Crónicas de Caurann

10 años 10 meses antes #43325 por Volsung
Ésta es la historia de Caurann, autarca del mundo astronave eldar Garath.

Aquí el link al post de su figura: [url:22nghpx6]http://www.labibliotecanegra.net/v2/index.php?option=com_joomlaboard&Itemid=41&func=view&id=41375&catid=15&limit=10&limitstart=20[/url:22nghpx6]

La historia comienza en el mismo mundo astronave.

Envio editado por: Volsung, el: 2009/12/04 21:40

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10 años 10 meses antes #43328 por Volsung

Primer encuentro: El jardín celeste



-¿Pero es tan detestable como dicen? Fadaar me ha dicho que maltrata a los exarcas, que les impone tácticas y métodos de entrenamiento semejantes a las de los orkos o los monkeighs. Dice que no guarda respeto alguno al consejo y …

El aluvión de preguntas de la joven eldar a su maestra de jardinería fueron interrumpidas por la sombra que desprendió de repente una silueta gigantesca entre los árboles de cristal del jardín celeste del mundo astronave.

-Veo que tus aprendices siguen tan ávidos de saber como siempre, Vel Dahelin.

La silueta se aproximó a las dos eldars. Vel Dahelin soltó suavemente el tallo de la violeta silmaroide que había estado limpiando y se incorporó despacio, apartando su larga cabellera de su bello rostro.

-Tú tampoco cambias tus hábitos, Scurath Dathenarc –La aprendiza se quedó sorprendida. El gigantesco guerrero que se les había acercado era el hombre sobre el que medio astronave hablaba en los últimos días; era el guerrero sobre el que le estaba preguntando a su maestra; era Caurann, “El Gigantesco Guerrero”, el temido autarca que lideraba las huestes de su mundo astronave, Garath, a luchar contra sus incontables enemigos. Y su maestra le había llamado con otro nombre, le había llamado Scurath Dathenarc, “El que Camina entre Rocas”. Vel dahelin desvaneció sus dudas –Aún puedo llamarte así… espero.

-Puedes llamarme como quieras. Cómo podría negarle algo a quien me superaba en la prueba del magma cuando éramos dragones.

Vel Dahelin se sonrojó y soltó una tímida risa. La aprendiza jamás había visto tan expuesta a su maestra en todos los años que llevaba aprendiendo sus lecciones. Era cierto, el legendario Caurann desprendía un halo de miedo y respeto allí donde estaba… o no estaba, pero también irradiaba sed, sed de pasión carnal. Era enorme, más musculado que el resto de sus congéneres, tenía el pelo blanco y su rostro mostraba varias cicatrices, rastros de innumerables batallas, y todo eso lo hacía poco atractivo respecto a los cánones de belleza eldars, pero su mirada gris era irresistible. Se decía que cuando Caurann dirigía sus ojos hacia ti, o no podías mantener su mirada o te quedabas irremediablemente atrapado, capturado hasta que el dejaba de mirarte y te soltaba, como una pequeña presa ya devorada por un temible depredador.

-Jamás olvidarás aquello, ¿verdad?. Hace mucho tiempo de aquello.

-Sí, Vel, hace tiempo, pero debo admitir que siempre lamentaré que abandonaras la senda del fuego. Habrías sido una excelente exarca.

-Estuve a punto de serlo. Pero supe decidir antes de que el dragón me consumiera y redirigí mi camino hacia algo más creativo.

-Sí, las plantas.

-Sí, las plantas-Dijo Vel Dahelin torciendo un poco su boca.
-Supongo que preferías dar vida que quitarla, aunque fuera la de seres inferiores.-antes de que Vel Dahelin pudiera responderle, giró su cabeza hacia la aprendiza, aún agachada junto a las violetas silmaroides -¿Y qué nombre tiene esta joven flor de tu jardín?-La prendiz dio un espingo y se puso de pie de un salto.

Vel Dahelin suspiró –Se llama Faredin.

-¿Faredin?¿”Creadora de Colores”?

-Es hija de la conocida pintora Wheine Purst
Caurann no levantava su mirada de Faredin -¿Y sabe hacer algo más aparte de pintar y cuidar plantas?-Ante de que Vel Dahelin le respondiera se inclinó un poco más hacia Faredin -¿Sabes que entre el arte del pincel y la espada no hay gran diferencia?

-Yo… -A la aprendiza no le salían las palabras.

-Oh, con una voz tan bella podrías ser una espectro aullante maravillosa. Deberías escuchar la voz de Jain Zar, es parecida a la tuya, de veras, es tan dulce como el canto de los pequeños lúmares en los eclipses de Granpod.
Vel Dahelin se le enfrentó al autarca –Faredin tan sólo tiene 60 años y la jardinería es la primera de sus sendas. Es más, podría ser la única, porque es una auténtica artista en este campo.

-Pues me temo que no va a ser la única senda que recorra. Es más, hoy la abandona para emprender un nuevo camino.

-¿Qué estás diciendo?

-Está decidido, Vel Dahelin, el consejo de videntes me ha dado su aprobación y Faredin será a partir de ahora mi aprendiza. Siento que tenga que ser de un modo tan brusco y precipitado, pero es necesario.

