Capítulo 3: La Despiadada Cosecha del Dolor

11 años 2 semanas antes #42085 por Sidex
Muy bueno, si señor! , y aunque no a sido como pensava, la historia a sido brutal, yo todo el rato pensava que cuando un pj estava al lado de un marine, haria explotar una bomba de fusion o unas granadas krak jejej, pero este final a estado igual de epico.

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11 años 2 semanas antes #42482 por Ragnar
Hola! Al brutal de Sir Fincor le faltan aes y exclamaciones, sin lugar a dudas lo mejor que he leído desde hace bastante tiempo, te has superado!!

Épico es decir poco para definirlo, aunque yo también esperaba que al final sacara una granada de alguna parte....:whistle:

Lo que no me cuadra mucho es que una escoria caótica le haga ningún comentario alabando su acción y después lo despache (muy cabreado, eso sí...) como si nada. Pero vamos, por ponerte algún pero, aunque me suene flojo hasta mí...jejeje

En resumen, reitero mis felitaciones y te pido encarecidamente que les eches una manilla a los GI, que siempre se tienen que llevar el final épico los pobres...;)

Un saludo!

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11 años 1 semana antes #42654 por Darth Averno
Hola a todos!

Nada, subo este mensaje para daros como siempre las gracias por el apoyo (aunque espero que seáis críticos si se llegara el caso...).

Y poco más... así hago un poco de &quot;hype&quot;, como en el mundo de los videojuegos. Mañana por la noche (menos de 24 horas!!!), colgaré la siguiente parte...

El sargento Danker ya murió haciendo explotar varias granadas (enterradas en las entrañas de un marine traidor, jejeje...). Hubiese sido demasiada casualidad...

Bueno, hoy estoy exhausto. Para después de la próxima sección, os escribiré ciertas reflexiones sobre el relato (y quizá os haga partícipes de otros proyectos que saldrán a la luz en breve)... aunque normalmente se me ignoran esos post... por lo visto, todo lo que NO sea hacer saltar entrañas por doquier, no interesa :laugh: :laugh: ...

Como siempre, gracias de nuevo.

Un saludo.

T&eacute;meme, pues soy tu Apocalipsis.
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&quot;Nena, que buena que est&aacute;s... &iquest;te vienes a... matar humanos?...&quot;

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11 años 1 semana antes #42659 por Sidex
Tienes razon, hacer saltar entrañas mola XD

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11 años 1 semana antes #42721 por Darth Averno
Sección XI: Grabación

La sala era amplia y ovalada. Las rejillas de ventilación zumbaban suavemente, introduciendo el aire del exterior, previamente depurado. Transportando parcialmente el olor de la lluvia que estaba cayendo sobre el Fuerte. Destacaban los gruesos muros, afianzados por robustas columnas cuadradas que ascendían hacia la cúpula circular. Dentro del triángulo que formaba cada una de ellas con sus hermanas, había una ilustración de detalle excepcional. Un óleo narrando gloriosas victorias de las fuerzas sartosianas ante el xeno, el hereje o el traidor. La iluminación provenía de mismos muros, de unas lámparas opacas de grueso cristal con forma de vasija, que estrellaban su luz contra la pared creando lo que se podría llamar un agradable ambiente de iluminación indirecta.

El cual se enturbiaba totalmente por la tensión que se respiraba entre los ocupantes de la estancia.

Ubicada en el centro descansaba la mesa de reunión, encajando perfectamente con la forma de la sala. La madera oscura y pulida presentaba un reborde en obsidiana. Los once sillones que la circundaban eran de un tono violáceo, mullidos y pesados, dignos de altos mandatarios. Cada uno de ellos tenía cosido con hilo de oro el emblema de Sartos IV en los reposabrazos, el de Fuerte Victoria en el asiento y el Águila Bicéfala Imperial en el respaldo. Aunque todos languidecían en comparación al último sillón, el duodécimo, posicionado sobre un atril de maderas nobles. La tela era del color del oro viejo. Piedras preciosas engastadas recorrían su superficie, absorbiendo la escasa luz para crear un pequeño fuego interior, ensombreciendo las delicadísimas tallas sobre la madera de color vino.

El sillón de mando. Aquel que pertenecía a la Gobernadora de Fuerte Victoria. Actualmente se encontraba vacío.

Al igual que casi todos los demás. De hecho, tan sólo tres sillones estaban siendo utilizados. Cada uno simbolizando una de las fuerzas del bastión defensivo. A modo de escolta, detrás de cada uno de los ocupantes se encontraban dos personas más.

