintiendo tus actos demasiado tiempo…
-Pues su hija no se opuso mucho en la cama mientras soltaba orgasmos.-Eso ya era demasiado. La furia de Fethlorgar ya había llegado a su límite de golpe. Buscó otra vez a su hija para interrogarla con la mirada, pero seguía sin estar ahí. Aquel elfo estaba siendo muy insolente y ya no le quedaba otra alternativa
-Eres un hereje. No mereces estar aquí de ninguna de las maneras. Tendrías que volver con tus hermanos de Naggaroth,*****************(retahíla de insultos elfos que podrían traumatizar al lector)-El príncipe lo miró con cara de indignado, y el vagabundo calló y le dedicó la misma mirada. Al final, furioso, Fethlorgar cogió su guante izquierdo y se lo lanzó al aire-Te desafío.-Aquella era una tradición elfa que tenía raíces en la guerra de la Secesión. El desafío era fácil. Si el desafiado cogía el guante y lo volvía a lanzar, aceptaba un desafío sin juego sucio de muerte u honor, pero si el desafiado lo dejaba caer al suelo, tendría que alejarse del desafiador lo máximo posible hasta que restaurara su honor con un desafío o cualquier hazaña de cualquier tipo. Pero Aeralos era un tipo con agallas, y además lo habían insultado y humillado, así que por su honor cogió el guante y se lo devolvió al príncipe:

-Acepto tu desafío

No se escuchó nada, ningún gesto o susurro, simplemente había acudido de repente a la plaza un gran número de elfos. Nadie quería perderse el duelo. Todo el mundo pensaba en una victoria fácil del príncipe, pero la fama de Aeralos le precedía demasiado. Incluso el humano en su refinado calabozo (lo habían encerrado al no saber nadie sus propósitos) calló, sabiendo que algo gordo estaba pasando. Si la impaciencia matara, entonces hasta los skavens de fuera de las murallas habrían muerto ya. Los dos desafiadores se quitaron sus capas, dejando relucir sus armaduras. La armadura de Fethlorgar era azul marino, repleta de joyas preciosas y con un casco con forma de dragón, mientras qué, aunque la armadura de Aeralos estaba deslucida, no dejaba de tener algo misterioso que la hacía parecer igual de hermosa y letal. Aeralos desenvainó su arma pesada lentamente, mientras que Fethlorgar sacó sus espadas gemelas al unísono (Nota del autor: cómo en las pelis). Antes de combatir ambos adversarios intercambiaron una mirada profunda y ardiente. Ambos avanzaron un par de pequeños pasos, y al final, rápidamente empezó el combate. Los primeros toques fueron simplemente toques de advertencia, que les permitieron a los dos calibrar las aptitudes de cada uno. Luego, después de comprobar que aquel sería un duro combate, Aeralos inclinó su espada, empezando el combate de verdad. Ambos intercambiaron estoques a una velocidad tan asombrosa que ni los elfos presentes lograban seguir de verdad. Aeralos, aunque necesitaba las dos manos para manejar su espada, se las arreglaba para no dejar de ser rápido, mientras Fethlorgar se intentaba aprovechar del menor peso de sus espadas, pero aún así el combate seguía siendo sistemáticamente equilibrado.

Aunque el noble fuera más rápido que el embozado sabía que no podía permitirse el dejarse ser golpeado por la mortífera arma, ni siquiera un roce, así que el combate estaba en realidad en un equilibrio qué podía inclinarse para cualquiera de los combatientes con igual facilidad. Fue entonces cuando el duelo alcanzó su clímax. Cada vez los golpes eran más rápidos y precisos y ahora era un auténtico baile que parecía haber estado sincronizado con años de antelación. Era tan rápido que ya sólo los elfos más veteranos podían seguir el combate, y lo hacían a duras penas, ya que los dos contendientes luchaban con la furia de los indignados sin proferir ninguna palabra más que el continuo choque de las tres espadas, que arrojaban alguna que otra chispa al suelo con su batir. Los ataques, contraataques, defensas, contragolpes, fintas y otras florituras del arte de esgrimir una espada estaban a la orden del día. Todo el mundo contenía la respiración, ya que lo que esparaban qué sería una pelea fácil se estaba tornando en uno de los duelos más largos y cruentos de la historia de Ulthuan (y de los elfos en general). Ya nadie sabía porque bando decantarse, y la pregunta que también era igual de acuciante era si seguirían así cuando les invadieran los hombres rata, ya que no eran solo de las espadas las chispas.

