La estrella moribunda.

13 años 2 meses antes #31841 por Bairrin
PRÓLOGO.

En el espacio siempre hacía frío. Era lo mismo viajar en una mugriento transporte de la guardia imperial, que en aquellas lujosas y recargadas naves de la inquisición. Gerrack se subió la cremallera del chaleco hasta el cuello. Se frotó las manos. El frío parecía proceder de las mismas estrellas, como tantas otras desgracias. Había oído que antaño el hombre soñaba con el espacio, y no conocía a especies de otros planetas.

Pero el hombre encontró a los alienígenas, y el sueño espacial se convirtió en pesadilla. Quizá el hombre hubiese estado mejor solo en el universo, pero en el fondo Gerrack pensaba que hubiera sido lo mismo con o sin razas de otros planetas.

Porque la humanidad se había encontrado algo peor entre las estrellas: a sí misma.

Como soldado de la guardia imperial Gerrack había pasado el mismo tiempo luchando contra humanos que contra otras razas. Sonrió para sí, pero sin alegría. ¿Quién era él para decir que era humano y que no lo era? De un tiempo a esta parte era capaz de disparar sobre poblaciones de civiles desarmados sin ningún tipo de remordimiento.

¿Era eso lo que se esperaba de un hombre?

A pesar de todo, Gerrack todavía se consideraba una buena persona. Había viajado demasiado lejos, había perdido a demasiados amigos, había luchado demasiado y había visto demasiado. El mero hecho de seguir pensando con claridad le parecía a menudo un milagro.

Un ruido de tacones sobre el suelo metálico de la nave interrumpió sus pensamientos. Se puso en pié de un salto, abandonando la repisa de la ventana de la nave. Esperó en posición de firme.

En uno de los recodos apareció una mujer atractiva, ataviada con un vestido azul sobre unos pantalones negros. Su pelo, recogido en un elaborado moño, lucía un color rosa lleno de matices. El porte era aristocrático y andaba con paso firme. Vista de cerca parecía joven, pero la profundidad de su mirada la delataba: ningún tratamiento de rejuvenecimiento podía disimular su mirada experta y cansada por los largos años de servicio como inquisidora.

-Descansa Gerrack, descansa.- dijo con dulzura la mujer. Su expresión altiva se transformo en una cálida sonrisa.

Anaelena, a pesar de su fama de fría e implacable inquisidora, tomaba a los miembros de su equipo como si fueran parte de su familia, al menos en privado. Ella siempre pensaba que era una forma de evitar volverse loca o amargada. Se repetía que era peligroso negar las necesidades afectivas. A Gerrack casi le quería como un hermano, a pesar de su juventud. Había cumplido treinta y tres años hacía dos semanas terrestres, y ella, aunque jamás lo confesaría, había sobrepasado los sesenta. Aún así era muy joven para ser inquisidora.

Había sido una alumna aventajada.

Anaelena, al mirar al soldado de pié junto a ella, veía a un hombre que había luchado en incontables campañas, algunas desastrosas. Reclutado por la fuerza a los dieciocho años en su planeta natal, había pasado tres años defendiendo su sistema de los orkos, tras lo cual había servido en fuerzas de desembarco de varias naves.

Lo había conocido hacía dos años, cuando en la purga del planeta Ralan, habían pasado la noche en la misma trinchera, rodeados de rebeldes. Le había gustado su honestidad y su inteligencia. Más tarde se daría cuenta de su experiencia y de su valor. Había sido una buena incorporación a su equipo.

- ¿Sabes algo de este sistema?- preguntó Anaelena, con la mirada todavía fija en las estrellas.

- No mucho,- respondió Gerrack- una vez serví con un soldado de aquí. Siempre lo describía como un lugar tranquilo. Aunque ¿Quién sabe?

- Los informes de Lya dicen lo mismo.- Susurró la inquisidora volviéndose hacia el interior de la nave.

- No se mandan inquisidores a sistemas tranquilos,- recapacitó el soldado- eso lo sabemos muy bien.

- Pero en este caso no se me da ninguna pista- la voz de Anaelena tomó un tinte de exasperación- el mandato me envía a “mediar, intervenir e indagar con plenos poderes”.¿Qué significa eso?