El Comandante Julius Garreth estaba sentado en el lugar que había ocupado desde su llegada a Fuerte Victoria. Al lado izquierdo del sillón de mando. Se mantenía con la cara apoyada sobre el puente que hacía con ambas manos, sus ojos brillando entre las sombras generadas por la visera de su gorra de campaña. Su libreta se encontraba cerrada a su lado, manteniendo la delicada pipa y la piedra redonda que utilizaba como yesca. Enfrente a él, manteniéndole la mirada en la posición directamente opuesta, se encontraba el Barón Pétain, recostado en el sillón, vestido con una de tantas ostentosas casacas de guerra, perfectamente impoluta, y cargada de medallas. Su rostro ancho contrastaba con sus pequeños ojos de reptil, brillantes y demasiado juntos. Mantenía una media sonrisa desdeñosa mientras jugaba con sus pulgares. En el tercer asiento, ubicado a una distancia equitativa de los otros dos, se encontraba el joven Leonardo Blake, moviéndose nerviosamente como si estuviese a punto de saltar debido a un resorte. Vestía un cuidado traje de campaña oficial de Sartos IV, sobre el cual había bordado casi todo tipo de escudos y emblemas de las Fuerzas Militares planetarias.

-¿Qué es esa información tan urgente, Comandante Garreth? –Graznó Leonardo sin ocultar su ansiedad. Sus dedos repiqueteaban nerviosamente sobre la mesa. –. El que me haya convocado, como Capitán de los Leones de Sartos, quiere decir que es algo importante. Porque bien sabe que nosotros, los Leones de Sartos, somos la fuerza definitiva que queda en este planeta. Somos los defensores del honor y orgullo sartosiano ante el pútrido invasor. Somos la ira de los dioses que cae sobre el xeno y el traidor. Somos…

-Silencio. –Espetó el Comandante Julius Garreth con sequedad, sin ni siquiera mirar al joven. –Proceda, soldado.

Ignorando la cara de muda sorpresa que había puesto el “Capitán de los Leones de Sartos”, Maethul, el soldado de comunicaciones, dio un nervioso paso al frente y saludó. Se acercó a un sistema mecánico sito en la pared, lo conectó y, pasados unos segundos, introdujo un disco de grabación en la bandeja metálica emergente. Presionó el botón de inicio.

–… Sargento Tho… bon al ha… recibe Fuerte Vic… nicamos desde... mos en zona blan… aquí Sarge… Barbon…

Pequeños altavoces repartidos por la sala comenzaron a reproducir el mensaje. El soldado de comunicaciones fue moviendo los controles hasta que la voz se aclaró. Aunque durante la trasmisión en directo la señal había sonado tan entrecortada como en la frase anterior, los filtros aplicados posteriormente habían mejorado sensiblemente la grabación.

- Aquí Sargento Thomas Barbon al habla ¿me recibe, Fuerte Victoria? Comunicamos desde la caravana. Estamos en Zona Blanca.

Después de varias repeticiones del saludo del sargento Barbon, súbitamente una segunda voz sonó en los altavoces.

-Le recibimos, Sargento Thomas Barbon. Somos el sistema de comunicaciones del Punto de Defensa de Elayana.

-¿Punto de Defensa de Elayana? Pero si…


La estática interrumpió la frase. Mantuvo su siseante sonido durante unos instantes. Aunque de vez en cuando daba una pequeña tregua y se podía llegar a escuchar alguna sílaba suelta, generaba un mensaje ininteligible. Maethul se empleó a fondo durante unos instantes para regular el sistema, apretando botones y girando controles, para finalmente aclarar la señal nuevamente.

-Sargento Barbon, manténgase en éste canal, es una frecuencia segura. Le pasaremos cualquier tipo de nueva información que recibamos desde Fuerte Victoria.

-Comprendido, camarada…


-Si ha terminado de calibrar el dispositivo, soldado, reproduzca la conversación nuevamente desde el inicio. –Ordenó el Comandante Garreth por encima de las últimas frases de despedida de la trasmisión, sin desviar su mirada del Barón Pétain.

-Señor. –Contestó únicamente Maethul. Sus dedos volaron por el teclado, y lanzaron nuevamente el mensaje.

Que se reprodujo íntegramente, desvelando todo su contenido.

La trasmisión terminó con un chasquido. El soldado de comunicaciones Maethul retiró el disco de grabación de la bandeja y volvió a su posición al lado del veterano Icael. Como escolta del Comandante.