Tampoco lo sabían los duelistas, que ya se estaban preguntando hasta que punto llevarían el combate, ya qué la indignación de ambos rivales era ya de lo más siniestra. Pero procedente de las calles estrechas salió un elfo ensangrentado que miraba a su alrededor confuso. Cúando uno de los centinelas le interrogó el elfo le dio en silencio la respuesta. En seguida la cara de asombro del elfo se acentuó, y fue corriendo a hablar con los indignados:
-¡Señor,señor¡ los skavens nos estan invadieno a través de los túneles. Llegaran dentro de cinco minutos. Ninguno de los dos le hizo caso al principio, pero al final el príncipe solicitó con un gesto al mago que debían de parar ya, ya que ahora tenían un enemigo común. Con otro gesto el elfo asentió y decidieron liderar juntos la improvisada defensa que se iba a producir delante del túnel contra los hombres rata. El elfo herido accedió a guiarles, hasta que llegaron junto a la milicia reunida a un túnel improvisado. El mismo elfo les dijo que muy probablemente no sería el único punto de ataque de los hombres rata. Cuándo el elfo les contó su historia la incredulidad fue máxima. Según el al principio todos los centinelas empezaron a desaparecer en los pasadizos misteriosamente, hasta que oyeron el repiquetear de un correteo en los pasillos y unos chillidos salvajes. Los supervivientes se quedaron para ganar el tiempo suficiente cómo para que escapara y avisara a los demás. Y así fue. Sin más dilación el príncipe ordenó a los lanceros que formaran una falange en la entrada para tapar el cuello de botella y ordenó cubrir los demás túneles, sin dejar indefensas las murallas. Dos minutos estuvieron esperando silenciosamente a los hombres rata, hasta que oyeron sus típicos chillidos infernales, aunque estos en concreto sonaban más a un perro rabioso. Los elfos aguardaron hasta que pudieron ver a los hombres rata salir de la oscuridad. Entonces los arqueros dispararon, y con la ayuda de un hechizo de Aeralos todas las flechas encontraron un objetivo. Luego, mientras los hombres rata trepaban rabiosos con espumarajos saliéndoles por la boca Aeralos soltó gracias a un hechizo una niebla negra que los entetendría lo suficiente cómo para que pudiesen cargar contra los hombres rata. Fethlorgar y Aeralos se hallaban al frente cercenando miembros a los hombres rata, pero estos se lanzaban desesperados a por los elfos, intentando arañarles, morderles o hacerles daño de todas las maneras posibles. Al principio sólo Fethlorgar y Aeralos resistieron al primer embite, pero cuando la segunda oleada se aproximó los elfos acometieron, intentando hacerles retroceder. De vez en cuando alguno de los rabiosos se escapaba de las filas élficas para buscar alimento en la ciudad. Pero aún así los elfos, dirigidos por los indignados resistían, haciendo que su silencio implacable contrastara enormemente con los rabiosos chillidos infernales de los “hambrientos”.

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Lorgarian se sentía sola. Bueno, en realidad llevaba sintiéndose sola desde que su madre murió, pero ahora se sentía más sola qué nunca. Su padre no la comprendía. Aunque siempre la trataba bien, sabía que en realidad no la comprendía. Para empezar su padre no vio con buenos ojos el que Lorgarian se convirtiera en una principe dragona de Caledor, cómo él, Ni tampoco el que su hija se prestara cómo sucesora suyo. Tampoco comprendía el que su corazón no pertenecía al arrogante príncipe Gargo de Cracia, no, su amor residía en otra parte. Justo ahora su amado Hraith acababa de salir de la Cúpula de los Sanadores. Ella corrió hacia él y se fundieron en un ardiente beso. Después de eso Hraith le dijo cómo llevaba diciéndola desde que Hraith llegó de Pico Pálido hace diez años y se enamoraron mutuamente que se controlara, no les fueran a pillar, ya que ahora el rey quería que los amores de Lorgarian fuesen por otros derroteros. Ambos habían tenido que llevar su amor en secreto, ya qué a los magos de Hoeth no se les permitía (Nota del autor: los elfos se casan?) casarse hasta que tuvieran experiencia suficiente, y aunque Hraith ya era un Alto Mago de Hoeth, tenía que completar sus inacabados estudios, pero ella suponía que a pesar de su joven edad su amado podía con todo. Luego el elfo la miró con gesto de preocupación:
-¿Te ha tratado mal Aeralos?
Ella desvió entonces la mirada, todavía disgustada por el plan que tuvieron que ejecutar la noche pasada, ya que para apartar las sospechas de Hraith ella se acostó con Aeralos, aunque este conocía el plan y había consentido en no revelarle a nadie el secreto. Ella le contó todo, procurando no meterse en detalles incómodos. Él se relajó enseguida, pero entonces se oyó una serie de chillidos muy cerca de donde estaban. Hraith frunció el ceño preocupado, mirando primero a la zona de donde provenían los gritos y después miró a un callejón abandonado. Frunció todavía más el ceño y se dirigió con semblante preocupado hacia Lorgarian.