-Los autarcas jamás tienen aprendices, ni siquiera debería describirse como “senda”. Y además, ¿obligar a alguien a tomar un camino? Eso es impropio de los eldars, es indigno, es…

Faredin cogió el brazo de su maestra –Tranquila, Vel Dahelin, si el consejo ha dado su visto bueno debe ser por una buena razón. Iré contigo Caurann.

La despedida consistió en un breve abrazo. Vel Dahelin cortó con su daga uno de los pétalos de Furta Brathai, la flor más extraña que albergaba el jardín celeste y se la dio a Faredin –Llévala siempre contigo, allá a donde vallas.

Una pequeña lágrima recorrió el rostro de la joven eldar. Puso el pétalo bajo la cinta que cubría su frente y salió del jardín junto a su nuevo maestro.



Fin del primer encuentro

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10 años 10 meses antes #43559 por Volsung
Segundo encuentro: Las Drises

-Siento que te hallas tenido que despegar de tu antigua senda de forma tan inesperada, pero no hay tiempo que perder.

-De acuerdo, maestro. Eh… Le habéis preguntado mi nombre a mi maes… a Vel Dahelin, pero ya lo sabíais, ¿verdad?

-Sí. Lo sabía.-El tono de Caurann zanjó la conversación como el hacha del verdugo lo hace con la vida del condenado.

Faredin y Caurann en la antesala del que iba a ser su nuevo hogar. Poco antes había recogido sus enseres más importantes y los había metido en una mochila para abandonar la sala que había sido su domicilio durante los últimos años. Miles de ideas, sentimientos y recuerdos habían atravesado su cabeza. Amaba la jardinería y no sentía que hubiera llegado al momento de perfección, al instante de dejar aquel camino tras haber alcanzado sus metas. Aún no había conseguido que diera fruto la extraña planta Furta Brathai. La “Beso del Futuro” era un tipo de planta en extinción. Tan sólo daba flor una vez cada cien años, y nadie sabía cuáles eran las circunstancias necesarias para que diera fruto. Al tiempo que se alejaba de la torre que albergaba su hasta hace poco hogar había mirado atrás y se había perdido en el recuerdo del momento en el que Vel Dahelin y ella habían encontrado aquella planta. Habían llegado a un planeta a punto de desaparecer a través de un portal de la telaraña. El imperio de los monkeighs había decidido destruirlo creyendo que albergaba la semilla del caos. Eran unos ignorantes; los monkeighs de aquel lugar se habían separado del camino dictado por las autoridades imperiales, pero no habían caído en el mensaje engañoso de los poderes ruinosos. Simplemente, como seres simples e ingenuos, habían creado una sociedad basada en la paz, ajenos a los peligros que acechaban a su alrededor en toda la galaxia. Antes de que llegara el fuego imperial, algunos grupos del mundo astronave Garath se habían desplazado al lugar para rescatar las especies de plantas y animales que destacaban por sus características y tan sólo se podían encontrar allí. A pocos metros del portal por el que habían llegado a aquel mundo había un bosque de coníferas gigantescas, de más de cien metros de altura. Se adentraron en la espesura y, a unos pocos pasos, encontraron un claro. En medio estaba aquella planta, con sus flores doradas, brillantes como estrellas, mirando a la luna más grande del planeta. En cuanto la tocaron las flores se marchitaron. Cincuenta años después, en la mitad del tiempo a lo que acostumbraba la especie, había vuelto a florecer. Pero aún no habían conseguido que dejara salir sus frutos.

Faredin seguía perdida en sus recuerdos cuando Caurann posó su mano sobre un plafón encumbrado en joya. Un río de luz recorrió partió desde la joya y se propagó por suelo, paredes y techo. La antesala cegó a la joven eldar por un segundo, y cuando recobró la vista vio ante sí una nueva sala, enorme, cubierta de estandartes y repleta de extraños objetos. El gigantesco guerrero avanzó hasta el centro de la sala e hizo un gesto con la mano para que Faredin se acercara.

-Desnúdate.

-Sí, maestro.

-Llámame Caurann.

-Sí.- Faredin dejó caer el macuto con sus pertenencias y la túnica que llevaba. Los suaves telajes se deslizaron por su cuerpo hasta caer al suelo. Su piel era blanca como las flores de luna nueva que decoraban cada recoveco del jardín celeste. Su larga cabellera negra caía libre, y algunos mechones se enroscaban alrededor de sus pechos, como si los abrazaran, como si los subrayaran, destacando las ocultas ansias de Faredin de ser abrazada por el hombre que tenía ante sí. Intentó contener el aliento, pero le fue imposible. Un leve suspiro escapó desus labios. Las manos le sudaban, le temblaban las rodillas, sentía lo dilatadas que estaban sus pupilas, cómo se le enrojecían los pómulos y sentía toda la piel de su cuerpo de gallina. Incluso sus pezones estaban cada vez más duros. Se sentía ruborizada. Para un eldar un encuentro carnal con cualquier semejante de su misma raza no planteaba ningún dilema o problema moral, siempre que ambos lo desearan. El sexo se tomaba como algo natural. No había ningún tabú al respecto en su sociedad, pero Faredin se sentía avergonzada e indefensa ante Caurann.

