Capítulo 3: La Despiadada Cosecha del Dolor

10 años 11 meses antes #43538 por Darth Averno
Ha pasado un año. Exactamente un año.

Desde que colgué la primera sección de éste capítulo.

Hoy es un día especial para mí. Por eso os dejo éste regalo. Sentaos, poneos cómodos, quizá música...

...y espero que os guste.

Darth Averno.

Sección XIV: Epílogo.

Gabriel abrió su ojo. La lluvia había remitido totalmente. El cielo continuaba encapotado, viéndose como un complejo mosaico compuesto por piezas de infinidad de tonalidades grisáceas. Tan sólo unos pocos rayos de luz se atrevían a romper las nubes.

Pero no le quitaban el frío en absoluto. También tenía que ver que estuviese tumbado en el húmedo barro, empapado hasta los huesos.

El viento, tan constante en esa zona durante ése momento del año, había amainado, convirtiéndose en una refrescante brisa. Llevando en su lejano cantar el aroma de la masacre que se había desarrollado en el campo de batalla.

El dolor le fue inundando poco a poco. Las heridas palpitaban, desprendiendo calor. Los músculos le dolían en el interior, imposibilitando poder ponerlos de algún modo que resultara relajado. La sensación de que cualquier parte de su cuerpo se rompería si intentaba moverla era una realidad.

¿Por qué estaba vivo?

Recortada contra el plomizo mosaico celestial, apareció la cabeza del marine traidor que le había derribado. Y sonrió. Mostrando unas encías ennegrecidas y unos afilados dientes metálicos.

-Bienvenido de nuevo, sargento Garreth. –Dijo con una voz profunda y tranquila. –Permita que me presente. Mi nombre es Lord Mongke. Y soy el Paladín del Caos que lidera esta fuerza de combate. Pero, a partir de este momento, me puede considerar como su peor pesadilla.

La realidad golpeó a Gabriel como un mazo. Se incorporó sobre sus codos, y un latigazo de dolor le recorrió. Pero no cejó en su empeño, y se pudo sentar antes de sentir unas profundas náuseas. Respiró profundamente intentando disipar el mareo que le atenazaba. Pero no pudo. El marine espacial traidor, Lord Mongke, le agarró de la ropa, por el pecho, y lo izó como si no pesara. Lo estrelló con fuerza contra un chimera. Gabriel tosió y sintió una arcada. Haciendo uso de sus escasas fuerzas, afianzó los pies en tierra intentando mantenerse de pie. El Paladín del Caos le soltó, y las piernas le fallaron. Resbaló por el lateral del tanque, hasta quedar nuevamente sentado. Levantó una mirada furiosa, clavándola en los ojos del traidor. Que le mostró una media sonrisa. Y que se acuclilló frente a él. Gabriel echó la cabeza hacia atrás, golpeando la plancha de blindaje del tanque. El olor a carne podrida que desprendía su enemigo era nauseabundo.

-Realmente temía que pudiésemos eliminarle sin querer, sargento. Y mi superior, así se lo lleven los Demonios de la Disformidad en un viaje eterno, no sería especialmente clemente en ése caso. Creo que hicimos bien en contar con la idea de la otra podrida serpiente, Lord Adenis, y tener a alguien que nos indicara a quién no debíamos masacrar...

A Gabriel se le heló el estómago, y una sospecha que había estado latente en su interior se mostró en todo su esplendor. Notó que había alguien detrás del Paladín.

-…¿verdad, Lara? –Finalizó Lord Mongke, levantándose y haciéndose a un lado. Tenía una sonrisa insana recorriéndole el rostro deformado. Gabriel le mantuvo la mirada un instante más, enfocando toda su furia. Pero no obtuvo nada más que la sensación que el Paladín disfrutaba atormentando el alma de sus presas.

Entonces volvió la mirada a la figura que había estado detrás del traidor. Hacia Lara. La cual estaba de pie, llena de barro y sangre. Mortalmente pálida, sollozando, manteniendo la mirada baja. Con las manos agarradas contra su pecho.

-Gabriel… yo… -Gimió.