-Nos atacan por todas partes, skavens, creo. Pero es una simple distracción. El verdadero peligro se halla en ese callejón-fijo señalandolo.
Lorgarian miró con gesto decidido el callejón, confiando en las premoniciones del mago, escudriñando su oscuridad y pudo oír un chillidito apenas inaudible de rata. Luego se dirigió a Hraith
-Te necesitan. Necesitan tus dotes curativas en otra parte. Yo me enfrentaré al peligro…sola


Aquello pilló a Hraith con la guardia baja. Sopesó durante unos segundos qué hacer. Era obvio qué lo necesitaban, y ya estaban empezando a cruzar el aire grtos de elfos, así qué al final tuvo que resignarse.
-De acuerdo, pero por favor ten mucho cuidado. No soportaría perderte.
La elfa sonrió y le contestó con la misma respuesta. Se despidieron con un gesto, y mientras Hraith corría hacia donde provenían los gritos, ella se adentró decidida en el oscuro callejón. Ya estaba harta de que la impidiesen pelear por diversos motivos, y aquel combate sería su primer combate real, después de dos siglos entrenándose para ese momento. Aún así no se dejó embargar por la emoción, ya qué en las peleas cualquier exceso de confianza podía resultar fatal.. Así pues atravesó el callejón hasta que pudo ver en la oscuridad a un skaven envuelto totalmente con una capa negra, que por lo que su padre la había contado era un letal asesino. Lo más intrigante era qué sus dientes de oro brillaban en la oscuridad con un refulgir siniestro y estaba intentando abrir una jaula llena de ratas famélicas. Lorgarian gritó al skaven en lengua Común, y entonces el skaven postró sus ojillos rojos en ella. Lorgarian sacó su espada y su escudo y se dispusó a luchar para impedir al skaven cumplir su cometido. Este dejó en el suelo la jaula y se preparó. Antes siquiera de que la elfa alzara su espada, pudo ver tres estrellas punzantes rezumantes de veneno atravesando el aire sigilosamente con un silbido siniestro. Ella alzó por fortuna su escudo a tiempo, pero tuvo que rechazar una acometida por la retaguardia del asesino con la espada. En seguida volvió a las sombras. Unos agonizantes segundos después el asesino volvió a atacar, intentando esquivar el escudo de la elfa, pero esta estaba bien entrenada. Al final después de varios cruces entre la espada élfica y las dagas venenosas el asesino volvió a la oscuridad. Afortunadamente la elfa podía guiarse por el brillo de sus dientes, pero aún así a duras penas logró esquivar la tercera acometida del skaven, otra vez en las retaguardia, y Lorgarian pudo sentir cómo un par de pelos cortados caían al suelo. Esta vez fue ella la que acometió antes de que el asesino volviese a las sombras. Esto pilló por sorpresa al asesino, que tuvo que agacharse, y a pesar de que intentó apuñalarla las piernas Lorgarian vio sus intenciones y retrocedió un par de pasos, logrando que el puñal se clavase en el suelo. El asesino silbó de manera parecisda a las serpientes y atacó otra vez, pero esta vez sin ningún tipo de preámbulos. Esta vez estaba preparada, así qué sólo tuvo que alzar su escudo, rechazando el ataque, pero justo cuándo iba a contraatacar el asesino se retiró una vez más. Estaba empezando a hartarse de aquel juego absurdo, así que arriesgó una vez más, adentrándose en las sombras y golpeando como una posesa con su espada. El asesino mantuvo una distancia prudencial y esperó a que la furia incontenida de la elfa la hiciese cometer un fallo garrafal(decuido su flanco izquierdo) y ya justo cuándo iba a apuñalarla una bola azul apareció de repente encima de ellos y lanzó enseguida un destello tan grande que los cegó temporalmente. De el fondo del callejón surgió una silueta envuelta en una capa azul marino con adornos relacionados con las estrellas que la elfa identificó con su amado. En seguida se volvió hacia el skaven, qué para su sorpresa ya se había escabullido del callejón, soltando a las ratas en el camino. Luego se volvió enfadada hacia Hraith, regañándole por haberla engañado a lo que el respondió que de no ser por él estaría muerta. En seguida abandonaron la discusión, ya que tenían que buscar a las ratas y la arma qué traían.