-¿Qué intenta decirnos con esto, Comandante Garreth? –Dijo el Barón Pétain con arrogancia.

-¡La Caravana está en peligro! –Interrumpió Leonardo poniéndose de pie. -¡¿Es que nadie más se da cuenta?! La información que ha recibido es falsa…

-Silencio. –Cortó el Comandante Garreth, con tono amenazador. Volvió su mirada hacia Leonardo, que calló inmediatamente y se sentó, con la ansiedad marcada en el rostro. Comenzó a repiquetear con los dedos sobre la mesa, a tal velocidad, que parecía que de un momento a otro le prendería fuego. Pero se mantuvo en silencio y dejó que el Comandante continuara. –Lo que el mensaje quiere decir está claro, caballeros. No es ése el motivo por el que les he reunido aquí. Sino para comunicarles lo que ocurrirá a partir de ahora.

La expectación fluyó por la sala. Sin cambiar su postura, el Comandante Garreth continuó.

-Pero, antes de nada, es preciso ponerles en antecedentes. –El Comandante Garreth carraspeó suavemente. – La Caravana ha entrado en Zona Blanca, pero su emisión de localización ha sido interceptada por el sistema del Punto de Defensa de la ciudad de Elayana. Este punto sigue estando tomado por las Fuerzas Traidoras…

-¿Y no podríamos haber contactado con ellos después, o bien haber interrumpido el mensaje? –Interrumpió el Barón Pétain moviendo vagamente una mano, con una cínica media sonrisa. Leonardo chasqueó los dedos apuntando al Barón, suscribiendo la idea.

-¿Soldado Maethul? Sea tan amable de contestar al Barón. –Respondió el Comandante Garreth con frialdad.

-Señor. –Dijo el soldado de comunicaciones. Se sintió incómodo en el momento, porque todas las miradas, salvo la del Comandante, se giraron hacia él. Se dijo a sí mismo que no tenía de qué preocuparse. Tan sólo tenía que dar datos objetivos, nada más. Las peleas internas que se mantenían entre las dos facciones (a fin de cuentas Maethul pensaba, como muchos otros, que Leonardo Blake era únicamente un idiota) no dependerían de su selección de palabras. Se aclaró la voz y comenzó. –Según lo que he comprobado, el Punto de Defensa ha empleado un sistema que estaba preparado para caso de guerra, pero no operativo hasta el momento. El Sistema de Seguridad Aero para Comunicaciones (SSAC) blinda la señal ante interrupciones, dejando una conexión activa residual tanto en el emisor como en el receptor. De tal modo que una vez que se establece la comunicación, pase el tiempo que pase, la frecuencia entre las partes está libre de interrupciones o suplantaciones.

-Entonces, ha sido cuestión de suerte. Si nosotros hubiésemos contactado antes con la Caravana, no nos habrían podido interrumpir, ¿verdad? –Preguntó el Barón Pétain clavando sus ojillos de reptil sobre Maethul, que no le pudo mantener la mirada y se removió inquieto.

-Eso no hubiese sido del todo así, Lord Pétain. –Respondió Maethul, peleando a brazo partido por mantener una apariencia sosegada. –Fuerte Victoria no dispone del sistema SSAC, tan sólo los Puntos de Defensa. El motivo de esto es la tercera revisión de la Ordenanza de Defensa. De esta manera, la comunicación se compensa en…

-Suficiente, soldado. –Espetó el Barón Pétain. La media sonrisa se había borrado de su rostro. –No preciso más especificaciones técnicas. La única información útil es que, una nueva Ordenanza de nuestra Gobernadora, que el Emperador tenga en su gloria, se ha mostrado inútil ante un conflicto real. Es más, nos deja en franca desventaja… o incluso puede habernos condenado, ¿verdad, Comandante?

Maethus se giró hacia el Comandante. Vio como los ojos de su superior brillaban bajo la gorra, manteniéndose fijos sobre el Barón. El soldado de comunicaciones sabía que había sido un comentario hiriente. La Gobernadora Victoria Van Garde había sido la esposa del Comandante Garreth, y el hijo de ambos lideraba la Caravana. Pero también era un secreto a voces la ambición del Barón Pétain por conseguir finalmente el mando de Fuerte Victoria. Y el camino que había tomado el noble para tal objetivo era el de desgastar la credibilidad del Comandante, mientras se reforzaba con todos los apoyos posibles.

-Pero no estamos aquí para discutir eso, ¿verdad, Comandante? Disculpe mi intrusión, y, por favor, continúe con su explicación. –Dijo el Barón Pétain volviendo a mostrar su desagradable media sonrisa.