En ése instante se oyeron unos gritos y se formó un pequeño revuelo. Otro marine espacial traidor apareció en escena. Le sacaba casi una cabeza al Paladín, y su armadura parecía mucho más masiva. El casco estaba totalmente sellado, y tenía refuerzos de blindaje por todas partes, de modo que parecía que se unía con el cuerpo de la servoarmadura como si fuese una sola pieza. Dos finas rendijas amarillas, teóricamente visores, se veían escondidas detrás de varios tipos de enrejados de seguridad. La armadura titánica parecía mucho mejor cuidada que la de Mongke, aunque igualmente profanada.

Aunque eso era realmente una apreciación difícil, porque estaba totalmente cubierta de sangre. El gigante portaba una gigantesca hacha doble de energía que brillaba con una luz azulada en su mano derecha. Y en su izquierda, una pequeña malla donde llevaba varias cabezas humanas. A Gabriel no le costó reconocer la cara de Vicktor entre ellas. Y sintió una profunda amargura. Al final, el valiente soldado se había desangrado sobre una poderosa armadura. Aunque no parecía que a su portador le fuese a importar demasiado.

-Señor. Buitres. Llegado. Chica. –Dijo el recién llegado con voz áspera, como si cada palabra fuese un auténtico desafío.

Mongke giró el cuello, y asintió a su interlocutor. Agarró a la muchacha fuertemente por el hombro.

-Bien, Asgarth. Quédate conmigo aquí hasta que la escoria de Lord Adenis se marche. –Se giró hacia Gabriel. –No te preocupes, muchacho. Esta preciosidad todavía tiene que traicionar el Fuerte de donde proviene. Y, después de eso, ya podréis charlar en la base.

-Gabriel… mi familia… tienen mi familia… oh, Santo Emperador… ¡¿qué he hecho?! ¡¿No puedo escapar de esta pesadilla?!-Dijo Lara, enterrando la cara en sus temblorosas manos.

En ése momento aparecieron cuatro soldados. Llevaban unas cuidadas vestimentas negras, totalmente diferentes a las de la jauría que había asaltado la caravana. Tenían las armas desenfundadas y los dedos en los gatillos. No se preocupaban en ocultar su disposición a tomar cualquier movimiento no esperado como peligroso, abriendo fuego al momento. Escoltaban a un hombre delgado y encorvado, vestido con una túnica caqui bordada con hilo de oro, cuyo rostro permanecía oculto entre las sombras de la capucha.

Cuando la comitiva llegó a la altura de los marines espaciales traidores, el encapuchado señaló a la muchacha. Los reversos de sus manos mostraron el número siete grabado. Un soldado avanzó y agarró a la muchacha por las muñecas, dándole un fuerte tirón. Sus compañeros tenían las armas listas.

-¡Gabriel, compréndelo! –Chilló Lara histéricamente, mientras el soldado tiraba de ella sin dejar de mirar a los dos titanes que le flanqueaban. -¡¿Qué podía hacer?!... Santo Emperador, perdóname… Gabriel… ¡perdóname!

Gabriel la miró fijamente.

-No te preocupes, Lara. En este momento, te juro que, si algún día está en mi mano, te salvaré. –Dijo Gabriel con un hilo de voz.

La muchacha rompió a llorar. Cayó de rodillas al barro, mientras sollozaba un mensaje apenas entendible, que repetía como un mantra. Un “no lo merezco, oh Emperador, gracias, gracias, gracias,…”. El encapuchado le gritó que se levantara. Los soldados estaban cada vez más nerviosos. No estaban nada cómodos rodeados de los seguidores de Sigmund Leech.

-Te salvaré, Lara, te lo juro… Al igual que te juro que, en el momento que lo haga, te mataré con mis propias manos. –La voz de Gabriel sonó totalmente monocorde. -Y aunque espero que esa acción sea suficiente para que el Emperador absuelva tus pecados, por si acaso, cortaré tu cadáver en pedazos, y dejaré que se pudra al aire libre, mientras es pasto de los carroñeros…

Lara levantó la mirada hacia él, con el rostro arrasado por las lágrimas, y una mueca de sorpresa grabada. Pero el tirón del soldado fue definitivo. Las rodillas de la muchacha resbalaron por el barro, y se tuvo que levantar tropezando para no ser arrastrada. Los seguidores de Lord Adenis se replegaron con las armas en ristre. Llegaron rápidamente a un pequeño camión que estaba parado en la carretera. Montaron y salieron a toda velocidad.