Un silencio se hizo entre los dos. Fue Gerrack el que lo rompió:

-Un sargento, en mi segunda unidad de desembarco, siempre decía: “Las cápsulas nunca caen donde esta previsto, los enemigos nunca están donde nos dicen y de los refuerzos mejor ni hablamos. Pero siempre hay algo seguro: el factor sorpresa a nuestro favor no existe, los malos siempre nos están esperando.”

Anaelena soltó una pequeña risita. Una voz metálica, avisándoles del inminente aterrizaje, les interrumpió. Ambos se dirigieron a sus compartimentos. Anaelena se paró un momento y le preguntó:

-¿Qué fue de ese sargento?

-Murió.- Contestó Gerrack desde el quicio de una compuerta- Tiene gracia, fue por su primera “ley”: nuestra nave aterrizó en mitad de un lago, el no sabía nadar bien…

Ninguno de los dos rió. Ambos sabían que la vida era muchas veces una amarga ironía.

Envio editado por: Bairrin, el: 2009/05/22 11:44

Envio editado por: Bairrin, el: 2009/05/22 11:47

Matadlos a todos, el emperador sabrá reconocer a los suyos.
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13 años 2 meses antes #31848 por Simud
Respuesta de Simud sobre el tema Ref:La estrella moribunda.
Me ha gustado, es como la calma que precede a la tempestad...

La victoria se mide con sangre, sea tuya o la de tu enemigo.

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13 años 2 meses antes #31972 por STONEWALL JACKSON
Respuesta de STONEWALL JACKSON sobre el tema Ref:La estrella moribunda.
Para cuando la continuación????

&quot;Sin Honor no hay Victoria&quot;

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13 años 2 meses antes #32043 por Ragnar
Respuesta de Ragnar sobre el tema Ref:La estrella moribunda.
Sí señor, muy chulo el relato, pero necesita claramente una continuación para mejorar! xd

un saludo

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13 años 2 meses antes #32429 por Bairrin
Respuesta de Bairrin sobre el tema Ref:La estrella moribunda.
Hey gracias a los que lo habeis leido, se aceptan sugerencias comentarios y coerrociones. Un Saludo.

Matadlos a todos, el emperador sabrá reconocer a los suyos.
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13 años 2 meses antes #32430 por Bairrin
Respuesta de Bairrin sobre el tema Ref:La estrella moribunda.
CAPÍTULO I – TOMANDO TIERRA.

La nave temblaba ligeramente mientras entraba en la atmósfera del planeta Anjau prima. Estaba siendo un aterrizaje bastante tranquilo, sin embargo, Thomas sudaba copiosamente y rezaba a todos los santos que conocía. Gerrack sonrió. Era en cierta manera cómico ver a aquel hombre de casi metro noventa de estatura, rubicundo y fornido, pasar auténtico terror en los aterrizajes. El de Thomas era un miedo irracional. No había otra explicación. Gerrack le había visto enfrentarse a numerosos enemigos sin dudar, armado con su escudo de fuerza, su espada sierra y con su fe, que rayaba el fanatismo. Sin embargo, los viajes espaciales destrozaban sus nervios, convirtiendo a aquel imponente cruzado al servicio del imperio, en un ser titubeante, pálido y tembloroso. Simplemente había personas que no habían nacido para viajar entre planetas.

Muy diferente era el caso de Nerd. Con apenas un metro cuarenta de estatura, permanecía tranquilo y relajado. Al mirarlo, Gerrack supo que estaba en su elemento. Para el la nave de la inquisición era como una enorme caja de sorpresas. Nerd sonreía como un niño con cada vaivén del aparato, dejando al descubierto la falta de una de sus paletas. Aquel hombrecillo era mecánico, un fan de la tecnología. Había nacido en un planeta en el que algunos fallos en la ingeniería genética de las cosechas causaron una plaga de raquitismo. Su baja estatura no le había impedido ser un as reparando y construyendo todo tipo de artilugios, desde naves hasta armas, pasando por escaners de todo tipo.

Sin embargo, había algo que le hacía realmente único desde el punto de vista de Gerrack: Era un ingeniero nato, intuitivo. Podía ver un artefacto alienígena y decir al instante, casi con total seguridad, para que servía y como utilizarlo. Por esta razón formaba parte del séquito de la inquisidora.