Maethul curvó el labio superior con desagrado. Otro golpe bajo. Parecía que el Barón, condescendientemente, había ordenado al Comandante que continuase. Como si fuese a él, al Barón, a quién se le tuviese que dar la información. Maethul se dio cuenta que había apretado los puños.

-Por supuesto, Barón. –Continuó el Comandante Garreth llanamente. –No estamos aquí para discutir los motivos de la repartición de los sistemas de comunicaciones. De todos modos, estoy seguro de que, si fuese capaz de comprender los motivos técnicos, coincidiría conmigo de que es un sistema brillante. –El Comandante Garreth hizo una pequeña pausa, dejando que la frase se posara. Maethul vio como la sonrisa del Barón se hacía más grande. ¿Acaso quería el muy cabrón resquebrajar el autocontrol del Comandante?

–Pero volvamos al tema central. –Prosiguió el Comandante, sin apartar la mirada del Barón Pétain. –El sargento Barbon ha caído en la trampa tendida desde el Punto de Defensa, y, según lo escuchado en la grabación, ha revelado la posición exacta de la Caravana y el itinerario que iban a seguir. Y después, en menos de una hora, el Decatium Defendum ha sido disparado desde el mismo Punto de Defensa. Esto nos formula tres grandes preguntas, de las que no podemos obtener respuesta. Por un lado, ¿cuál es la situación actual de la Caravana? ¿Por qué y contra qué ha disparado nuestro sistema de defensa orbital? Y, si el sargento Barbon ha confiado en la comunicación porque su interlocutor le ha revelado información secreta sobre el material que transporta la Caravana. ¿Cómo ha llegado hasta el enemigo tal información, que tan sólo nosotros sabíamos?

-¿Nos está llamando traidores? –Rugió Leonardo, levantándose otra vez. –Osa afirmar que hay un traidor entre nosotros. ¡Pero yo daría mis brazos por cada uno de mis Leones de Elayana! ¡Por mucho que usted haya estado al mando durante los últimos años, no tiene derecho a manchar nuestro honor! Porque, en el momento más oscuro de Sartos IV, ¡los Leones de Elayana atacarán al corazón del enemigo! ¡Nuestra fidelidad a nuestra tierra, a nuestro honor, está fuera de toda sospecha! ¡Somos el futuro, armados con los espíritus de nuestros antepasados!...

El soldado de comunicaciones Maethul miró a Leonardo mientras éste continuaba vociferando las consignas repletas de “honor”, “venganza”, “sangre”, “deber” y tantas otras palabras vacías. Aunque ante los ojos Maethul seguía actuando como un auténtico payaso, no cabía duda de que era un payaso con suerte.

El vociferante Leonardo se había rodeado de un numeroso grupo de cabezas huecas como él, que habían sido adolescentes cuando la mitad de Sartos IV había volado por los aires, y los pocos supervivientes se habían tenido que refugiar en los Fuertes repartidos por el planeta. Esto se había convertido en un apropiado caldo de cultivo para que los “Leones de Sartos” nacieran. Leonardo Blake se había convertido en un resplandeciente líder con la cabeza llena de relatos heroicos y frases de poderosos guerreros muertos, bañando con su luz de venganza y esperanza a un grupo de jóvenes con los corazones angustiados por un futuro desalentador.

Por tanto, Maethul no creía que Leonardo pudiese ser un traidor. No disponía de la inventiva básica para tramar algo. Creía hasta el fondo de su alma los credos militares de Sartos IV. Su devoción a su causa era algo más que enfermiza. El soldado Maethul miró al Comandante, que mantenía su fría y estoica mirada sobre el líder de los “Leones” mientras la cara de éste se iba enrojeciendo por la falta de respiración. Maethul lo supo también de inmediato. El Comandante Garreth no sospechaba de él tampoco. Por tanto, tan sólo quedaría una opción.

Leonardo terminó su encarnizada defensa y se apoyó con ambas manos sobre la mesa, aspirando aire ruidosamente. Maethul aprovechó para desviar su mirada cuidadosamente hacia el Barón Pétain. Y se sorprendió de lo que vio. El hombre descansaba relajado, con sus pequeños ojos clavados en el Comandante. A Maethul le dio la impresión de que estaba disfrutando de la situación. No parecía en absoluto un hombre mínimamente preocupado de ser tachado como traidor. De hecho, parecía que estaba valorando el enfrentamiento de Leonardo con el Comandante Garreth, y cómo podría utilizar eso en su favor. Maethul vio como el Barón se inclinaba hacia delante, dispuesto a hablar.