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Aeralos cercenó la garganta a los dos siguientes skavens, y enseguida atravesó a un tercero. Antes de qué pudiera cortarle la cabeza a una quinta las dos primeras intentaron en sus últimos estertores de vida matarle. Una vez se hubo deshecho de ellas vio cómo el quinto caía cómo un tronco al suelo sin qué el hubiera hecho nada. Antes de que pudiera sorprenderse un sexto skaven rabioso intentó estrangularle, pero murmuró un hechizo que hizo que al skaven le ardieran las manos. Aprovechando la distracción le atravesó el cerebro limpiamente. Mientras combatía vio qué el príncipe hacía que sus dos espadas se convirtiesen en un imparable torbellino de muerte, matando a tres hombres rata con cada floritura. Pero a pesar de sus esfuerzos perdían terreno. Los skavens eran muy letales, y a peasr de que sabían que ya sólo quedaban esos, estaban resultando muy duros de matar. Vio cómo un elfo al que había adiestrado horas antes cayó al suelo superado por la inferioridad numérica. Y entonces, sin saber porqué, se acordó de la elfa y su plan. Él había prometido no decir nada a nadie (lo descubrió a la primera) a cambio de que se dejase echar un polvo. Al fin y al cabo las mejors elfas en la cama eran las princesas y las rubias, y esa princesa era rubia…ahora tenía que cumplir con su parte de no desvelar nada del amorío secreto a nadie, y después del duelo le estaba costando, ya que cada vez sentía más respeto por el anciano príncipe. Pero tuvo que dejar de pensar, ya qué vio qué los skavens huían de algo. Iban ensangrentados y tenían en sus rostros las tenazas del miedo. Aeralos observó en la oscuridad, esperandose lo peor, pero entonces salieron unos elfos ataviados con armaduras modestas pero prácticas que reflejaba al máximo cualquier lus, con la cara totalmente cubierta por sus yelmos adornados con velas y dos espadas cada uno de diseño idéntico al del príncipe. Los skavens huían de ellos, y con razón, ya que esos eran los legendarios guardianes del subsuelo, una orden de la qué había oído hablar y que todos consideraban extinta. Pero ahí estaban, y ahora gracias a ellos los skavens se hallaban entre la espada y la pared, sin saber por donde huir. Cuando las dos lunas alumbraron la noche los túneles estaban cubiertos d sangre negra.

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Hraith arrojó con un gesto de repugnancia las ratas muertas a la hoguera qué había encendido. Lorgarian estaba esperando impaciente lo qué diría
-Ya sólo queda una rata pestilente-al ver el rostro alegre de su amada tuvo que verse obligado a negar con la cabeza sombrío-Estaba preñada



Muchas gracias por el comentario tio, la verdad es que tu si que te mereces una ovacion por habertelo leido de cabo a rabo.

El enemigo mas peligroso no es el orco que esta vociferando allá a lo lejos, no, es el skaven que esta detrás tuya.