Lord Mongke los siguió con la mirada. Cuando el pequeño vehículo se había perdido en el horizonte, vomitó una sonora carcajada, y agarró a Gabriel del cuello, como si fueran amigos.

-Así me gusta, sargento. Le ha enseñado a esa perra cómo se las gastan los auténticos seguidores del Dios Cadáver. –El traidor mostró una lengua pútrida, que pasó por sus labios. –Aunque a mí me gustan que las perras sean más duras, más resistentes. Como esta preciosidad de hermana de batalla que disfrutará de la compañía de mis tropas… si soporta la mía.

La risa del traidor retumbó fuertemente. Gabriel giró lentamente el cuello, y vio a la hermana de batalla sentada, y apoyada al igual que él contra el Chimera, a unos tres metros. Mantenía su mano derecha sobre la herida que había recibido en el hombro izquierdo, que estaba totalmente empapado en sangre. Estaba consciente, y su mirada rebosaba ira y cansancio a partes iguales.

Gabriel levantó entonces la mirada, y observó el campo de batalla por primera vez. Había estado inconsciente un buen rato. Los herejes habían movido los camiones que habían transportado los civiles, junto con el Chimera Rojo Uno, y los camiones restantes de sus propias fuerzas, para realizar un círculo.

Justo en el centro del mismo se desarrollaba una escena dantesca. Había dos grandes pilas de cadáveres. El gigantesco Adeptus Astartes traidor llamado Asgarth estaba entre ellas, frente a la piedra que Gabriel había empleado de parapeto, que descansaba tumbada. Varios herejes se encargaban de traer cuerpos de la primera montaña, en la cual se amontonaban indiferentemente aliados o enemigos, y ponerlos en la pétrea picota. Entonces el Adeptus Astartes, de un poderoso hachazo, decapitaba al cadáver. El cuerpo se tiraba a la segunda pila, y había un soldado enemigo que recogía las cabezas y las apilaba en una espeluznante pirámide.

-Cráneos para el Trono de Cráneos. –Dijo Mongke siguiéndole con la mirada.

Al otro lado, contra los camiones opuestos, se encontraban los supervivientes de la Caravana. Flanqueados por herejes que los encañonaban con rifles láser. La mayoría eran civiles, totalmente aterrorizados ante lo que estaban viendo. También había algún que otro soldado cubierto de sangre. Después había muchos tumbados y gimiendo. Gabriel supuso que eran heridos de la batalla.

Intentando evitar prestar atención al rítmico golpear del hacha contra la roca, Gabriel recorrió con la mirada el círculo que formaban los camiones, revisando las fuerzas enemigas que quedaban dispersas. Apenas una treintena de soldados herejes estaba con vida. Y salvo los que tenían tareas específicas, el resto estaba totalmente hipnotizado en la decapitación continua de cadáveres.

Aparte del Paladín y el marine traidor del hacha, había otros cinco marines espaciales traidores repartidos en el círculo que delimitaban los camiones. Dos de ellos estaban relativamente cerca. Y hablaban sobre una cabeza que tenía uno de ellos en la mano.

-Es perfecta para mi armadura.

-Has tenido suerte, Badvild. –Respondió el otro con desgana.

-Esto no ha sido suerte, Asrk. El mismo Khorne me ha guiado hasta éste cráneo. Es especial. Vi como el cabrón se cargaba a Edrigar. Le rajó de parte a parte con la espada. ¡Y luego lo rellenó con granadas! –El otro marine rió con fuerza. El que mantenía la cabeza la movió con admiración, y continuó. –Cuando llegué a él todavía estaba vivo, pero había perdido casi toda la mandíbula inferior. Le arranqué la cabeza con cuidado, evitando dañar el cráneo. ¡Chilló hasta el último momento!

Ambos titanes se echaron a reír. Gabriel continuaba mirando fijamente a la cabeza inerte. Un valiente guerrero. Que había sido capaz de abatir a una imparable máquina de guerra. Rezaría por él, fuese quien fuese. Aunque de poco le valdría.