El autarca la miró a los ojos e impasible la sacó de su error –Creo que te equivocas respecto a mis intenciones. Entra en la puerta del fondo. El tiempo apremia y debes comenzar tu entrenamiento.

Faredin se sintió aún más avergonzada y se acercó a una puerta con una gigantesca runa grabada. La runa rezaba “Rillishemas” (Lágrimas brillantes). Se giró hacia su mentor con gesto interrogativo.

-Entra en la sala.- Caurann alzó su mano y la puerta se abrió dando paso a un pequeño cubículo lleno de luz azul.

–El agua caerá y tendrás que aguantar los besos de las “Drises”. Al principio será duro, pero con el tiempo irás mejorando.

Faredin entró en el cubículo azulado. La puerta se cerró y al instante una cascada de líquido surgió del techo. En tan sólo tres segundos la pecera se había llenado completamente y la eldar aguantaba la respiración. Se abrieron unos pequeños círculos en todas las paredes y Faredin hizo frente a la inquietud que la asaltaba cuando unas extrañas criaturas salieron de éstos. Eran pequeñas, de no más de un palmo de largo. Y estrechas, como si se tratara de pequeñas serpientes. Pero no se trataba de ningún animal que Faredin hubiera visto antes. Los rodeaba un halo oscuro, una especie de niebla que se desvanecía a su paso, y tenían unos ojos rojos, brillantes y hambrientos. Las criaturas comenzaron a moverse a su alrededor. Faredin observaba a las drises inmóvil, esperando en cualquier momento un ataque, pero aquel momento no llegaba. Intentaba mantener la atención sobre alguna de ellas, para saber qué tipo de animales eran (si es que lo eran) y qué tipo de intenciones ocultaban, pero le era imposible. Las drises cada vez se movían a mayor velocidad. Por fin consiguió centrarse en una de ellas. La criatura, al contrario que sus compañeras, se había parado frente a la eldar. La miraba fijamente. Con sus ojos rojos, envuelta en el oscuro halo.

Habían pasado varios minutos y a Faredin se le hacía difícil aguantar la respiración. Calculaba que le quedaban cinco minutos más antes de ahogarse. Esperaba que Caurann diera por finalizado el entrenamiento antes de que le estallaran los pulmones. Aquellos pensamientos desaparecieron al momento cuando se dio cuenta de que la dris que la observaba había comentado a agitar su cuerpo. Aquel bicho salió disparado hacia ella, directa a su cara. Cuando estaba a pocos centímetros, la dris abrió su boca. Faredin vio el abismo que se ocultaba en el interior de la criatura, vio… Ya no vio nada más. Soltó entre convulsiones el aire que guardaba y perdió el conocimiento. Dentro de aquella dris se ocultaba el mismísimo infierno. Estaba el mismísimo inmaterium.

Fin del segundo encuentro

Envio editado por: Volsung, el: 2009/12/12 02:12

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10 años 9 meses antes #44300 por Volsung
Tercer encuentro: Semillas de traición

Cuatro escuadras de escorpiones asesinos se habían deslizado hasta el interior de una de las grutas verticales de aquel planeta. Estaban en Ghast, el planeta más alejado de la estrella madre del Sistema Pleúrico. Allí no existía ninguna entrada desde la telaraña. De hecho, habían tenido que surcar un buen tramo por el universo material hasta llegar a aquella tierra helada, plagada de picos escarpados y simas, algunas de las cuales descendían cientos de kilómetros, casi hasta el mismísimo centro de Ghast. Cuarenta eldars se habían deslizado desde las naves eldars para internarse en aquella cueva vertical. Tres exarcas dirigían la operación.

Se encontraban en la más absoluta oscuridad, y tan sólo podía escucharse el gemido iracundo del viento de Ghast, que parecía usar la sima como si de un instrumento se tratara. Parecía que estaban en el interior de un cuerno de batalla, que llamaba con odio a alguna criatura escondida en lo más hondo del planeta.

-Descenderemos por las laderas norte y sur. Unos 5000 metros. Atentos a cualquier señal. –La voz del exarca Velldah se escuchó en todos los cascos de los escorpiones. Era el susurro del eldar que guiaba aquella misión secreta, junto a los exarcas Gufhe Lowdre y Vindofein. Era una empresa llena de incógnitas para los participantes; tan sólo les habían dicho que debían investigar si ocurría algo “extraño” en aquel lugar. Existían sospechas de que algo se estaba gestando en aquel planeta monkeigh, y nada relacionado con el imperio humano. De hecho, la zona de simas en la que habían desembarcado estaba lejos de cualquier ciudad de Ghast.

Los cuarenta eldars con armaduras insectoides descendieron en un baile vertical por las paredes de la oscura cueva. Al tiempo que un guerrero sacaba el gancho del cable unicelular que llevaba guardado en su mochila, lo anclaba en una de las grietas de la húmeda pared y se soltaba con brazos y piernas estiradas, otro se apresuraba a hacer lo mismo. Así descendieron los cuarenta, divididos en dos grupos, al norte y al sur; cada vez más separados, puesto que la sima se ampliaba a medida que se internaba en las entrañas de Ghast.