-Creo que el Comandante no le ha señalado con el dedo, mi buen amigo Leonardo. –Dijo el Barón Pétain afablemente, con sus ojos de reptil flotando indulgentemente en su ancho rostro. –Tan sólo ha apuntado tal detalle ¿verdad, Comandante? Si hubiese algún traidor entre nosotros, no dudo ni por un instante que nuestro Comandante sería capaz de desenmascararlo con facilidad, ¿verdad, Comandante? Además, lo más importante es el estado actual de la Caravana, ¿verdad, Comandante? Creo, mi buen Leonardo, que debemos permanecer en silencio y escuchar los planes del Comandante, puesto que de él depende el éxito o… fracaso de esta misión.

El soldado Maethul notó como se le erizaba el vello de la nuca. El Barón Petáin era una taimada serpiente, pero tampoco era el traidor. Maethul estaba seguro de que el noble sabía que no se podían hacer tratos con el Caos. Si Fuerte Victoria caía en manos enemigas, era seguro de que sería sometido como el resto. Además, su objetivo real era liderar a las fuerzas sartosianas, como una reafirmación de su línea sanguínea.

La mirada de Maethul buscó los ojos del Comandante Garreth. Comprendió que su superior no había dicho ninguna mentira. No tenía respuesta para ninguna de las tres preguntas. Por tanto, no sabía quién podía ser el traidor. Aunque el Comandante era un enfermo de la estadística, encontrar el auténtico corazón de los hombres no era algo que se pudiese alcanzar con números. La libreta descansaba cerrada, inútil ante el dilema que se desarrollaba. Maethul entrecerró los ojos. Todo estaba tristemente claro. El Comandante Garreth los había reunido en un desesperado intento de conseguir una brizna más de información que le asegurase en su decisión.

¡Eso era, maldición! Como una revelación, la estrategia del Barón Pétain se mostró clara ante sus ojos. La encerrona era perfecta, puesto que cada una de las posibles soluciones del Comandante Garreth se podría emplear en su contra. Tan sólo había dos opciones. O lanzar un grupo de refuerzos en búsqueda de la Caravana, o bien esperar en el Fuerte la llegada de la misma.

Si enviaba los refuerzos, Fuerte Victoria quedaría terriblemente debilitado. Indudablemente, el Barón Pétain no dudaría en emplear ése argumento para socavar la reputación del Comandante. Pero, además, podría hacer correr el rumor de que el Comandante Garreth había interpuesto sus motivos personales –el salvar a su propio hijo- antes que a los propios supervivientes. Al Barón no le costaría demasiado marcar al Comandante como a un apático dictador, que enviaba soldados a una muerte segura por motivos personales.

Y, por otro lado, si el Comandante Garreth no enviaba los refuerzos para apoyar a la Caravana, el Barón podría utilizar unos argumentos parecidos al contrario. Diría que el Comandante no estaba capacitado para liderar Fuerte Victoria, basándose en que había enviado los tres últimos blindados y cuarenta y dos soldados en busca de un material vital para la subsistencia del Fuerte. Y justo cuando la Caravana estaba a unos pocos kilómetros, en Zona Blanca, precisando ayuda, el Comandante Garreth se había acobardado ante la expectativa de enviar tropas de refuerzo para salvar el futuro del Fuerte. Además, añadiría el comentario de “es incapaz de salvar tanto a nuestro amado Fuerte, como a su propio hijo. ¿Qué podemos esperar de un hombre que no siente nada por su propia sangre?”.

Maethul apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Miró fijamente al Comandante. Frío y estoico. Calculando con sus fríos ojos grises. Pensando y valorando sus próximas palabras.

Por el Emperador, ¿qué decidiría?


Fin de la Sección XI: Grabación.


El Comandante de Fuerte Victoria tiene en su mano el destino de la Caravana... ¿qué datos habrán arrojado sus números? ¿Cuál será la decisión que aflorará desde el fondo de su alma?

T&eacute;meme, pues soy tu Apocalipsis.
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&quot;Nena, que buena que est&aacute;s... &iquest;te vienes a... matar humanos?...&quot;

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11 años 1 semana antes #42733 por Sidex
La respuesta es facil, el comandante ira a la armeria y con el mejor grupo de tropas que tenga hara un comando de tropas que saldra a pegar tiros, y por si acaso dejara o al mechanicus o al telecos al mando, para jdoer a los otros dos.

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