Entonces el traidor giró su trofeo. Y Gabriel lo vio lo suficiente para reconocer la cara del sargento Danker.

Gabriel aulló. Se agarró con una mano a un soporte del Chimera, y haciendo un esfuerzo sobrehumano, se incorporó. La furia le hizo poder mantenerse de pie. Pero ahí acababa todo. No podía andar. No tenía ningún arma a mano.

-¡Os mataré, bastardos! –Vociferó. Los marines levantaron la vista hacia él. -¡Juro que os arrancaré vuestros podridos corazones con mis manos!

Como un relámpago, el Paladín del Caos apareció ante él, y le golpeó con fuerza en el estómago. Gabriel se dobló sobre sí mismo, y cayó hecho un ovillo al suelo, escupiendo sangre. Lord Mongke se giró hacia los otros dos Astartes, que ya se habían encaminado hacia el sargento, y rugió.

-¡Por orden de Lord Sigmund esta escoria debe permanecer viva! ¡Asrk, Badvild, volved a vuestra posición!

-Siempre podemos decirle que se ha suicidado, Mongke. –Dijo uno de ellos con desprecio, mientras llegaba a la altura de su interlocutor, y le mantenía una mirada desafiante. –Porque la escoria que me amenaza no permanece viva. Y no voy a hacer una excepción…

El puño de Lord Mongke se soltó como un latigazo, e impactó brutalmente en la cara del otro marine. Éste salió despedido hacia atrás, cayendo estrepitosamente y resbalando por el barro hasta golpear contra un camión. Se levantó escupiendo sangre. Gritó como una bestia, y se dispuso a cargar contra su superior.

Un hacha doble de energía se enterró en el suelo, a menos de un metro de él. El verdugo, Asgarth, había abandonado su tarea de decapitación y había llegado rápidamente hasta su posición. Y su postura denotaba que, bajo ningún concepto, le dejaría pasar de una sola pieza.

-¿Es esto lo que haces ahora, Mongke? –Dijo con desprecio el marine, limpiándose con el reverso del guantelete la sangre de la cara. -¿Te escondes detrás de tu perro de presa? Antes de que Lord Sigmund te hiciese tan importante, al menos dabas la cara. Mírate ahora…

El hacha de energía se desenterró con celeridad, surcó el aire y se paró a menos de un milímetro de su cuello.

-¿Mi perro de presa, dices? –Dijo el Paladín, con una media sonrisa. –Lleva cuidado con tus palabras, Asrk, porque cuando a mi perro de presa le gusta un cráneo, no duda en arrancarlo. Y creo que no lo he domesticado lo suficiente como para hacerle entrar en razón. Sería terrorífico que le empezase a gustar el tuyo…

El marine espacial traidor llamado Asrk miró con odio a la auténtica mole que mantenía un arma de energía demasiado cerca de su cara. Escupió sangre encima del hacha, que gorgoteó mientras humeaba, y se dio la vuelta.

-No siempre lo tendrás contigo, estúpido. –Musitó.

Asgarth sacudió el hacha en el aire, y volvió a su tarea de recolección de cráneos. Mongke sonrió y se giró hacia Badvild, el otro marine que había venido hasta él.

-¿Tienes algo más que decirme?

-No, señor. –Contestó Badvild, protegiendo su trofeo con el brazo y dando un paso hacia atrás.

-Pues entonces vuelve a tu posición. Ahora.

-Sí, señor.

El tal Badvild se alejó rápidamente. Gabriel todavía estaba en posición fetal, pugnando por respirar. Mongke se acercó a él y le dio un seco puntapié, que le hizo estrellarse contra el Chimera. Gabriel gritó de dolor.

-Escúchame, carroña. –El marine traidor agarró a Gabriel por el pelo y le levantó la cabeza. El sargento tenía los ojos en blanco. –Por órdenes de mi Señor, he intentado mantenerte relativamente a salvo. Nos vales más cuerdo que loco. Y nos vales más vivo que muerto. Pero si vuelves a pasarte de listo, llegarás a Lord Sigmund con algún miembro menos. Es mi último aviso.

Mongke soltó la cabeza de Gabriel, y se levantó con toda su imponente altura. Su rostro mostraba frustración y violencia contenida. Llevaba demasiado tiempo contiendo su sed de sangre. Levantó una mano y chasqueó los dedos, lo cual sonó como un disparo. Todo el círculo se giró hacia el Paladín del Caos.