Cuando los eldars se quedaron colgando a la altura exacta a la establecida, el susurro de Velldah volvió a escucharse –Vindofein, abrid una abertura horizontal en vuestra posición. Mi escuadra y la de Gufhe Lowdre descenderán otros mil metros, en busca de algún rastro de actividad. –Acto seguido, los veinte eldars de la ladera norte desaparecieron en su descenso por la sima. Los otros veinte guerreros de la ladera sur siguieron colgados en su posición.

-Kenshaa, en silencio. –Le ordenó Vindofein al escorpión asesino que colgaba a su lado.

Kenshaa sacó un extraño artilugio de una de las fundas que colgaba de su cinturón. Abrió suavemente el aparato y se convirtió en una especie de equis de largos brazos, en cuyo centro brillaba una punta afilada, con la forma de un pico de ave. Lo colocó tranquilamente en la pared que tenía a su lado y acarició dos pequeñas gemas que tenía en la parte posterior. Un leve “click” indicó que el artilugio se había anclado y Kenshaa se apartó del lugar. El aparato empezó a girar y la roca comenzó a consumirse, formando un túnel a medida que avanzaba. Seguía sin escucharse ningún ruido, a excepción del grito del viento, que seguía entrando con fuerza desde la boca de la sima, a 5 kilómetros sobre sus cabezas.

-Basta- Ordenó el exarca Vindofein.

Kenshaa cerró los ojos y musitó una palabra en clave. El aparato se paró al instante en medio de una nube, por la roca desintegrada.

-Esa piedra es de las más duras que he visto jamás –Dijo sorprendido Cevendra, uno de los compañeros de escuadra de Kenshaa.

-Ssshh-Vindofein le lanzó una mirada inquisitiva al eldar más joven de su escuadra. El guerrero sintió la punzada de la mirada del exarca aún a través de su inexpresivo casco.

En dos segundos la nube se disipó –Entremos.- Los veinte escorpiones se deslizaron al interior del túnel que había horadado el aparato. Kenshaa fue el último que entró. Notaba lo inquietos que estaban sus compañeros. La misión ya apuntaba a ser arriesgada e incluso suicida. Eran cuatro de las mejores escuadras del mundo astronave Garath, y habían acudido al lugar sin mucha información. Los exarcas debían de saber más que sus guerreros, pero no parecía que al menos Vindofein, su líder, supiera mucho más.

-Escorpiones. Los sensores indican que a tres centímetros de esta pared hay otra galería de varios metros de ancho. He detectado movimiento y algún tipo de energía psíquica. Os diré la verdad. Desconozco absolutamente qué puede estar al otro lado. Nuestra misión es recopilar información y salir con vida, para transmitírsela al Consejo. Así, que como dice nuestro credo, andad por las sombras y atacad los puntos débiles. Después, desapareced con el viento.

Mientras Vindofein daba sus instrucciones, Kenshaa lanzó una fugaz mirada a la oscuridad de la sima que tenía a su espalda. Se quedó congelado. Le había parecido ver un leve destello rojizo en el fondo de la cueva, en medio de la oscuridad en la que se habían zambullido las otras dos escuadras eldars. Antes de que pudiera recuperarse, se dio cuenta de que el viento había dejado de gemir en la sima.

Entonces, la voz de Velldah, resonó en los cascos de los escorpiones. –Estamos muertos. ¡Aquella!...- Fue un grito de miedo, de terror, ahogado. La cueva quedó en silencio.- Kenshaa se quedó mirando al fondo del agujero. Parecía haber algo que lo atraía, algo que lo esperaba, algo hambriento…

Vindofein sacó a los guerreros de su estupor. –No queda otra, guerreros. ¡Adelante!- Rasgó la pared del fin del túnel con su espada mordedora y ésta cedió. Kenshaa salió de su estupor. Los escorpiones no perdieron tiempo y atravesaron la cascada de cascotes para llegar a una galería de techo bajo, iluminada por antorchas.

-Por las sombras y en grupo.-Ordenó el exarca.

Los escorpiones asesinos avanzaron en silencio con sus espadas y pistolas listas para regalar muerte. Aún pesaban las últimas palabras de Velldah. No les quedaba ninguna duda de que habían sido las últimas palabras del exarca. Ningún eldar nombraba a Aquella, a “Aquella que está Sedienta” en vano.

Kenshaa se dio cuenta de el suelo estaba cubierto de sangre. Brillaba con la danza de las llamas y el olor dulzón se colaba a través de los respiraderos de su casco. El juego de luces y sombras de las antorchas parecía acariciar el lugar, parecía transformar la gruta a cada giro de llama.

Avanzaron por las zonas no iluminadas, cobijándose por breves instantes, tan sólo deteniéndose para vigilar fugazmente si había alguna amenaza. Se internaron en un pasillo iluminado por muchas más antorchas. Y entonces, el color del fuego cambió de naranja a más rojo, y de rojo a rosa. Una oleada de risas inundó el corredor desde el fondo. Eran carcajadas histriónicas, agudas y afiladas. Cada vez más fuertes.