Junto con Gerrack estos eran los tres hombres que ocupaban el compartimiento de aterrizaje, una celda triangular hermética, preparada para mantener las condiciones vitales de los pasajeros en el caso improbable de que la nave sufriese algún problema de integridad durante la entrada en la atmósfera del planeta. Según Nerd era una medida de seguridad arcaica pero efectiva, y había añadido “muy útil para cualquier caso en el que la nave este a punto de saltar en pedazos”. Este comentario había hecho que Thomas se pusiese más blanco aún, lo cual parecía divertir tremendamente a Nerd, que todavía hablaba del tema:

- Mire “sire”- El hombrecillo siempre le llamaba así, riéndose de condición de cruzado o caballero- esto es arquitectura triangular, puede tener miedo de que nos quedemos varados para siempre en el espacio, pero puedo asegurarle que, pase lo que pase este compartimiento aguantará.

Para reforzar sus palabras golpeó con los nudillos una de las paredes. Thomas ya no pudo más y vomitó. Por fortuna ya habían previsto esta contingencia, así que el contenido del estomago de Thomas acabó en un saquillo preparado al efecto. Gerrack intercambió una mirada entre exasperada y divertida con Nerd. Este le guiñó el ojo.

Un ligero golpe les advirtió de que el aterrizaje había concluido. Nerd salió al pasillo, y los otros dos hombres le siguieron. La tripulación de la nave, con las caras cubiertas por gruesas gafas en una montura de cuero, se movía de un lado al otro del pasillo. Nerd saludó a una pareja de ellos, con los que había trabado amistad durante el viaje. Tras coger sus equipajes de otro compartimiento, avanzaron por el laberinto de pasillos hacia la salida.

De un pasillo lateral surgió Aldric, el sacerdote que acompañaba a Annaelena. Iba, como siempre, envuelto en una túnica andrajosa, aferraba un rosario con fuerza mientras murmuraba una letanía. Acompañaba su oración con un ligero balanceo de cabeza, que hacía que la cresta morena, la única parte de su cabello que no estaba rasurada, se moviera arriba y abajo.

Detrás del devoto del emperador aparecieron dos mujeres, ambas vestidas de azul, y con las melenas recogidas en una tiara. Eran idénticas, salvo por el pelo. La de cabello blanco se llamaba Lya, y era una hermana dialogante. La otra, Mya, de pelo rubio era una hermana hospitalaria. Por lo que Gerrack sabía, eran amigas de Anaelena y esta las había reclutado para ayudarla. Al igual que la inquisidora, ambas poseían un cierto atractivo, fruto de los cosméticos. Sin embargo, las drogas rejuvenecedoras no habían podido disimular del todo sus rasgos duros, por lo que ambas guardaban un aire fiero.

Aldric se paró al verlos y dijo:

-Alabado sea el Emperador por permitirnos llegar a salvo.

-Alabados los pilotos- respondió Nerd- y los genios que diseñaron y construyeron esta nave.

-Hombres todos e hijos del Emperador, en cualquier caso.- Recapacitó Aldric.

-Bueno, no vamos a discutir gracias a quien, pero lo importante es que hemos llegado.- Señaló Gerrack. Al soldado Aldric a veces le aburría, otras veces, le daba miedo. Era un fanático de la religión imperial: todas las cosas buenas las relacionaba con el Emperador, y lo malo con los poderes ruinosos. Para Gerrack el universo era más complicado que todo eso.

-Vamos, hay que escoltar a la inquisidora en el descenso de la nave, tal y como manda el protocolo.- Interrumpió Lya. Las hermanas dialogantes eran expertas en todas las materias relacionadas con la diplomacia, y disponían de un gran acceso a las bases de datos imperiales. En el caso de Lya las consultaba a través de un holo-libro que siempre la acompañaba.

Los seis se situaron detrás de Anaelena, que les esperaba al final de uno de los corredores. La compuerta de la nave se abrió, dejando apoyada sobre el suelo del puerto espacial una rampa, por la que descendió la inquisidora, seguida de su comitiva.

Sobre la pista gris de la explanada de aterrizaje, esperaban dos filas de soldados ataviados con cascos y chalecos blancos. Presentaban sus armas formando un pasillo hasta los que, según supuso Gerrack, eran los representantes y dignatarios del sistema.

Anaelena avanzó hacia ellos con una velocidad medida, ni demasiado deprisa ni demasiado despacio. Sabía que los dignatarios la observaban, buscando pistas sobre su carácter y debilidades, pero ella no les iba a dar información alguna. La información era poder, como bien sabía la inquisidora.