-¡Escuchadme todos! ¡Habéis conseguido ponerme de buen humor! ¡Así que vamos a jugar a un juego muy divertido! En vez de cortarle la cabeza a los muertos, ¡vamos a decapitar a los vivos! Y empezaremos por aquellos que probablemente no sobrevivirían durante el viaje a la base. Así no tendremos que parar en el camino de vuelta. ¿Por quién empezamos? –Gritó Mongke a pleno pulmón. Su voz sonó tan potente que rebotó contra el muro que separaba la carretera y el descampado de la ciudad, produciendo eco.

Gabriel escuchó las palabras, pero se encontraba en su mundo privado de dolor. Cada inspiración era como tragar fuego. Todo el cuerpo le temblaba incontrolablemente. Sentía que se ahogaba en cada instante.

Notó un pequeño movimiento a su lado, y sintió como una mano le agarraba por la cara, intentando reconfortarlo. Gabriel pudo abrir el ojo, y vio entre una neblina rojiza a la hermana de batalla. La cual había hecho un esfuerzo considerable para arrastrarse hasta donde él se encontraba.

Oyó un revuelo. Las voces de los supervivientes de la Caravana.

-Míreme a mí, sargento Garreth. –Dijo la servidora del Emperador con un hilo de voz. Su rostro estaba demacrado. Totalmente exhausta. Si algo la mantenía consciente, debía ser una voluntad de hierro. –Piense que el Emperador nos pone a prueba. Pero también nos recompensa. Porque sus Sagrados Designios no son entendibles por nosotros. Así que refúgiese en los buenos momentos que ha vivido, y utilícelos como escudo.

Las voces aumentaron. Gabriel hizo caso omiso de las palabras de la guerrera. Apretando los dientes, hizo fuerza con el cuello y se desembarazó de la débil resistencia de la mano de la hermana de batalla. Enfocó su mirada en el centro del círculo.

Y le vio avanzar tambaleantemente, medio llevado medio empujado por dos soldados. Cubierto de sangre y heridas. Con toscos vendajes para que no se desangrara. Con las muñecas atadas a la espalda. Con la mano izquierda destrozada. Y los ojos vidriosos.

Lo llevaron hasta la picota, y le golpearon gratuitamente hasta que cayó de rodillas.

-¡¡Sargento Barbon!! –Aulló Gabriel desde el suelo.

El sargento Barbon volvió la cabeza. Pero no enfocó la vista. Le golpearon nuevamente hasta que dobló el cuerpo y se apoyó en la piedra cubierta de sangre. Gabriel vio como el sargento giraba la cabeza hacia más o menos su posición. Y vio que movía los labios lentamente.

-¡No me puede ver! ¡Oh Emperador! ¡Sargento Barbon! ¡SARGENTO BARBON! –Gritó Gabriel fuera de sí. Se pudo levantar con mucho esfuerzo a cuatro patas, y vomitó sangre. Pero no cejó. Lágrimas recorrían su rostro.

La mano de la hermana de batalla se posó sobre él.

-Va a morir, sargento Garreth. Si tiene algo que decirle, que sea ahora.

El hacha del marine traidor se levantó, y refulgió con energía azul.

-¿Si pudiese, diría “llámame Thomas”, verdad, sargento? –Lloró Gabriel gritando desesperadamente. –Nunca cambiará, ¿verdad? ¿Es eso lo más importante ahora… Thomas? ¿Es todo lo que necesita para marchar en paz… padre?

La voz de Gabriel se entrecortó mientras lloraba amargamente. Vio el rostro del sargento Barbon. Golpeado y ensangrentado. Con los ojos ciegos.

Y con una palabra que formaba en sus labios, curvados en una media sonrisa.

Gracias.

Durante un segundo, Gabriel rezó. Quiso creer con todas sus fuerzas que alguien le podría ayudar. Imploró desde las angustiadas profundidades de su alma. Clavó sus ojos en el hacha que se mantenía erguida, deteniéndola con una desesperada plegaria.

Pero fue en vano.

