LA LIBERACIÓN DE BONAVENTURE

12 años 1 mes antes #18046 por Sidex
Buen relato, pero creo que lo de calefactor de plasma no encaja, no dominamos los reactores e plasma lo suficiente para minituarizarlos y meterlos en un fogon, qudaria mejor algo tipo calefactor electrico o asi, es un simple apunte ,ecuentro que tu trabajo es muy bueno.

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12 años 1 mes antes #18047 por abbadon
Lo que dijo Grimne,muy buen relato.

[url=http&#58;//www&#46;heresy-online&#46;net/daemons/levelup/16504-shil----kal----kun&#46;htm:rl5ziuli][img:rl5ziuli]http://www.heresy-online.net/daemons/adoptables/16504.gif[/img:rl5ziuli][/url:rl5ziuli]

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12 años 1 mes antes #18057 por Grimne
Pues Sidex, los hornillos sospechosamente avanzados aparecen mucho en relatos de 40K. Sin ir más lejos Larkin de los Tanith tenía uno de FUSIÓN en el primer libro. Éso sí que es café instantáneo. :laugh:

[img:3ppbkf6b]http://img33.imageshack.us/img33/6517/firma2joy.jpg[/img:3ppbkf6b]

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12 años 1 mes antes #18066 por Darth Averno
También te felicito por el relato. Hasta el momento, me parece muy bueno.

Espero a que haya algo más, y te haré un análisis más profundo...

Saludos.

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
[url=http&#58;//www&#46;letaniadesangre&#46;com:rl5ziuli][img:rl5ziuli]http://www.letaniadesangre.com/firmas/firma02.jpg[/img:rl5ziuli][/url:rl5ziuli]
"Nena, que buena que estás... ¿te vienes a... matar humanos?..."

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11 años 11 meses antes #20791 por Konrad
[i:2culrvbs]Día 1. 6:45h.[/i:2culrvbs]

El cielo sobre ellos, cubierto por unas espesas nubes de un tenue gris y con el aspecto de algodón, parecía anunciar otra tormenta de aguanieve. No obstante, se habían acostumbrado ya a verlo así, y sabían que lo que en Samotracia era señal inequívoca de un temporal invernal, allí era el pan de cada día en los meses fríos.

Avanzando por la amplia avenida, la columna se movía como una gigantesca y pesada serpiente de metal entre acantilados de edificios. Se notaba que aquella antaño había sido una de las grandes vías de tránsito de la capital: lejos de los neutros apartamentos de hormigón de los arrabales, cada casa estaba construida con piedra y materiales nobles. Las casas lucían ventanas de altos y agudos picos, muros blancos y ornamentadas gárgolas en los extremos de los inclinados tejados de pizarra, características de la arquitectura de estilo gótico tardío que denotaba un alto estatus.

Ahora, todo aquello se había esfumado. Las blancas paredes estaban ennegrecidas por el hollín y acribilladas por la metralla; semejaban más la superficie de un asteroide que las fachadas de las viviendas de la clase alta. Las gárgolas seguían sonriendo, pero con sus facciones desgastadas por la lluvia ácida de siglos, y los combates de los últimos días. La mayoría de las casas lucían los efectos colaterales del poder de la artillería pesada: tejados hundidos, muros derruidos, fachadas reducidas a cascotes mostrando sus lujosas entrañas devoradas por los incendios. En los muros que aun no habían sufrido el ataque de las llamas o los obuses, podían verse pintados símbolos blasfemos o lemas de desafío a los guardias imperiales.

Apiñados sobre los transportes de tropas Chimera como la progenie de una araña sobre su madre, los soldados de la 82º División Mecanizada contemplaban el desolado paisaje. Los más veteranos miraban recelosos el vacío silencioso de las casas y de las calles que cruzaban, esperando de un momento a otro ver surgir la estela de un cohete anticarro de las ventanas negras como cuencas oculares de una calavera. Los más jóvenes, reclutas todos ellos, paseaban su mirada vidriosa y cansada sobre todo cuanto les rodeaba con una mezcla a partes iguales de curiosidad, miedo y excitación.

Las conversas fluían sobre los vehículos de color verde oliva sucio, pero no eran para nada naturales: simplemente, les servían para distraer el nudo que todos sentían en el estómago, la sensación de un combate inminente. La verdadera tempestad no caería del cielo, desde luego.