De entre los dignatarios se adelantó una mujer madura, de mirada viva. Iba vestida de gris, negro y blanco. Hizo una ligera reverencia ante la inquisidora, y dijo:

-Bienvenida al planeta de Anjau inquisidora. Mi nombre es Suam Winnett, y soy la condesa de la casa Winnett, regente de este mundo.

Se giró a su derecha, e indicando a un hombre mayor con túnica roja, continúo.

- Permítame presentarle a Tobias Garland, Gobernador del imperio en este sistema, a Brian Autants – Era un hombre muy alto, fuerte, de pelo negro, con un uniforme amarillo, que hizo una delicada reverencia- Capitán de la 5ª compañía de los Marines Espaciales Soles Moribundos, a la abadesa Sofia – una mujer vieja envuelta en un hábito negro, que se agacho para besar la mano de la inquisidora- y a Kareb Toram, Comandante de la Guardia de la unión planetaria. – Era un soldado de rostro curtido, que lucía el mismo uniforme blanco que la guardia de honor.

A continuación, la mujer de pelo blanco que se había presentado como la condesa, se giró a su izquierda, y dijo:

- Estos son los embajadores de los estados que conforman nuestro sistema: este es Illian Merke, de Tatoes- era un hombre con aspecto de contable, de pelo cano y mirada cansada, que tendió su mano a la inquisidora.- Gole Tielen, embajador de la federación Emir, en el planeta Barai- el hombre, de aspecto afable, saludó con una profunda inclinación de cabeza.- Ayana Ostracir, princesa de Kolian, en el planeta Barai- Era una mujer joven de cabello castaño y de expresión fría, que se recogió las faldas de su vestido dorado al hacer una reverencia.- y Kaema Talas, embajadora del Lord de Tierai.- finalizó señalando a una mujer robusta, envuelta en una toga verde, que agachó la cabeza ante la inquisidora.

- Encantada de conocerles- respondió la inquisidora afable. A continuación procedió a presentarles a todos los miembros de su equipo. Gerrack hizo reverencias a todos, tal y como Lya se había esforzado en enseñarle, menos ante el comandante de la guardia de la unión planetaria, y ante el capitán, a los que hizo el saludo militar.

- Inquisidora, en cuanto los sirvientes os hayan enseñado vuestros aposentos, nos gustaría tener una reunión con vos.

Les subieron a todos en un pequeño transporte de 8 ruedas, compuesto únicamente por una cabina acristalada, que les alejó de las pistas de aterrizaje. A medida que viajaban se dieron cuenta de que Anjau era un planeta verde, las casas eran bajas y las poblaciones estaban dispersas. Allá donde miraran no se veían más que suaves colinas y pequeños grupos de árboles. Para Gerrack era aquel un lugar precioso. Sin embargo, algunos miembros de la comitiva como Aldric, que había vivido siempre en planetas industriales, lo encontraban inquietante.

El transporte avanzaba por una carretera de cemento gris. Al llegar a un cruce giraron a la derecha. Tras una colina apareció un palacio rodeado de jardines. Los setos tenían formas geométricas, y algunos de los árboles estaban cubiertos por flores blancas. Gerrack nunca había pensado que pudiese existir algo así. Todos los miembros de la compañía callaban impresionados. En aquellos tiempos no era frecuente encontrar lugares como aquel. Muchos de los planetas que visitaban eran áridos desiertos, o estaban fuertemente contaminados. Incluso aquellos que tenían flora y fauna eran lugares extraños, llenos de animales y plantas alienígenas.

Aldric estornudó. Por la mente de Gerrack pasó aquella campaña en la que su regimiento había sucumbido a unas fuertes reacciones alérgicas. El polen de unas plantas semejantes a helechos les había llenado a todos de granos rojos y picores. Tuvieron que retirarse antes de pegar un solo tiro. Las posiciones en ese planeta quedaron en manos de un destacamento de marines. Nunca llegaron a saber si los marines espaciales soportaron aquel polen por su condicionamiento genético o por sus servo-armaduras.