El hacha descendió. Se oyó un golpe sordo. Y la cabeza del sargento Barbon rebotó en el suelo.

Gabriel rugió. Su cuerpo se curvó como presa de una furia inhumana. Se incorporó y pudo dar dos pasos hasta que la herida de su muslo se abrió y el hueso se astilló. Pero fue suficiente. Saltó como una bestia contra la espalda del Paladín del Caos, con tal ímpetu que el traidor se tambaleó. Lanzó sus manos al cuello de la bestia, y con unos dedos que parecían hechos de acero intentó estrangular al marine espacial.

Y aunque el titán traidor tenía un poder incomparable al del sargento, tuvo serios problemas para poderse desembarazar del aullante berserker que le asaltaba. Cuando lo pudo empujar, Gabriel le había marcado profundos surcos en su cara, arrancándole tiras de piel y algún que otro cable. El Adeptus Astartes gritó y lanzó un rápido tajo con su cuchillo de campaña. Gabriel vio cómo le cortaba su brazo izquierdo a la altura del antebrazo. Pero la furia le había poseído. Lanzó un puñetazo con su mano derecha, y cuando golpeó contra la dura ceramita, Gabriel notó cómo se rompían sus huesos.

-Hasta aquí has llegado ¡Gloria al Dios de la Sangre! ¡Cráneos para el Trono de Cráneos! –Rugió Mongke y le lanzó contra el Chimera de un puñetazo.

Pero el Astartes se detuvo durante un momento. La ejecución del sargento Thomas Barbon había tenido graves consecuencias. Porque los pocos civiles que quedaban de la Caravana se habían levantado. Habían doblegado a los guardias, y estaban luchando a la desesperada. Levantó su brazo blindado y gritó para hacerse oír por encima de la cacofonía que reinaba en el círculo.

-¡Matadlos a todos! ¡MATADLOS A TODOS AHORA!

Gabriel iba resbalando por el costado del chimera hasta que quedó sentado. Su cuerpo había alcanzado su límite. Las lágrimas resbalaban por su cara. Una agradable oscuridad le comenzaba a envolver.

Y vio al titán traidor cómo se giraba hacia él. Con una terrorífica sonrisa en el rostro. Mostrando sus dientes metálicos, que refulgían. Acercándosele con la una inevitable sentencia de muerte en la mirada.

La hermana de batalla le atacó de improviso, a la desesperada y con las manos desnudas. Pero su estado físico era similar al de Gabriel. El marine espacial traidor la neutralizó sin ni siquiera mirarla, y la mandó lejos de un fuerte empujón.

Antes de cerrar su ojo sano, Gabriel vio una figura por encima del hombro del Paladín. Alguien que estaba justo en lo alto del muro que separaba la carretera de la ciudad. Un titánico guerrero con una armadura negra como la noche. Con una terrorífica calavera en vez de casco.

Pero Gabriel no pudo más. Se dejó vencer por la oscuridad. Y cerró los ojos.

El sargento Gabriel Garreth dejó de escuchar la risa maníaca del Adeptus Astartes traidor que había llegado a sus pies.

El sargento Gabriel Garreth dejó de escuchar los sonidos del combate desesperado que estaban librando los civiles junto con los pocos soldados. Y cómo estaban siendo masacrados.

El sargento Gabriel Garreth había abrazado a la fría oscuridad.

Y no supo del brutal grito de guerra que surgió desde el muro de separación.

No vivió el estremecimiento del suelo, cuando los retrorreactores rugieron a la vez.

No vio como el Capellán Gorian Anderson levantaba su Crocius Arcanus al aire, y gritaba su Letanía de Odio a pleno pulmón.

No vio cómo el cielo se cubría con dos escuadras de asalto de Ángeles Sangrientos.

El último aliento de los moribundos.
Brisa en las tumbas.
La desesperación acaba con la Fe.
Y la venganza grita.
La violenta retribución cae desde el cielo.
Alabados sean.
Los Ángeles de la Muerte han descendido.


Fin de la Sección XIV: Epílogo.

Fin del Capítulo 3: La Despiadada Cosecha del Dolor.

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
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"Nena, que buena que estás... ¿te vienes a... matar humanos?..."