-¡Avance directo! No podemos esperar en esta ratonera a que nos asalten. – Los eldars obedecieron las órdenes del exarca y se lanzaron al fondo del corredor. Al fondo, el pasadizo giraba a la izquierda, y justo cuando giraron, se toparon con un grupo nutrido de soldados humanos. Les estaban esperando, parapetados tras una barrera improvisada. Eran sin duda adoradores de los poderes ruinosos. Algunos llevaban la lengua fuera, estirada hasta el máximo y clavaba a la parte inferior de sus barbillas. Otros lucían pendientes, piercings y todo tipo de colgajos metálicos pendiendo de las partes prominentes de sus distorsionados rostros. Todos llevaban una estrella de ocho puntas marcada a fuego en la frente. Todos tenían una mirada de regocijo, sedienta de dolor y sangre. Todos estaban armados con fusiles y rifles antiguos. Todos dispararon sobre los intrusos.

Algunos de los compañeros de Kenshaa cayeron tan pronto como doblaron el recodo, pero no fueron muchos. Los escorpiones habían llegado en silencio, y aunque los guerreros humanos los esperaban, las artes de sigilo de los guerreros especialistas los habían sorprendido. Eran sombras fugaces, mensajeras de la muerte. Vindofein se propulsó de pared en pared con una agilidad supraeldar y terminó sobre el grueso de sus enemigos. El resto de los escorpiones atacó a la línea frontal, iluminando el lugar con los disparos de sus mandiláseres. Las espadas escorpión rasgaban armadura, carne y hueso, pero los enemigos seguían en pie hasta el último aliento. Seguían riendo con sus últimos estertores.

-¡Kenshaa, abajo!-El escorpión se dejó caer al suelo en cuanto oyó el aviso de uno de sus compañeros de armas. Giró sobre sí mismo y vio a uno de los monkeighs confuso, tras haberle intentado asestar un golpe de hacha. El filo del arma había pasado a un centímetro escaso de la punta de su casco. Aún en el suelo, Kenshaa le lanzó un tajo a los tobillos, y cedieron fácilmente. El humano cayó como si se tratara de un árbol talado, dejando escapar un abundante chorro de sangre por cada una de sus extremidades inferiores. El eldar se abalanzó sobre su enemigo, que reía sin parar. Se acercó a su desencajado rostro e hizo escupir sus mandiláseres. La cabeza del humano desapareció. Era un muñeco sin cabeza.

En medio de lo que era un mar de vísceras y sangre Vindofein se dirigió a sus guerreros –Éstos tan sólo estaban aquí para retrasarnos. Debemos llegar hasta el fondo de este asunto y después, si seguimos vivos, desaparecer. ¡Por Khaine!- Recogieron las joyas espirituales de los caídos y todos los escorpiones se adentraron en el lugar.

De ahí en adelante la guarida se convertía en un laberinto. A cada pocos metros se abría un nuevo camino, y según avanzaban, más y más risas enloquecidas resonaban en el lugar. Cada cierto tiempo se encontraban a algún pequeño grupo de resistencia, pero las espadas escorpión surgían de las sombras y limpiaban el lugar en pocos segundos. Kenshaa iba a la cabeza de los quince escorpiones que quedaban vivos. Siempre giraba a la izquierda, sabiendo que seguir un solo muro aumentaba las posibilidades de no perderse. De repente, frenó en seco. Vindofein lo miró y éste señaló a una abertura que se abría en una de las paredes a tres metros del suelo.

Vindofein tomó la decisión –Todo a una. Vamos por ahí.- Treparon ordenadamente y se adentraron en el respiradero. Allí había aún menos luz que en los túneles. A pesar de lo angosto que era el pasadizo, avanzaron ágilmente durante más de una hora de recorrido, y vieron al final del conducto un leve punto de luz. Ralentizaron la marcha y se acercaron a rastras. Ya no se escuchaba ninguna risa. No se oía ningún movimiento. No se oía nada.

Tras inspeccionar la salida, todos los guerreros de la senda descendieron. Se encontraban en la antesala de lo que parecía un templo. Las paredes estaban ornamentadas con estandartes púrpuras. Mostraban la señal de Slaanesh. La estancia estaba iluminada por cientos de antorchas de fuego rosado que danzaba travieso; las llamas se contoneaban suavemente. Cadenas de oro colgaban de las antorchas y cubrían las paredes. Tras ellos había una pequeña puerta, pero frente a ellos tenían un portón metálico, de unos cinco metros de altura. Dos gigantescas argollas colgaban en el centro, esperando a que los intrusos tiraran de ellas.