El cabo furriel Alexander Broz revisaba su maltrecho rifle láser. El metal de la culata estaba abollado, las cinchas de cuero de la correa estaban remedadas con cinta adhesiva negra y la pintura gris verduzca de mala calidad casi había desaparecido. No obstante, seguía funcionando perfectamente, seco, mojado o helado. Sacaba los cargadores, comprobaba su carga, y los unía mediante cinta adhesiva en paquetes de dos. Como le había dicho el viejo Josip, que el Emperador lo tuviera en su gloria: “Cuando estés en un combate cerrado, ponerte a buscar en el macuto será como si le hicieras un calvo al enemigo.”

El resto de la escuadra se dedicaba a tareas similares. Todos ellos estaban sentados con las piernas colgando hacia fuera, de tal modo que, en caso de ataque, un simple salto y ya estaban fuera del vehículo. Algún comentario en tono de reproche o consejo paternalista de los veteranos como Broz a los jóvenes reclutas eran las parcas palabras que cruzaban entre ellos. Todos permanecían atentos, alerta.

Mitrovic, el artillero auxiliar a cargo del bolter pesado de la escuadra, compartía cigarrillos con uno de los dos nuevos. Broz no pudo evitar sonreír al ver el contraste entre el enorme corpachón de Mitrovic, con su pecho de toro cruzado por las cintas de munición del bolter y sus inmensas manazas velludas, y el aspecto juvenil del recluta. El casco le iba un tanto grande, y el uniforme de estrías verdes y pardas que llevaba le quedaba antinatural.

La voz gangosa de Nikola rompió el sepulcral silencio.

-Bueno, parece ser que el Pacto sangriento se ha acojonado y nos va a brindar una cálida bienvenida, la cual agradeceré porque hace un frío de cojones.

Mitrovic no tardó en replicarle, como hacía siempre. Ambos individuos se odiaban de una forma sincera y visceral.

-Calla, idiota.

-Calla tú, gorila lobotomizado. Se me congelan hasta las muelas aquí, y el jodido paseo en tanque me está mareando.- Carraspeó y escupió. El escupitajo dio en el blindaje frontal del tanque que iba tras ellos.- Para hacer un paseo por el parque, mejor me dejan en los cuarteles. En Morlond, al menos, ganábamos medallitas de colores.

Nadie contestó a la ocurrencia del soldado. Estaban ya hartos de su humor soez y deslenguado. Broz pensó para sus adentros que agradecería que algun hereje le reventara la tapa de los sesos en un plazo de una semana. A la vista de lo que les esperaba, era más que posible. Sólo que dudaba de que él pudiera llegar a disfrutarlo.

Seguían avanzando en una lenta procesión. Las calles estaban cubiertas de cascotes, y podían ver como algunos blindados, equipados con bulldozers, se afanaban en allanar el camino al avance imperial. Los piquetes de soldados con el negro uniforme del Comisariado avanzaban a ambos lados de la columna, registrando los civiles que salían asustados con las manos en alto de sus hogares. Más de una vez, los soldados vieron con impotencia como eran ejecutados sumariamente por jóvenes cadetes de comisario con largos abrigos de cuero.

Pasaron frente a un vehículo blindado destruido. Aún lucía los colores de las FDP de Bonaventure. Alguien, jocosamente, había escrito con tiza: [i:2culrvbs]El temible enemigo que Steiner no pudo vencer[/i:2culrvbs]. Las risas estallaban en todos los vehículos de la columna que pasaban frente al improvisado gag sobre su antiguo comandante.

Toda la escuadra rió. Nikola, escandaloso como siempre, a punto estuvo de caer del tanque del ataque de risa que le cogió.

-¡Steiner, valiente inútil! ¡Muy cierto, muy cierto!

El sargento Bruno Mladic le dirigió una severa reprimenda.

-Nikola, más cuidado. Como te oiga uno de los comisarios, ni yo ni el coronel te salvaremos del pelotón de ejecución.

Tras ese breve momento de risa, de nuevo se apoderó de ellos la misma mirada perdida, los mismos sombríos pensamientos, aquella certeza funesta que los veteranos de Morlond y Urdesh tan bien conocían. El trayecto prosiguió otra media hora, media hora de tedio mezclado con tensión. Las calles progresivamente tenían más restos de vehículos y cráteres, testigos del bombardeo matinal. Empezaron a ver los primeros cadáveres. Civiles y milicianos en harapientos uniformes, y de vez en cuando, algún cadáver con el rojo oscuro del Pacto Sangriento. Los soldados escupían sobre los cadáveres del odiado enemigo.

Llegaron a una gran plaza, confluencia de dos avenidas. El primer tanque que entró, explotó en una brillante rosa de fuego. Luego, otro más estalló, arrojando eslabones de orugas y piezas de carlinga al aire, que sonaban estrenduosamente al chocar contra el suelo. Los gritos empeazron a oírse, órdenes y contraórdenes. Por la radio, alguien indicaba las posiciones de artillería enemiga.