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10 años 11 meses antes #43543 por Sidex
Brutal

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10 años 11 meses antes #43560 por Reverendo
Sidex escribió:

Brutal



Pues eso...

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10 años 11 meses antes #43577 por Sir_Fincor
FIN snif muy bueno realmente muy bueno

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10 años 11 meses antes #43608 por Ragnar
Un pasote, no se me ocurre nada más...xdd

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10 años 11 meses antes #43886 por Darth Averno
¡Hola a todos!

Me he tomado mi tiempo (casi diez días) para responder en este "mi" hilo, porque estaba liado con otras cosas que os comentaré a continuación.

Por un lado, quiero decir que os he leído todos y cada uno de los comentarios conforme los posteasteis, pero mi tiempo era escaso, ahora aprovecharé para darlos la réplica.

Empezando por el final, me ha dado la sensación que la última sección no os ha gustado demasiado... y supongo que no será por su ejecución técnica, sino por su contenido :whistle: . Siempre espero de vosotros críticas sinceras. Si algo no os gusta, quiero saberlo. Valoro enormemente vuestra opinión, y aprendo de ello.

Luego, por partes:

Sidex: Como siempre eres el primero en postear, te contesto el primero :woohoo:: sobre el marine... mmm... podría ser que lo hayan dejado KO, podría haber caído :silly: ... todo eso se descubrirá en el cuarto capítulo del relato. Y además, sabremos cuál es la "tercera fuerza" en discordia en éste planeta maldito... (pero no son zombies seguro, jejeje).

Reverendo: por un lado, me reí (en el trabajo además, después de una arenga sobre la productividad. Así que mis programadores se giraron diciendo: "ah, con que así trabajas tu, no?", cuando leí lo de "estoy con el ay en el cuerpo". Ante eso, poco te puedo decir. Es una batalla. Al igual que ganaron la de la Cantera FuenteVerde, esta la han ido perdiendo poco a poco...

Y, por otro lado, también me "llega" lo que escribiste de la Rabia Negra. Parece que tan sólo son unas líneas, pero cuando alguien te dice que ha conectado con tu relato, con tu esfuerzo, resulta en una sensación muy especial.

Ragnar: siempre ahí también. Y tu "predicción" no fue excesivamente desviada... lo cual no me gusta nada! :angry:. Ya en serio, te he visto (de pasada) pulular por otros foros, pero siempre comentando relatos (tampoco te he hecho una investigación, no te creas)... así que supongo que el último aspecto de éste mega-tocho-post te interesará... porque ahí se juntarán todos los relatos posibles...

Konrad: gracias por el "review". Y tienes razón totalmente con los nombres (aunque yo identificaba los detalles de las armaduras AS como griegos). Es que soy un negado para eso. Abrí un hilo para eso hace un tiempo, y tuve un éxito a medias...
... y no pienses que se olvida lo que dijiste de "voy a ponerme con lo mío que tengo tiempo"...

Fincor: a tí no te digo nada, que esto se extiende... ya nos peleamos bastante por el msn! Y estoy esperando que me des la información para que podamos relatar el macro-proyecto que llevas entre manos. (Y hasta aquí puedo leer...)

Bueno, pues tomo aire, y paso al final. (Esto me ocurre por dejar que se me acumule "la faena", que al final el post va a tener la extensión de una sección :dry:).

Así que, sin más dilación, ¡El Crucero de Batalla "Letanía de Sangre" ha emergido del Espacio Disforme! Lo cual significa precisamente que tengo un hogar propio para conducir el relato a partir de éste punto. Sin querer entrar en demasiados detalles (ya lanzaremos un post al respecto), <!-- w --> www.letaniadesangre.com <!-- w --> es una nueva web sobre el 40k. Y quiero invitaros a que sigáis pudiendo leer el devenir de Sartos IV ahí. Como no hace falta registrarse para leer los contenidos, podéis pasar cuando queráis...

... aunque, sinceramente, me gustaría seguir leyendo vuestros comentarios...

Y eso es todo, amigos. Aunque este relato es una extensión de un hobby que nos gusta a todos, también es un esfuerzo y una recompensa. Así que:

MUCHAS GRACIAS por el apoyo prestado.

Un saludo.

Darth Averno.

Témeme, pues soy tu Apocalipsis.
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