No parecía haber ningún enemigo en las cercanías, pero los guerreros se mantenían tensos, en posición defensiva. –Hemos llegado al nido de la serpiente.- Dos escorpiones asesinos se acercaron al portón y tiraron de las argollas. Las puertas cedieron, suavemente, sin dejar escapar ningún ruido. Ante ellos se abría una sala inmensa, iluminada por una luz irreal que no parecía salir de ningún sitio exacto. A pocos metros del portón bajaban algunos escalones anchos, al igual que de cada uno de los puntos cardinales. Los escalones estaban cubiertos por alfombras de color de sangre, decoradas con hilos dorados que formaban extrañas figuras enlazándose entre sí. Las escaleras se encontraban en el centro de la galería, y allí había un centro de mando, con unos cinco hombres controlando varias consolas. Tras ellos, un gran trono rodeado de incensarios, y en él, sentada, una esbelta figura que no era la de ningún humano.

-Ya han llegado, amo.

-Puedo verlo con mis propios ojos.- El dueño del trono se levantó mirando a los intrusos, y nubes de incienso se arremolinaron a su alrededor. Era más alto que sus súbditos, y tan esbelto como un eldar. Pero su tez era verduzca, y sus ojos de un rojo intenso. No era ningún eldar oscuro; no mostraba en el rostro la locura de sus hermanos perdidos. Irradiaba la sensación de algo aún peor. Su figura, protegida por una armadura dorada, esculpida con rostros demoníacos, no estaba definida. Parecía dilatarse y contraerse a cada latido de corazón.

Kenshaa parpadeó varias veces, intentando enfocar aquella figura. No conseguía ver claramente al que parecía ser el dueño de aquel maldito lugar. Se dio cuenta de que Vindofein aún se mantenía en su posición, y parecía tan confundido como el resto de sus guerreros.

Uno de los monkeighs del mando de consolas se dirigió con voz temerosa a su señor -¿Lo despertamos?-

-No será necesario. Tan sólo es un pequeño problema. Abrid las puertas y disfrutemos de su sufrimiento.- La voz de aquel ser también era tan suave como la de un eldar, pero ocultaba una vibración mucho más grave. Cada palabra resonaba en las cabezas de los escorpiones como mil pinchazos de agujas.

Un tecleo rápido del monkeigh en la consola y una puerta se abrió a cada uno de los lados de la sala; otra en la pared tras el trono. Las risas histriónicas que habían ido acallando en su avance por el laberíntico templo comenzaron a resonar de nuevo, y una marea de monkeighs inundó el lugar. Eran cientos de guerreros con la marca de los poderes ruinosos en sus frentes.

Vindofein se dirigió a sus guerreros –Ya no hay salida. Posición defensiva. –Los escorpiones formaron medio círculo alrededor del portón por el que habían entrado. El exarca estaba en el centro, con sus armas dispuestas. –Aguantaremos todo lo que podamos. Hasta el final.-

-Sí- Todos los eldars respondieron al unísono, tomando posiciones de combate.

La marea de monkeighs se arremolinaba en torno al trono dispuesta a atacar a su presa, y el amo alzó su mano cubierta de pulseras y anillos –Atacad y disfrutad. Que comience el festín.- Cerró su mano en un puño y los humanos se abalanzaron contra la línea defensiva de los eldars.

-¡Plasma!- Al grito del exarca varias granadas volaron hasta la masa humana y volatilizaron a parte de sus enemigos. Pero la marea siguió avanzando.

Los cañones de las pistolas shuriken silbaron e hicieron caer a unos cuantos enemigos. Pero los hilarantes mokeighs alcanzaron a los escorpiones.

Fue entonces cuando los mandiláseres centellearon en la sala y los dientes de las espadas escorpión comenzaron a amputar extremidades y derramar vísceras con la rabia de los eldars. Vindofein se adelantó de la línea de defensa describiendo dos amplios arcos con su espada mordedora. Los restos desmadejados de sus enemigos aún no habían llegado al suelo cuando lanzó una nueva orden a sus guerreros–Dispersaos y sembrad desconcierto. Cual trillizos. Que no tengan una única dirección en la que atacar- Los eldars se agruparon de tres en tres y se adentraron en la marabunta de monkeighs. Algunos se agarraban de las manos y giraban con sus espadas segando cuerpos a su paso. Las hojas serradas de diamante partían carne y hueso con facilidad. Otros se abrieron paso por la sala lanzando tajos casi tan rápidos como sus pasos. Un grupo tomó la posición del “padre escorpión”; dos guerreros abrían paso con sus espadas cumpliendo el papel de las pinzas, y el tercero esperaba en la retaguardia y hacía de aguijón, lanzando ataques certeros, acabando con cualquier enemigo que pusiera en peligro a sus dos compañeros.

Kenshaa y los dos guerreros con los que se había unido esperaron a que el resto se zambullera en el mar de enemigos que plagaba la sala – Cevendra, Bishu, nosotros atacaremos la retaguardia. – Los tres escorpiones se lanzaron al ataque abriéndose paso por uno de los lados de la sala, y cubriendo su avance con la pared.

Tras dejar un camino de cadáveres llegaron a la línea posterior del enemigo y Kenshaa alzó la cabeza para contemplar el estado de la batalla. Algunos de sus compañeros habían sucumbido ante la cantidad de enemigos. Otros seguían luchando, aunque cada vez más arrinconados. Vindofein se había abierto paso hasta la consola de mandos con sus mandobles y en ese preciso instante lanzó un golpe vertical contra la máquina. La espada del exarca partió en dos al humano que no había podido reaccionar ni apartarse de la máquina, y destrozó la consola. Una cascada de chispas bañó al guerrero eldar.