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10 años 8 meses antes #44810 por garrak
Explicación
La guardia del subsuelo fue un orden que se inventó durante la Guerra de Secesión élfica para proteger a los elfos de Ulthuan de los rastreros ataques subterráneos de sus oscuros hermanos. La orden estaba formada por elfos en su mayoría procedentes de Tor Yvresse y Ellyrion. En aquel entonces el jefe de la orden decretó los requisitos para ser guardián implacable de los subterráneos, así que por templo los sabios elfos de Hoeth no los reunían. La orden prosperó sin dificultades, pero su etapa de paz y tranquilidad acabó muy pronto.
Con la llegada de la Guerra de la Barba fueron muchos los asaltos que tuvieron que rechazar en los túneles excavados por los enanos, y muchas las ciudades que salvaron o perdieron. No fue hasta el final de la Guerra que obtuvieron un respiro, pero duró muy poco, ya que después de la invasión de Malekith llegaron los ombres rata.
Al principio los guardianes se vieron abrumados por aquel nuevo enemigo y su descomunal número, pero al final los elfos aprendieron a base de palos los principales puntos débiles de los hombrs rata y cómo derrotarles. Las guerras se sucedieron hasta que los elfos lograron rechazarlos definitivamente en el 516 antes de Sigmar en los pasadizos de Lothern, obteniendo una aplasante victoria. Pero aun asi todavía siguen siendo muchos los intentos de perpetrar sus defensas y aunque siempre han acabado fracasando, cada día que pasa estan mas cerca que ayer…
Individualmente un guardián del subsuelo tiene dos espadas gemelas, una armadura puntiaguda y acorazada sobre todo en la retaguardia, unas botas duras pero ligeras, un trapo para cubrirse la cara y una mirada atemorizadora que ha hecho ganar más de una batalla sin blandir las armas. En grupo, cómo normalmente van, son más fuetes y son expertos en descuartizar. Suelen hacer cuando pueden una formación en círculo sin retaguardias que acribilla al enemigo con una tormenta de espadas

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10 años 8 meses antes #44812 por Neithan
dices que llevan dos espadas gemelas, bueno, yo no he luchado mucho ultimamente en un tunel o una mina, pero no son mejores los equipos con escudos apoyados por lanzas?hombre lo digo porque para usar una espada se necestia un amplio campo libre y ya dos ni te cuento, umm, no se dada mi poca experiencia militar yo no optaria por esas armas, quizas un bloque de escudos, picas o lanzas detras y ballestas de repeticion.

una tactica, los ballesteros disparan contra las hordas que se aproximan, creando una carniceria, cuando se acercan se retiran y se colocan los escudos y los lanceros los hacen picadillos, tal vez los propios ballesteros podrian llevar los escudos y una espada, pero para protegerse.

no se yo lo veo mejor asi, con mas logica y mayor nivel tactico para los tuneles.

En el mundo hay tres tipos de personas:las que saben contar y las que no.
Fdo:H.J.S.
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10 años 8 meses antes #44820 por garrak
garrak escribió:

Explicación
La guardia del subsuelo fue un orden que se inventó durante la Guerra de Secesión élfica para proteger a los elfos de Ulthuan de los rastreros ataques subterráneos de sus oscuros hermanos. La orden estaba formada por elfos en su mayoría procedentes de Tor Yvresse y Ellyrion. En aquel entonces el jefe de la orden decretó los requisitos para ser guardián implacable de los subterráneos, así que por templo los sabios elfos de Hoeth no los reunían. La orden prosperó sin dificultades, pero su etapa de paz y tranquilidad acabó muy pronto.
Con la llegada de la Guerra de la Barba fueron muchos los asaltos que tuvieron que rechazar en los túneles excavados por los enanos, y muchas las ciudades que salvaron o perdieron. No fue hasta el final de la Guerra que obtuvieron un respiro, pero duró muy poco, ya que después de la invasión de Malekith llegaron los ombres rata.
Al principio los guardianes se vieron abrumados por aquel nuevo enemigo y su descomunal número, pero al final los elfos aprendieron a base de palos los principales puntos débiles de los hombrs rata y cómo derrotarles. Las guerras se sucedieron hasta que los elfos lograron rechazarlos definitivamente en el 516 antes de Sigmar en los pasadizos de Lothern, obteniendo una aplasante victoria. Pero aun asi todavía siguen siendo muchos los intentos de perpetrar sus defensas y aunque siempre han acabado fracasando, cada día que pasa estan mas cerca que ayer…
Individualmente un guardián del subsuelo tiene dos espadas gemelas, una armadura puntiaguda y acorazada sobre todo en la retaguardia, unas botas duras pero ligeras, un trapo para cubrirse la cara y una mirada atemorizadora que ha hecho ganar más de una batalla sin blandir las armas. En grupo, cómo normalmente van, son más fuetes y son expertos en descuartizar. Suelen hacer cuando pueden una formación en círculo sin retaguardias que acribilla al enemigo con una tormenta de espadas

Aun asi, las espadas gemelas solo son usadas en tuneles grandes y amplios, ya que normalmente sueen tener que usar un paves cónico y una lanza muy larga, además de que la mitad de ellos son entrenados para disparar con ballestas, normalmente incendiarias, en la oscuridad

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