La columna se dispersó, rompió su formación. Los hombres se descolgaron de los vehículos y empezaron a extenderse por entre los cascotes. Las dotaciones de armas pesadas tomaron posiciones: dispusieron sus armas, las cargaron y buscaron objetivos en las anónimas paredes grises que les rodeaban. Pronto, de los edificios cercanos, empezó a caer una lluvia de fuego láser y proyectiles sobre la infantería samotracia. Los guardias imperiales respondieron, y pronto se les unió el apoyo de los cañones de los blindados.

El sargento Bruno Mladic, Nikola y el joven recluta al que Mitrovic había dado sus cigarrillos cayeron en los primeros disparos. Como ellos, varias decenas más de hombres murieron. Los uniformes verde-parduscos de los samotracios se unieron a la gama cromática de los colores que lucían los cadáveres. Chillidos desgarradores de heridos y moribundos fueron audibles incluso entre el fragor del caótico combate.

En otros puntos de la ciudad, las otras columnas imperiales empezaron a toparse con la misma encarnizada oposición. De los edificios en ruinas, respondían los herejes con armas ligeras y anticarro. Los tanques disparaban a quemarropa contra edificios, sepultando bajo cascotes decenas de hombres. La infantería asaltaba las casas, se luchaba cuerpo a cuerpo con cuchillos, culatas y manos por cada habitación, cada pasillo, cada metro cuadrado.

Todo el mes anterior, había sido una mera farsa.En ese momento era cuando los verdaderos combates por Bonaventure acababan de empezar.

Sólo el Emperador sabía por cuánto más durarían.

Envio editado por: Konrad, el: 2008/10/29 20:01

[img:rl5ziuli]http://i674.photobucket.com/albums/vv106/feofitotu/shooter-1.jpg[/img:rl5ziuli]

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11 años 11 meses antes #21051 por Konrad
[i:15sy8et3]Día 1. 18:00h. [/i:15sy8et3]

El anochecer llegaba a su fin, y la noche empezaba a caer sobre la ciudad. Algunos rayos dorados del sol poniente lograban cruzar la densa capa de nubes, arrojando largas sombras sobre los edificios envueltos en la penumbra. Los montones de cascotes y ruinas creaban un juego de luces en el que furtivas figuras oscuras se movían de un lado a otro, al amparo de la oscuridad.

Por las calles desiertas, los patios vacíos y las casas destruidas, resonaban los disparos y los gritos. Esporádicamente, retumbaba el estallido de una carga de demolición o un obús, y se proyectaban fulgores anaranjados en las paredes. Los soldados ojerosos y cansados seguían combatiendo, pero las posiciones parecían haberse estancado ya, y los combates progresivamente se iban reduciendo en intensidad, quedando en algún intercambio de fuego aislado entre dos edificios cercanos.

En el tercer piso de un bloque de lujosos apartamentos, el pelotón del teniente Koresh había tomado posiciones. Por las ventanas los soldados de guardia vigilaban la oscura calle, atentos a cualquier posible enemigo desplazándose oculto entre los escombros. Sus compañeros descansaban en las habitaciones, destrozados físicamente tras doce horas de continuos combates casa por casa. Por hoy, había suficiente.

Los cincuenta miembros del pelotón se habían distribuido entre dos habitaciones adyacentes. No habían dudado en tomar todos los colchones posibles del edificio antes de que llegara el resto de la compañía. Algunos dormitaban tendidos sobre los sucios colchones, o jugaban a cartas, fumando cigarrillos apestosos. Otros se dedicaban a destrozar armarios bellamente tallados con espadas sierra y culatas de rifle para hacer fogatas con las que calentarse en la fría noche de Bonaventure.

En un rincón, sentados sobre un sofá con los colchones acribillados por los disparos láser, el teniente Koresh y su ayudante revisaban en un mapa las posiciones conocidas de las fuerzas imperiales. Como podían ver, y a pesar de la tenaz resistencia desplegada por el enemigo, los objetivos se habían cumplido, dentro de los parámetros propios de aquél encarnizado combate. El espaciopuerto había caído, y el distrito comercial estaba en su mayor parte bajo poder imperial. Sólo la ciudadela seguía lejos de las fuerzas de la Guardia Imperial.

Alguien picó en la puerta. Los soldados pronto se pusieron tensos, dejando sus quehaceres. Las conversas se interrumpieron, las cartas se desparramaron por el suelo. El guardia de la puerta se puso el rifle al hombre.