De pronto una delgada cadena dorada se enroscó en su arma. La había lanzado el amo de aquel templo. Tiró de ella intentando arrebatársela al exarca, pero éste la sujetó con fuerza. Como resultado, espada y eldar salieron lanzados por los aires, para aterrizar sobre varios monkeighs. La fuerza de aquel ser parecía irreal. Vindofein rodó y se levantó lanzando la espada trabada con la cadena a un lado. Esquivó los ataques de las finas cadenas que lanzaba su enemigo, al tiempo que se propulsaba de humano en humano con fintas y patadas aprendidas durante años.

-Ven a mí.

-Voy a ti.- El exarca salió disparado contra su enemigo, con sus mandiláseres y su pistola disparando sin descanso. Pero ningún disparo alcanzó a su adversario. Éste alzó su brazo derecho con la mano abierta, y su palma se abrió para convertirse en una boca plagada de dientes afilados. Saltó hacia Vindofein y las fauces de su mano se abrieron aún más para engullir el brazo izquierdo del eldar. Cuando había llegado casi al hombro se cerró de golpe, seccionando la extremidad del eldar en una explosión de sangre. Con su otra mano atravesó las placas de la armadura del torso del exarca, y la incrustó hasta sujetarlo de su esternón. Levantó fácilmente a su oponente.

Kenshaa oyó en su casco la débil voz de su líder –No… No eres humano… Ni llegas a ser un demonio… Pero tampoco eres un eldar…-

-No. Fui eldar. Y ahora soy mucho más. ¿Y tú? ¿Sabes lo que eres? Un dulce para Aquella.- Cerró la mano con la que sujetaba en el aire al exarca y la uña afilada de su pulgar atravesó la joya espiritual de su pecho. Lanzó al eldar, como quien deja a un lado un trozo de carne recién devorado. Vindofein cayó al suelo junto al trono, y las nubes de incienso lo cubrieron hasta desaparecer. Su enemigo, victorioso, lamió su mano llena de colmillos sanguinolentos, y sonrió contemplando la masacre de su alrededor.

Kenshaa se quedó helado, al igual que otros escorpiones. Y todo empeoró. Su compañero Bishu no pudo esquivar las estocadas de los monkeighs que lo rodeaban, y la hoja de un gran espadón le acertó de lleno en el casco. La armadura se fracturó en cientos de pedacitos y su cráneo quedó seccionado. Varios eldars cayeron ante los monkeighs, ya sin iniciativa ni órdenes a las que obedecer. Habían perdido la batalla.

-¡Cevendra!- Kenshaa consiguió parar uno de los ataques dirigidos a su compañero -¡Despierta o no saldremos vivos de ésta!- El joven eldar no conseguía liberarse del estado de confusión que parecía haber atrapado a los escorpiones. –Escapemos. No hay victoria posible.-

Kenshaa acabó con los tres humanos más cercanos, lanzó la granada de plasma que le quedaba y agarró a Cevendra de la hombrera para lanzarlo hacia una de las puertas. Ambos escaparon por uno de los oscuros pasillos de los que habían salido las hordas de enemigos. No encontraron a nadie y nadie pareció seguirlos. Corrieron por pasillos, dejando puertas y corredores a los lados. Kenshaa corría a varios metros por delante de Cevendra. De pronto, se detuvo en una zona oscura. Aún se oía el fragor de la batalla a lo lejos.

-Kenshaa. ¿A dónde me llevas? No sabemos cómo salir de aquí y nos podríamos estar metiendo cada vez más adentro de esta madriguera. ¿Sabes adónde vamos?

-Sssh. Calla, espera y acecha.

A lo lejos, se oyó la voz de quien había acabado con la vida de Vindofein – ¡Aún queda algún intruso por los pasillos! Puedo escuchar sus latidos. Buscadlos y soltad a las bestias. –

Kenshaa reemprendió la carrera, seguido por Cevendra. De nuevo se oían las risas de sus enemigos, acompañadas esta vez por gruñidos y ladridos de lo que tenían que ser aquellas “bestias”. Kenshaa se movía ágilmente pero Cevendra cada vez se rezagaba un poco más. Estaba exhausto. Hasta que al fin se paró junto a una puerta algo más decorada que las que habían ignorado en su huida.

Posó su mano en un panel lateral y la puerta se abrió. Kenshaa entró y se giró hacia su compañero. Cevendra iba a seguirlo, pero se topó con la mano del otro escorpión. –Kenshaa…-

-Lo siento, amigo. Buscan a alguien de los nuestros y ese no puedo ser yo.- Empujó a Cevendra y éste cayó al suelo. La puerta se cerró ante el sorprendido eldar.

Kenshaa se adentró en la sala ignorando los golpes en la puerta del otro escorpión. No había ningún enemigo en el lugar. Se encontraba en una habitación enorme, sin decoración ni mueble alguna. Ante él había un amplio altar, repleto de runas talladas. Algunos signos eran parecidos a la escritura eldar (“destino”, “puerta”, “viaje”…); otras le eran completamente desconocidas. En lo alto del altar se levantaba un amplio pozo.