En Anjau no había peligro de que esto pasara, al menos no de manera general. Tal y como figuraba en los informes que Lya había pasado a todos los miembros de la compañía de la inquisidora, las plantas que crecían en Anjau procedían de los bancos de semillas traídos desde la sagrada Terra hacía milenios. Estas plantas eran a las que mejor adaptadas estaban los humanos. Esto no suponía ninguna garantía, desde luego. Tras miles de años viviendo fuera de la tierra, algunos seres humanos no soportaban ya la convivencia junto a las especies con las que antaño habían compartido planeta. La evolución había seguido su camino.

Por fin llegaron a un caserón cubierto de piedra blanca, que estaba junto al palacio, y parecía haberse construido a juego del edificio principal. Cuando bajaron del transporte, una mujer vestida con una armadura negra cubierta por una sobrevesta blanca les salió al encuentro. Se quitó el casco, dejando ver una media melena blanca, y se arrodilló ante Anaelena.

-Santa Inquisidora, mi nombre es Sonya, soy la hermana Palatina que la Abadesa Sofía ha asignado a vuestro servicio. Los aposentos ya han sido asegurados por dos docenas de mis hermanas. Estamos vigilando cada entrada y cada ventana.

-Gerrack, Thomas, acompañad a la hermana Sonya.-ordenó Anaelena- Que os explique todas las medidas adoptadas para asegurar el edificio. Nerd, Mya, encargaos de los equipajes. Lya, tu acudirás conmigo a la reunión con la condesa.

-No hará falta que encarguéis a vuestros hombres descargar el equipaje- La hermana Sonya hizo un gesto y media docena de chicas jóvenes aparecieron. Iban cubiertas de arriba abajo con un hábito blanco.- Mis novicias os ayudarán, harán todo lo que la hermana Mya les diga. Serán vuestras servidoras mientras permanezcáis aquí.

-Muchas gracias hermana- dijo Mya, inclinando la cabeza ante Sonya. Pertenecían a la misma institución, y Sonya, al ser palatina, era su superiora.- Me comprometo a enseñarlas a ser dignas hijas del emperador mientras permanezcan a mi cargo.


-Precisamente ese favor quería pediros- continuó Sonya- Hace tiempo que no pasa una hermana Hospitalaria por aquí, y quisiera que las instruyeseis cuando tengáis tiempo. Han recibido una formación básica en medicina, y estoy segura de que aprenderán rápido.


-Es la voluntad del emperador- Terció Anaelena, posando la mano sobre la cabeza de una de las novicias. Con aire aristocrático, miró detenidamente a la hermana Sonya.- Hermana me gustaría que colaborarais con mi investigación.

-Es la voluntad del emperador- Respondió la sororita.

-Bien. Nerd, acompañaras a Gerrack y a Thomas, Aldric por favor- Indicó al sacerdote con cresta,- encárgate de Romen. Después pide a una de las hermanas que te lleve a hablar con las autoridades religiosas del planeta. Pregúntales a ver si saben de alguna herejía, reciente o antigua.

El sacerdote aceptó la orden sin chistar, dirigiéndose hacia aquella ruina humana conectada a cientos de tubos, que durante todo el viaje no había pronunciado una palabra.

Romen, así lo llamaban por el ruido que emitía con su voz gutural. Era el psíquico no autorizado número 41-3000611489-P. Había sido despojado de su nombre y su pasado, y ahora estaba atado por cables y tubos a un trozo de metal antigravitatorio, que le hacía flotar. A Gerrack la primera vez le había parecido un fantasma, un alma en pena. Y con el tiempo descubrió que no había estado tan desencaminado.

Romen era poco más que una suma de una veleta y un pararrayos psíquico. Reaccionaba a las fuerzas psíquicas, y su misión era atraer los ataques síquicos para que no afectasen a Anaelena y su escolta. Probablemente había perdido su cordura tiempo atrás. Su rostro estaba tan desfigurado por el dolor que lo habian cubierto por una capucha. Gerrack sentía pena por el: sufría la más terrible de las condenas simplemente por haber nacido con un poder que no podía controlar.

Aldric, empujando suavemente el trozo de metal flotante, se llevó a la desafortunada mezcla de hombre y maquina al interior del palacete.

Pronto la parte delantera de la casa, cubierta de una fina capa de piedrecitas, se llenó de actividad. La inquisidora miró a su alrededor satisfecha, y le pidió a Lya que la acompañase. Un hombre les esperaba pacientemente para conducirlas a la presencia de la Condesa. Cuatro silenciosas hermanas sororitas se situaron a su espalda para escoltarla.