-¿Quién va?

-¡El Pacto Sangriento, no te jode! Intendencia. La cena está servida.

Abrió la puerta. Entró un soldado ya mayor, con la barba de tres días y los ojos llorosos, ataviado con un pesado abrigo y un gorro de lana. A su espalda cargaba un pesado contenedor de aluminio. Se lo descolgó y lo depositó en el suelo. Abrió la tapa, y el olor a comida llenó la sala. Con la mano derecha tomó un cucharón, mezclando el contenido líquido, mientras tendía la mano izquierda al aire.

-Acercadme las fiambreras.

Algunos hombres se pusieron en fila, acercándole las fiambreras de abollado metal. El soldado de intendencia empezó a servirles. La cara de los hombres cambiaba en cuanto veían el contenido del plato: una sopa casi transparente con algún triste pedazo de carne ahumada flotando, solitario.

Un cabo no pudo reprimir un comentario al intendente.

-¿Qué bazofia es ésta?

El intendente levantó sus ojos grises cargados de legañas de los paltos que servía y los clavó en el hombre que tenía enfrente.

-Yo qué sé. –Dijo, encogiendo los hombros y con aspecto resignado.- No te quejes, porque yo también he de comer esta sopa de meado.

-Sí, pero me apuesto que el general de la división y su estado mayor comen buenos filetes de grox.

Koresh levantó un momento la vista del mapa y dirigió una mirada reprobadora al cabo deslenguado.

-Cabo Michelss, moderé su lengua. Eso podía considerarse falta de respeto a los superiores.

-Pero teniente, sólo he dicho una verdad como un templo…

-Michelss, bastantes bajas hemos sufrido hoy como para que usted se empeñe en que lo fusilen.

Michelss volvió a su sitio, con el ceño fruncido y murmurando por lo bajo. Se sentó y empezó a devorar con avidez la sopa, como hacían el resto de compañeros. Un silencio sepulcral envolvía las habitaciones. Ni risas, ni charlas, nada. Estaban demasiado cansados para ello. La mayoría, en terminar su cena frugal, se recostaban en los colchones, se cubrían con mantas polvorientas que habían sacado de los armarios de la casa e intentaban dormir.

La mayoría de los hombres roncaban ya. Koresh dejó a un lado el mapa, se levantó del sofá y se restregó los ojos. El cansancio también hacía mella en él. Sentía todas sus articulaciones cansadas, sus extremidades pesadas. El fuego casi se había extinguido, y hacía frío. Se puso encima el pesado abrigo gris con la insignia de la 30º división de infantería de Sarpoy, y se acercó a una de las ventanas.

Sentado sobre una vieja silla, un soldado montaba guardia con su rifle de plasma, apoyado en el alféizar. El teniente se sentó a su lado. Se sacó un cigarrillo, se lo puso en la boca y lo encendió. Antes de guardar de nuevo el paquete en el bolsillo, se lo tendió al guardia.

-No gracias.- Dijo el hombre, negando con la cabeza.- Como un francotirador enemigo vea el pitillo encendido, mi cabeza correrá peligro.

-De acuerdo.- Guardó el paquete.- Tranquilo todo, ¿no?

-Sí, de momento tranquilo.- Dijo el soldado.- Aunque no creo que bailen mucho esta noche. Les hemos pegado una buena zurra. Estarán lamiéndose las heridas.

-Eso espero. Nos conviene descansar esta noche. Bastante duro será ya lo que viene.

-¿Cuántas bajas, señor?

-Sesenta heridos, treinta y dos muertos en la compañía. Sólo doce heridos leves de nuestro pelotón.

El soldado soltó un silbido.

-Joder, esto es tener suerte. Aunque no creo que nuestros culos salgan tan indemnes en cuanto acabe todo esto.

El teniente se levantó. Los párpados se le cerraban.

-El Emperador protege, soldado. Voy a dormir. Y usted hágalo también.

-De momento no, señor. De aquí a media hora cambio de turno. Hasta entonces, a helarme el culo.

-Procure que no le vuelen la cabeza. Demasiado pronto para empezar a tener bajas.

-No se preocupe, señor, esta noche no. Pero mañana ya será otra cosa.

Tendido ya en un colchón, cubierto por una manta, apenas oyó la respuesta del soldado. Respondió, casi subconscientemente.

-Sí, mañana será otra cosa…

[img:rl5ziuli]http://i674.photobucket.com/albums/vv106/feofitotu/shooter-1.jpg[/img:rl5ziuli]

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