El escorpión asesino se acercó y miró al pozo. Un líquido oleoso llegaba hasta el borde. El eldar se quitó el casco y una larga cabellera rubia cayó sobre sus hombros. Su rostro era joven, sin tensión alguna, pero sus ojos desprendían fortaleza, convicción y experiencia. Kenshaa introdujo su cabeza en el líquido del pozo. Algunos segundos después, la sacó. Cogió el pequeño intercomunicador que colgaba de su cinto y sus dedos rozaron varias gemas de las que portaba el aparato. Al poco tiempo, oyó la voz que esperaba.

-Kenshaa Ghaelenshaa. Infórmame de tu misión.

-Sí, venerado Caurann. He encontrado la puerta. Fase uno completa. No hay testigos. Ni supervivientes.

- Sigue con la fase dos.

-Sí, maestro. –El escorpión asesino apagó el intercomunicador, se enfundó el casco y se lanzó dentro del pozo. Un segundo después la puerta se abría y entraba en la sala el ser verduzco que había acabado con Vindofein. A su espalda dos gigantescos monkeighs arrastraban a un escorpión asesino.

-Um. No hay rastro del otro eldar. Ya ha pasado al otro lado. Y tú… Cevendra, te llamabas, ¿verdad?

Fin del tercer encuentro

Envio editado por: Volsung, el: 2010/01/10 21:17

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10 años 9 meses antes #44340 por Ragnar
Hola! Me ha encantado el relato, da gusto encontrarse con alguien que se sale del típico trasfondo eldar, y la historia me está pareciendo muy interesante.

Y por poner peros, revisa un poco más la ortografía, aunque en general está muy bien, hay alguna patada que otra al diccionario....;)

"La [color=#FF0000:30r14a0t]a[/color:30r14a0t]prendiz dio un [color=#FF0000:30r14a0t]r[/color:30r14a0t]espingo y se puso de pie de un salto."

"-Es hija de la conocida pintora Wheine Purst
Caurann no levanta[color=#FF0000:30r14a0t]b[/color:30r14a0t]a su mirada de Faredin -¿Y sabe...."

Un saludo y gracias por el relato.

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10 años 9 meses antes #44347 por Iyanna
Sólo una crítica destructiva tras leer el primer relato:

Ningún eldar mezclaría dos aspectos de sí mismo o de otra persona a la vez. Ningún jardinero en su sano juicio hablaría sobre tácticas de combate con un aprendiz de ninguna clase. Un Eldar jardinero ES jardinero, sólo jardinero y nada más que jardinero. Un Eldar que se enfunda su traje de combate deja de ser jardinero y es un Escorpión Asesino hasta que se quita el traje, no 'un jardinero que viste un uniforme de Escorpión Asesino'. Eso es una metedura de pata importante.

... bueno, y ningún Eldar le recordaría a otro 'cuando eramos felices Dragones Llameantes'. Sencillamente porque para la psique Eldar los señores que siguieron esa Senda eran otros individuos y no ellos mismos. Por eso tienen Sendas. Por eso tienen un nombre distinto como guerreros, como eldars normales, como artesanos, como jardineros...

Por otro lado, un Autarca no puede imponer nada a ningún Exarca, porque avandonó varias Sendas sin llegar a quedarse atrapado en una, y luego se hizo un maestro de táctica 8se quedó atrapado en esa senda, la verdad). El Autarca sabe como combinar todos los Aspectos de la Guerra para que funcionen en armonía, pero no conoce los verdaderos secretos de ninguna senda, eso sólo lo saben los Exarcas. Así que tampoco puede decirles cómo luchar o cómo entrenarse. La verdad es que a los Exarcas se les puede ir la olla si se les dice algo así y acabar en multimuerte para todos.

Una última cosa. Mencionas la palabra 'indigno' cuando le obligan a un personaje a ser aprendiza del Autarca. Bueno, pues es cierto: no se puede obligar a nadie a seguir una senda. Pero el problema no es ese. 'Indignación' implica 'Dignidad' e implica un 'sentido del honor'. Eso está muy bien para humanos, Marines y gentuza variopinta mon-keigh. No para Eldars. Ellos no entienden el deber, por ejemplo, como una cuestión de honor y dignidad.

Me explico: si un Eldar se convierte en Maestro Jardinero, por ejemplo, nadie le felicita. No es un orgullo ser Maestro Jardinero. Es algo que ha conseguido. De la misma manera los Eldar no luchan contra los Marines porque han mancillado su honor al capturar un estandarte de su Mundo Astronave. Luchan con ellos porque los Marines tienen sus manos en algo que no les pertenece y simboliza algo importante para los Eldar. Es casi más parecido a "Furia + Venganza"

En fin... eso es todo...

[url=http://img140.imageshack.us/i/mynameisiyanna.png/:15vblpdf][img:15vblpdf]http://img140.imageshack.us/img140/3187/mynameisiyanna.png[/img:15vblpdf][/url:15vblpdf]

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