Anaelena y Lya siguieron a aquel hombre con paso lento por los jardines. Un ligero viento hacía ondear las capas de las dos mujeres. Los macizos de flores y los árboles formaban un laberinto de formas geométricas. Los caminos entre lo setos estaban cubiertos por piedrillas blancas. La temperatura era agradable y la luz del único sol del planeta, calentaba su piel de forma agradable.

Gerrack escuchó un sonido repetitivo de pitidos. Intercambió una mirada interrogadora con Nerd. Este se encogió de hombros. ¿Qué estaba pasando?

Fue la hermana Sonya quien les aclaró lo que sucedía:

-Hay intrusos en la casa. Es la alarma.

-¿Dónde están los paneles de control?- Preguntó Nerd, de repente concentrado.

La palatina le señaló hacia la entrada. El hombrecillo corrió hacia allí con la
pistola desenfundada.

Las hermanas de batalla se desplegaron con silenciosa eficiencia, cubriendo todos los accesos de la mansión. Thomas, cubierto por el escudo, y con Gerrack a su espalda, se internó en la casa. Sonya y dos de sus hermanas les siguieron.

Llevaron a cabo un registro metódico, manteniendo siempre una pared a su derecha. Las estancias estaban decoradas de forma sencilla, pero lujosa y cómoda. Gerrack no pudo prestar suficiente atención a aquellos detalles. Sostenía su rifle ante su rostro, atento a cualquier movimiento que se produjese ante el escudo de Thomas.

Atravesaron una puerta, todavía en el primer piso de la mansión. Allí había dos hombres vestidos con monos grises, en mitad de una habitación iluminada. Iban armados con pistolas. Gerrack disparó. Mientras uno de ellos se desplomaba con un punto rojo en mitad de la frente, el otro saltó por la ventana.

Thomas, Gerrack y Sonya avanzaron hasta el ventanal. Antes de que la alcanzasen se oyeron disparos de bolter. Cuando por fin alcanzaron la repisa, la mirada de Gerrack se posó en el cadáver del intruso, acribillado por las hermanas de batalla que le esperaban fuera.

Un ruido de motor se escucho entre unos árboles cercanos. Un transporte de tres grandes ruedas se había puesto en marcha, escapando de aquel lugar.

Gerrack dijo:

-Vamos a perseguirles. Cogeremos el transporte de la entrada. Tu, Thomas, llévate a algunas sonoritas, y comprueba que la inquisidora esté bien.

El enorme cruzado se limitó a asentir.

Corrieron hacia la entrada donde les esperaba Nerd con los brazos en jarra.

- ¿Qué ha pasado? - Preguntó el hombrecillo ceñudo.

-Nos vamos en el transporte.- Le contestó Gerrack casi sin aliento.

El hombrecillo no preguntó más. A pesar de sus cortas piernas, fue el primero en llegar a la cabina y ponerse a los mandos del transporte. Cuando lo arrancó, las ocho ruedas chirriaron. Gerrack se subió en marcha, seguido por Sonya y cinco ceñudas hermanas de batalla.

Mientras el transporte aceleraba, Gerrack no pudo evitar hacer una mueca. Aquello no había sido un buen comienzo.

A pesar de la belleza de los jardines, Anaelena estaba enfadada. Sospechaba que el fin de aquella misión era puramente diplomático en el mejor de los casos, o quizá un error burocrático. En la reunión con los representantes de los planetas comprobaría en que estado se hallaba el sistema, aunque, de momento, la situación no parecía tan mala: había visto pocos soldados en el planeta, y además no había tanques en las calles, ni naves pertrechándose… ningún signo de movilización militar o de revuelta civil. Eso siempre solía ser una buena señal.

La inquisidora iba perdida en sus pensamientos, pero su sexto sentido todavía estaba alerta. Al pasar entre dos setos altos, el movimiento de una sombra la hizo agacharse de manera instintiva. Un hombre, vestido con un mono gris, saltó sobre ella. Una espada sierra pasó a escasos centímetros del moño de la inquisidora, que quedó tendida en el suelo, tras la repentina esquiva.

Anaelena solo pudo ver por un instante el rostro de su atacante. Era joven, de piel morena y ojos grises. Apretando los dientes alzó una pistola apuntando directamente a la cara de la inquisidora.

Matadlos a todos, el emperador sabrá reconocer a los suyos.
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